25/09/2020

Opinión

La cultura de los libros como rescate de un mundo en demolición

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La cultura de los libros como rescate de un mundo en demolición

Para saber cómo era alguien, en los tiempos de antes, bastaba con ir a su casa y fijarse en su biblioteca. Los libros daban una pista de su pensamiento y el su familia. A muchos visitantes les fascinaba observar ese gran mundo de textos ajenos, tal vez lamentándose no haber leído algunos, coincidiendo con otros, caros a sus pensamientos. Llegado a la casa de un recién conocido, curiosear en su biblioteca, era un ejercicio de la imaginación para averiguar cuánto sabía su propietario o para qué lado inclinaría una conversación. Se hallaban coincidencias intelectuales, a veces insólitas y disidencias fundamentales, por supuesto. Pero en una biblioteca no cabía lo leído por un hombre, en muchos casos había gente instruida de prestado, sobre todo en las bibliotecas populares, florecidas en todos los rincones de la Argentina, catedrales del saber.

En la casa de muchísima gente la biblioteca presidía la sala, no como un mueble de adorno, sino cual culminación de las bellezas intelectuales de una familia. En el comedor o en la mesa ratona, al centro de los sillones se daban cita los hijos a hacer los deberes y los padres en sus horas de ocio, cada uno con sus libros, sus estudios, sus repasos para la lección de mañana, sus sorpresas y sus placenteras lecturas de poemas, novelas, historia, cuentos, ensayos, teatro, ciencia, los infaltables diccionarios.

Atahualpa Yupanqui, el cantor de cosas olvidadas, cuando le preguntaban por su infancia y su primera juventud, decía: “En casa éramos pobres, pero con libros”, toda una definición, pues encerraba la certeza de la lectura como un ejercicio imprescindible para la vida. Además de una ilustración sobre la esclarecida personalidad de uno de los mayores vates populares de la Argentina. En tiempos no muy lejanos, la lectura era una realidad en muchísimos hogares de las clases más pudientes, de las del medio y aún de las más bajas, pues todas tenían aspiraciones.

Entre otras cosas, los libros creaban inconformistas, gente que se resistía a la ignorancia propia y de los hijos: había una certeza inconmovible en hojas impresas que reunían en sí, tesoros de sabiduría y eran por lo tanto auxiliares valiosos e imprescindibles en la lucha por una vida mejor. Los mismos libros hacían entender, además, que esa “vida mejor” no eran electrodomésticos onerosos, viajes a lejanos países o suntuosos placeres mundanos, sino la certeza en el hecho de saber más como un camino para la realización personal, ¿era poco, mirado desde los tiempos actuales?, quizás, pero si lo piensa bien, amigo, era mucho.

Lo único variable de un lugar a otro era la calidad de la edición, más lujosa en algunos hogares, rústica en otros. Pero eran los mismos textos en distinto formato, propalando ideas, ejerciendo el don del convencimiento, exponiendo a veces, graves o pequeños problemas de todos o de un grupo, brindando alegría, enjundia, felicidad, belleza, regocijo, sapiencia, contento, placer.

Gran parte de la vida pasaba por los libros, muchos dejaban allí plasmados sus sueños, sus ideales, sus ocurrencias, sus memorias, las vicisitudes de sus viajes, sus poemas, sus canciones. Otros se reconocían como grandes lectores y aunque en su vida quizás no aportaban ni siquiera una página nueva en letras de molde, colaboraban al sostenimiento de los escritores y de la industria editorial, adquiriendo las últimas novedades a los libreros amigos (cuando existían los libreros, llamaban por teléfono a sus clientes o les mandaban mensajes, anunciándoles que había llegado un nuevo libro de su autor preferido, como la recordada Gilda Roldán de Santucho, en Santiago del Estero, la última de esa antigua y honorable estirpe, al menos en esta provincia).

Cuesta creer a esta altura de la procesión, que los libros hayan sido reemplazados por la televisión, aparato repleto de suciedades, gurú de grandes y chicos, acudiendo en busca de respuestas a un lugar equivocado. Duele percatarse de que la cultura de los libros ha perdido la batalla en buena parte de la Argentina, a manos de conductores televisivos ignorantes de las reglas básicas del idioma español, alejados de las buenas costumbres.

La teoría de la evolución de la especie humana se derrumba en el mundo actual, con miles de analfabetos enceguecidos por una caja con luces de colores, mirando a orates de pequeña estatura moral, haciendo monerías, gritando y proclamando su ignorancia como una virtud. Los primeros homínidos, mirando el fuego, en la búsqueda de explicaciones acerca de su existencia, serían, en ese sentido, superiores a sus descendientes actuales, al menos sus reflexiones serían más profundas que las obscenidades de las busconas de la televisión. Podría idearse ahora una teoría de la involución humana

Pero, dado que lo dicho es parte de una ínfima cultura minoritaria, cabe la pregunta de si resolvería algo volver alas raíces y, a la hora del noticiario, tomar un libro, cuanto más antiguo y de autores más respetables mejor, para intentar al menos, la restauración de un mundo en demolición. No es malo volver al pasado si esconde lo mejor del alma. En este caso al menos, sería lamentable no intentarlo.

Juan Manuel Aragón                   

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