21/10/2010

Culturas

mirame que estoy buena

2001: Una odisea en el espacio

Un deleite sensorial de Stanley Kubrick. Mirá el trailer. Escribe: Gastón Bejas.

El singular Stanley Kubrick, director de películas de culto como “La naranja Mecánica” o “Dr. Strangelove”, estrena en 1968 (un año antes de la llegada del hombre a la luna) un film que revolucionaría completamente la manera de realizar ciencia ficción en la historia del cine. El guión está escrito por el mismo director y el novelista Arthur Clarke,  basado en una novela del escritor titulada El Centinela, escrita en 1948. Su trama se centra en un equipo de astronautas, que trata de seguir las señales de un extraño monolito, que parece ser obra extraterrestre.

Su argumento gira en torno a tres historias, ocurridas en tiempos diferentes, con un particular objeto en común; un misterioso monolito.

Durante la primera parte (“el amanecer del hombre”), viajamos a los albores de la humanidad donde apreciamos la vida de unos simios antropomorfos que habitan desolados paisajes, agrupados en tribus. En esta parte podemos observar sus costumbres y hasta sus miedos y limitaciones. A partir de la aparición de un extraño monolito, una tribu de primates que lo descubre y entra en contacto con el mismo, parece adquirir un estado superior cognoscitivo, evolucionando en inteligencia y despertando el instinto de la violencia, la distinción, el poder y por lo tanto la defensa del territorio propio así también como la invasión, cualidades que paradójicamente desatan guerras en nuestros tiempos.

Luego de este contacto, el jefe de la tribu va a recuperar un terreno perdido, y asesina mediante la primera arma de la historia (un hueso) al líder de la tribu usurpadora. Embriagado en su violento acto triunfal, el líder lanza su hueso hacia el aire y en su lugar, luego de aparecer girando en el cielo, se presenta una nave viajando en el espacio ubicándonos en 1999. Dicho paso de escenas es lo que se conoce como la "elipsis más larga en la historia del cine" de más de 4 millones de años.

Allí se inicia la segunda parte (TMA-1) en la que se relata la llegada del Dr. Floyd (William Sylvester) a una estación espacial y donde se observa la vida y el desarrollo tecnológico de los ocupantes de dicha estación. Posteriormente y luego de su escala, el Dr. Floyd llega a la Luna, con motivo de una investigación secreta, debido a una extraña y misteriosa anomalía magnética en el cráter lunar Tycho N°1.

En la tercera parte (Misión a Júpiter), nos situamos en el año 2001, una nave espacial llamada Discovery 1 se encuentra viajando con destino a  Júpiter. En la misma se encuentran dos tripulantes despiertos, David Bowman (Keir Dullea) y Frank Poole (Gary Lockwood), y otros compañeros reposan en hibernación. La nave espacial sigue los comandos de HAL 900 (voz de Douglas Rain), una computadora dotada de inteligencia artificial, capaz de controlar las funciones vitales de la nave y hasta de jugar al ajedrez con los tripulantes, representada en un “ojo rojo” (cámaras de video) por el cuál observa todo movimiento dentro de la nave. Todo marcha en orden, hasta que HAL 900 empieza a actuar de manera extraña…

La última parte de la película relata la llegada de uno de los astronautas a Júpiter, y a partir de allí, Kubrick, desarrolla un sinfín de escenas susceptibles de cualquier interpretación en manos de los espectadores; ya que llegando al planeta, la nave se topa con otro monolito e ingresa en una dimensión desconocida; adentrándose en un portal psicodélico por el que viaja velozmente y a partir del cuál se observan escenas dotadas de surrealismo y metáforas visuales.

Kubrick utiliza composiciones de Strauss a lo largo del filme como en el comienzo del rodaje (el inicio de Así habló Zarathustra) o las escenas en que se muestran los viajes de las naves espaciales y el primer alunizaje acompañados por “el Danubio Azul” formando una perfecta coreografía y armonización con las excelentemente logradas escenas.

El film además de ser una excitante maravilla visual por donde se lo mire (desde los primeros paisajes en que habitan los primates, pasando por las perfectamente ambientadas escenas de la estación espacial y las tomas de la Luna y la Tierra, hasta el jubiloso final desde el espacio exterior), se muestra totalmente innovador para la época y con una increíble adaptación de diferentes leyes de la física, astronomía y consecuentemente astronáutica dotando de un magnífico realismo al relato y una absoluta credibilidad científica.

Más allá de lo que logra en cuanto los efectos especiales y lo atrapante de su trama, la obra plantea cuestiones filosóficas y metafísicas de índole universal, desarrolladas a lo largo del filme y sobre todo, de manera más relevante, en la última parte de la cinta. Se tratan asuntos como las guerras, la violencia, la supervivencia, la evolución, la existencia de seres superiores, la hipotética batalla librada entre la humanidad y las máquinas producto de su creación, muerte, la existencia de universos y dimensiones paralelas y la apertura a lo desconocido.

Sin lugar a dudas esta brillante obra sensorial de más de dos horas, demuestra la genialidad de su excéntrico director, alcanzando la perfección en cuanto a la concepción y realización una verdadera obra de arte.

Si no bastan las palabras de halago para convencerse de que estamos ante una de las mejores películas de la historia del cine, es más que suficiente con saber lo que el brillante John Lennon pensaba sobre ella: “¿2001?... la veo todas las semanas”. Sublime

Gastón Bejas

 

 

 



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