21/04/2017

Argentina

Naturaleza mansa en los Esteros del Iberá

Ecoturismo en el gran humedal correntino, un paisaje protegido con espacio para darse gustos y convertir la naturaleza en lo cotidiano.
Naturaleza mansa en los Esteros del Iberá | El Diario 24 Ampliar (2 fotos)

Esteros del Iberá.

Por Florencia Soria | Desde el cielo parece un colchón de césped, pero el suelo es una ilusión. Es agua. Un mundo de agua y verde que parece brillar hasta el infinito. Así son los Esteros del Iberá. Un extenso humedal formado por un gran conjunto de lagunas poco profundas, pantanos con abundante vegetación flotante, riachos y arroyos.

Para llegar hay que tomarse cierto tiempo. Los lugares hermosos sólo escapan de la masividad gracias al aislamiento. Y por eso hasta Colonia Carlos Pellegrini, los últimos 80 kilómetros son de tierra. Su inaccesibilidad es lo que preserva a este corazón de la naturaleza, por lo que sólo llegan quienes verdaderamente lo van a apreciar.

Pellegrini cobija los esteros y es el punto de partida para conocerlos con todo el esplendor de su flora y su fauna. ¿Qué buscan los viajeros que llegan a este lugar? Conectarse con la naturaleza, mucho espacio verde a los cuatro costados y la tranquilidad necesaria para leer sin apuro y salir a caminar. "Vivir el lugar", así define Estrella Lozada, Presidente de la Cámara de Turismo del Iberá, la oferta que se les hace a los forasteros.


Contemplar lo natural

Iberá, “agua brillante” en guaraní, ampara miles de especies en una superficie de 1.300.000 hectáreas: 553.000 hectáreas delimitadas como reserva provincial y 150.000 compradas por The Conservation Land Trust (CLT), asociación fundada por el multimillonario Douglas Tompkins que tiene como objetivo recuperar corredores biológicos y transformarlos en reservas naturales.

¡Qué placentera vida la que huye del mundanal ruido! Allí solo se escuchaba el ruido de las aves que nos invitaba a nuestra primera cita en este paraíso: la caminata por el Sendero Carayá. Un recorrido de 450 metros señalizados en un bosquecito, apto para niños, que promete el avistaje de una familia de monos carayá en medio de los árboles. A la salida, la fauna mansa aparece a cada rato y en cantidad. Un grupo de carpinchos indiferentes a nuestro paso, continuaron inmersos en roer y roer los pastos.

Cuesta imaginar un lugar más perfecto para los amantes del avistaje de aves que este horizonte llano. Son más de 350 especies de aves las que albergan estas tierras. Por la Pasarela, ipacaás, garzas, jacanas, martín pescador, cardenales y hasta un águila negra salieron a nuestro cruce sin cesar. A esta altura, ya hemos visto tanta fauna que tranquilamente nos podíamos volver. Pero el paseo obligatorio era en una lancha con motor, entre camalotes y fragmentos de tierra emergente que exponen la biodiversidad del Iberá en su totalidad.


Refugio de vida

Apenas adentrarnos entre las alfombras de plantas acuáticas del arroyo Miriñay, a lo lejos emergió desde el camuflaje vegetal el primer yacaré. Brillante y estático al sol. Acostumbrado a que los visitantes quieran ver de cerca a los animales, nuestro guía apagó el motor y acercó la embarcación al reptil. Nos miramos tratando de entender como un animal con fama de voraz se muestre tan dócil ante nuestra presencia. "El turismo naturaleza es la respuesta al cierre de los zoológicos. Hoy si querés ver animales, tenés que ir en su hábitat. Los esteros son un ambiente en equilibrio y tiene el agregado que la fauna ya está mansa", nos aseguró, más tarde, Leslie Cook, propietario de una de las posadas de Pellegrini.

El paseo duró dos horas y hubo que andar esquivando carpinchos y yacarés como en la ciudad podrían esquivarse autos y peatones. Pero tuvimos la suerte de conocer también al más elegante de todos los habitantes del humedal: el ciervo de los pantanos. Siempre tratando de esconderse, fue traicionado por su cornamenta que se asomaba entre los pastizales.

Por la noche, los Esteros del Iberá presentan nuevos actores. Apartando los miedos, emprendimos una relajada caminata por el Sendero del Cerrito, entre los murmullos de millares de ojos que acechaban sin dejarse ver.

Andando a ritmo pausado por el camino agreste, el encuentro con la fauna fue una lotería. El guía propuso apagar las linternas para potenciar el oído y el olfato y poder percibir las entrañas de la selva. En la oscuridad no tardaron en hacer notar su presencia los ya conocidos carpinchos. Pero un instante después, un tatú negro cruzó el sendero apurado. A la salida un gato de monte se acomodó frente a nosotros esperando que hagamos la postal y sigamos nuestro camino. Por las aguas, mientras tanto, un paneo con la luz y cientos de ojitos traicioneros sobresalieron brillando a lo lejos. Eran los yacarés con sus crías en el lomo, sumergidos como asesinos al acecho.

Los Esteros del Iberá se visitan generalmente en dos o tres días. Las actividades se pueden pactar con las posadas de Colonia Pellegrini agrupados en la Cámara de Turismo del Iberá o bien, con la Asociación de Guías. Para vivenciar la naturaleza en toda su esencia, hace falta parar un poco la marcha y dedicarse a descansar unos días en alguna cabaña de adobe junto a la laguna, a la que sólo se llega a través de un camino de tierra colorada. ©eldiario24.com



Por Florencia Soria


Desde el cielo parece un colchón de césped, pero el suelo es una ilusión. Es agua. Un mundo de agua y verde que parece brillar hasta el infinito. Así son los Esteros del Iberá. Un extenso humedal formado por un gran conjunto de lagunas poco profundas, pantanos con abundante vegetación flotante, riachos y arroyos.


Para llegar hay que tomarse cierto tiempo. Los lugares hermosos sólo escapan de la masividad gracias al aislamiento. Y por eso hasta Colonia Carlos Pellegrini, los últimos 80 kilómetros son de tierra. Su inaccesibilidad es lo que preserva a este corazón de la naturaleza, por lo que sólo llegan quienes verdaderamente lo van a apreciar.


Pellegrini cobija los esteros y es el punto de partida para conocerlos con todo el esplendor de su flora y su fauna. ¿Qué buscan los viajeros que llegan a este lugar? Conectarse con la naturaleza, mucho espacio verde a los cuatro costados y la tranquilidad necesaria para leer sin apuro y salir a caminar. "Vivir el lugar", así define Estrella Lozada, Presidente de la Cámara de Turismo del Iberá, la oferta que se les hace a los forasteros.


Contemplar lo natural


Iberá, “agua brillante” en guaraní, ampara miles de especies en una superficie de 1.300.000 hectáreas: 553.000 hectáreas delimitadas como reserva provincial y 150.000 compradas por The Conservation Land Trust (CLT), asociación fundada por el multimillonario Douglas Tompkins que tiene como objetivo recuperar corredores biológicos y transformarlos en reservas naturales.


¡Qué placentera vida la que huye del mundanal ruido! Allí solo se escuchaba el ruido de las aves que nos invitaba a nuestra primera cita en este paraíso: la caminata por el Sendero Carayá. Un recorrido de 450 metros señalizados en un bosquecito, apto para niños, que promete el avistaje de una familia de monos carayá en medio de los árboles. A la salida, la fauna mansa aparece a cada rato y en cantidad. Un grupo de carpinchos indiferentes a nuestro paso, continuaron inmersos en roer y roer los pastos.


Cuesta imaginar un lugar más perfecto para los amantes del avistaje de aves que este horizonte llano. Son más de 350 especies de aves las que albergan estas tierras. Por la Pasarela, ipacaás, garzas, jacanas, martín pescador, cardenales y hasta un águila negra salieron a nuestro cruce sin cesar. A esta altura, ya hemos visto tanta fauna que tranquilamente nos podíamos volver. Pero el paseo obligatorio era en una lancha con motor, entre camalotes y fragmentos de tierra emergente que exponen la biodiversidad del Iberá en su totalidad.


Refugio de vida


Apenas adentrarnos entre las alfombras de plantas acuáticas del arroyo Miriñay, a lo lejos emergió desde el camuflaje vegetal el primer yacaré. Brillante y estático al sol. Acostumbrado a que los visitantes quieran ver de cerca a los animales, nuestro guía apagó el motor y acercó la embarcación al reptil. Nos miramos tratando de entender como un animal con fama de voraz se muestre tan dócil ante nuestra presencia. "El turismo naturaleza es la respuesta al cierre de los zoológicos. Hoy si querés ver animales, tenés que ir en su hábitat. Los esteros son un ambiente en equilibrio y tiene el agregado que la fauna ya está mansa", nos aseguró, más tarde, Leslie Cook, propietario de una de las posadas de Pellegrini.


El paseo duró dos horas y hubo que andar esquivando carpinchos y yacarés como en la ciudad podrían esquivarse autos y peatones. Pero tuvimos la suerte de conocer también al más elegante de todos los habitantes del humedal: el ciervo de los pantanos. Siempre tratando de esconderse, fue traicionado por su cornamenta que se asomaba entre los pastizales.


Por la noche, los Esteros del Iberá presentan nuevos actores. Apartando los miedos, emprendimos una relajada caminata por el Sendero del Cerrito, entre los murmullos de millares de ojos que acechaban sin dejarse ver.


Andando a ritmo pausado por el camino agreste, el encuentro con la fauna fue una lotería. El guía propuso apagar las linternas para potenciar el oído y el olfato y poder percibir las entrañas de la selva. En la oscuridad no tardaron en hacer notar su presencia los ya conocidos carpinchos. Pero un instante después, un tatú negro cruzó el sendero apurado. A la salida un gato de monte se acomodó frente a nosotros esperando que hagamos la postal y sigamos nuestro camino. Por las aguas, mientras tanto, un paneo con la luz y cientos de ojitos traicioneros sobresalieron brillando a lo lejos. Eran los yacarés con sus crías en el lomo, sumergidos como asesinos al acecho.


Los Esteros del Iberá se visitan generalmente en dos o tres días. Las actividades se pueden pactar con las posadas de Colonia Pellegrini agrupados en la Cámara de Turismo del Iberá o bien, con la Asociación de Guías. Para vivenciar la naturaleza en toda su esencia, hace falta parar un poco la marcha y dedicarse a descansar unos días en alguna cabaña de adobe junto a la laguna, a la que sólo se llega a través de un camino de tierra colorada.©eldiario24.com




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