24/11/2020

Opinión

Los padres insisten en que el Estado les cuide los hijos

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Los padres insisten en que el Estado les cuide los hijos

En Santiago del Estero había antes de la pandemia, un grupo de padres pidiendo al gobierno, y a los dueños de bailes, que criaran sus hijos pues, al parecer, ellos eran incapaces de hacerlo. Entre otras cosas, solicitaban a las autoridades establecer la prohibición de vender alcohol a los jóvenes o a todo el mundo, después de una determinada hora. Y a los dueños de boliches les pedían cerrar más temprano el bailongo así sus críos se acostaban a una hora prudente los domingos a la madrugada.

Al parecer los padres pretendían que el gobierno cerrara a cal y canto los kioscos y almacenes así sus hijos no tenían donde proveerse de bebidas alcohólicas, en la creencia de que así evitarían posibles intoxicaciones. La Municipalidad se debía ocupar de salvarlos de un mal que los propios padres se mostraban impotentes para erradicar.

Los dueños de los bailes se mostraron sorprendidos por el pedido, quizás con mucha razón: Ellos no imponían los horarios, era una moda de la juventud llegar después de las dos de la mañana. ¿Debían arrearlos para hacerlos entrar antes de la medianoche? Otra cosita más, es cierto, vendían bebidas con alcohol, pero culparlos de borracheras de hijos ajenos era demasiado. Tampoco iban a andar midiendo cuánto tomaba cada uno, una vez adentro.

De todas maneras, como en esos bailes la bebida suele ser un poco más onerosa que en los kioscos al paso, los jóvenes se adelantaban y llegaban bebidos al boliche, para no decir ebrios o con una mamúa que te la voglio dire. ¿Debían comprar un alcoholímetro para controlar quiénes llegaban a bailar chupados?

Todo un problema, amigos.

Los chicos de ahora pasan tres jardines de infantes, siete grados de la primaria, cinco cursos de la secundaria, total 15 años. Si no estaban en la escuela dormían, comían, jugaban, estudiaban en la propia casa. ¿Y los padres le echaban la culpa al último eslabón de la cadena?, ¿qué habían estado haciendo durante todo ese tiempo, para no instruirlos sobre cómo comportarse en la calle?

El mundo de la noche —información sabida— es distinto de la luz del día. Hasta mediados del siglo pasado, padres e hijos iban a los mismos bailes familiares. Es cierto, a veces se armaban trifulcas, pero no eran frecuentes. Tampoco era habitual ver un joven borracho los fines de semana, sin faltar ni unito. Podía suceder, por cierto y sucedía, pero era muy raro, un acontecimiento eventual.

En el mundo actual, para un joven de entre 15 y 20 años, es casi impensable salir un fin de semana con los padres y los hermanos. Debe hacerlo, necesariamente, con sus amigos. Hay empresarios que saben satisfacer sus gustos, ganando unos buenos pesos al vender diversión, luces de colores, música a altísimo volumen, alcohol y ¿por qué no?, cositas peores.

Fueron quizás estos mismos empresarios quienes impusieron la moda de decirles “chicos”, a adultos de 20, 30 y hasta 40 años, pues de esa manera los tendrán atrapados más tiempo en su red de diversión pagada a buen precio. Mientras sigan sintiéndose niños, podrán sacudirse como robots los fines de semana tomando cual cosacos sedientos. Al margen: la moda ha cundido y ahora todos se llaman como “chicos”, aunque sean ancianos de 60 años o más, yendo para decrépitos. Viejos chotos creyéndose niñitos, o sea.

Volviendo al asunto, como en gran parte de las polémicas que vienen dándose en la Argentina, las soluciones mágicas son las que más atraen a quienes discuten sobre cualquier asunto. ¿Hay corrupción?, paredón. ¿La juventud se descuajeringa?, servicio militar obligatorio. ¿La gente no eligió a quien uno quería? Voto calificado. Así con todo.

Pocos han planteado que si los padres se fijaran en qué y cómo enseñan desde pequeños a los hijos y ejercieran más control, si las escuelas y las iglesias pusieran más énfasis en instruir acerca de la moral a sus fieles y las asociaciones de barrio —bibliotecas, clubes deportivos— colaboraran con las otras dos, no habría necesidad de pedir a los dueños de bailes, regular su actividad, porque los jóvenes sabrían divertirse sanamente.

La Ley Seca en los Estados Unidos no fue un obstáculo para que, quien quisiera beber whisky u otras bebidas espirituosas, lo hiciera en la ilegalidad. De una manera parecida vienen fracasando los proyectos de estos progenitores, de usar al Estado como excusa de la falta de atención en la crianza y cuidado de los hijos.

Entre los males traídos por la pandemia, la buena noticia es que estos padres se callaron del todo. No queremos creer que se llamaron a silencio para ser cómplices de quienes organizan fiestas clandestinas, en las que no solamente valen todas las bebidas alcohólicas —y sus mezclas— sino también el contagio de coronavirus al voleo, sin discriminar pelo, raza, religión, marca o señal.

Y corto aquí, así cada uno piensa cómo hace para criar a sus niños alejados de los azares de la noche, el aturdimiento, el alcohol y las sustancias medicinales.

Juan Manuel Aragón                   

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