22/03/2011

Culturas

Opinión

La parábola del hijo pródigo: de la fábula a la realidad

Curiosa y motivadora reflexión de cómo este caso se plantea en diversas familias. Por Rocío María Puig

Todos conocemos la famosa parábola del hijo pródigo, cristianos y no cristianos. Los que deseen refrescar su memoria, pueden encontrarla en el Nuevo Testamento, en el Evangelio según San Lucas, capítulo 15, versículos del 11 al 32.

El sentido de esta parábola, tal cómo la predica la Iglesia, se encuadra como respuesta a la crítica que los fariseos y los escribas le propinaban a Jesús por estar entre pecadores y compartir con ellos. Por ello, Cristo cita esta fábula, para resaltar la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos y su alegría ante la conversión, como así también para rechazar formalismos que apartan al creyente de la verdadera fe y misericordia.

Entonces, no debemos confundir a quien se dirige esta parábola, pues no es al hijo rebelde y, luego, arrepentido, sino al padre que espera y corre para darle la bienvenida al hogar. Esto último, ha llevado a que muchos teólogos y expertos bíblicos sostengan que el nombre de la parábola debería ser, en lugar de “El hijo prodigo”, “El padre misericordioso”.

Por su parte, el primogénito representa a los justos hijos de Dios, y, más precisamente, teniendo en cuenta el contexto en que se dio la parábola, representa a los fariseos y escribas, a quienes Jesús hablaba. De esta manera, la parábola grafica cómo los fieles también caen en el pecado, en este caso la envidia al reprocharle al padre lo que le hace a su hermano en comparación con lo que hace por él, demostrando que también en su fe y obediencia existía un móvil interesado.

Pero de todas formas, ¿quién no ha experimentado desde la primera vez que escuchó la historia, y aún aquellos que lo hicimos desde niños, una ligera sensación de injusticia, cuando observó la situación del hijo fiel? Por lo menos antes de comprender el verdadero simbolismo de los personajes y la historia…se podría decir que la mayoría.
 
Quizá esta sensación de injusticia que uno siente, dejando de  lado el misericordioso mensaje cristiano, esté relacionado con una situación real -muy común- que se plantea en muchas familias.

Sin embargo, repito no existen en mí ánimos de cuestionar la moraleja de la parábola y su significado piadoso, despojándome de todo el sentido religioso de la misma, ya que no es mi intención llevar a cabo un juicio de valor, ni mucho menos cometer una herejía.
 
Llevando el caso a la praxis, me pregunto ¿hasta que punto el padre hace bien en recibir con los brazos abiertos al hijo pródigo? ¿Qué le pasó luego al hijo pródigo? amén de su arrepentimiento ¿aprendió realmente de su error? ¿Volvió a reincidir? Si volvió a reincidir ¿el padre debe volver a recibirlo con sus brazos abiertos? ¿Por qué el padre permite que el hijo actúe de modo tan irresponsable?

Son muchos los interrogantes. Y todos se destruyen con la simple y llana respuesta de que aquel que no sea capaz de acoger a su propio hijo arrepentido no merece llamarse padre.

Pero ¿es sano eso? Aunque realmente sea una actitud paternalista natural y común, verdaderamente, ¿cual es la conducta que debe seguir un padre ante un hijo pródigo?
 
Todo esto, sin tener en cuenta los sentimientos que inundan al primogénito.

Aunque algunos entiendan la conducta de este personaje como egoísta e hipócrita, por demostrar con su reacción que tiene el corazón tan frío como el de su hermano menor, no sólo al olvidar que su hermano menor es eso, su HERMANO; sino porque en su interior siente envidia de éste. La siente al verlo disfrutar de las cosas que él mismo reprueba. Además le resulta extraño admitir que en realidad siempre actuó con corrección por cobardía, convirtiéndose su obediencia en una carga y en una manera de eludir su falta de coraje.

Igualmente también cabe la posibilidad que las emociones del hijo mayor no sean tan oscuras.

Más allá de esto,  llevado el caso a la realidad, el hijo recto sea por lo que sea, siempre se siente desvalorizado al caer en la comparación. La desgastante y destructiva comparación. Por eso siempre digo que debemos compararnos  con nosotros mismos y no con los demás…

Es claro que, si justificamos a los padres siguiendo el criterio de la normalidad, podemos decir que es “normal” que  los primogénitos caigan en la comparación.

No es sano que un hijo se sienta menospreciado.

No es bueno que los padres actúen como si limitaran su óptica únicamente a las debilidades de sus “hijos pródigos”.

Yo no sé si existe o no “el hijo preferido”, que en este caso toma la forma de “tendencia hacia el hijo más necesitado”, lo cierto es que el error está en demostrarlo y en hacer diferencias.

Sin embargo, muchas veces los padres reprueban a los hijos que se sienten disminuidos, siendo no sólo  poco comprensivos, sino además necios al no ver que: los únicos causantes de ese recelo son ellos mismos y su exagerada sobreprotección hacia el otro.
 
Un buen padre no es aquel que es indispensable, sino todo lo contrario. Un buen padre debe enseñar a su hijo a ser independiente y prepararlo para  que pueda seguir solo aquel día en que no esté. Porque ese día es tan impredecible como inesperado.

La sobreprotección lejos de ser constructiva es destructiva.

Es perjudicial pues el hijo no aprende a sobrevivir. Y eso es algo que todos debemos aprender.
 
Hay que hacer tripas corazón y soportar la caída del hijo. La cual no siempre puede significar involución, sino todo lo contrario: Crecimiento. Crecimiento que, a veces, uno debe experimentar sólo, sin estar de la mano de nadie, pues ello hará que realmente signifique crecimiento y aprendizaje. Pero si el padre levanta a su hijo, no sólo le niega la posibilidad de pararse por si mismo y aprender, sino que lo malacostumbra a la dependencia. Puede que el hijo al caer tome impulso y sorprenda con un gran salto. Como puede ser que no, pero en este caso siempre el padre puede socorrer al hijo cuando advierta que éste no puede REALMENTE solo.

De todas maneras siempre hay que darle al hijo La Oportunidad.

¡Ojo!, eso por lo que tanto luchamos como ciudadanos, también debemos luchar por ella como hijos. No olvidemos que no todo es responsabilidad del padre.
 
El tema es tan amplio como interesante, ya que ofrece diversas perspectivas muy controvertidas… Siempre es sano reflexionar, con las más diversas conclusiones en las mangas, las lenguas y las miradas.

En fin, creo que igualmente todos podemos llegar a un acuerdo y  sostener que lo difícil no necesariamente  es sinónimo de  malo, y que el mejor regalo que se nos puede otorgar es el mérito y la satisfacción que te da el esfuerzo: entonces Padre, hijo pródigo y primogénito… podéis ir en paz.

Rocío María Puig

 

 

 

 

 


 



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