07/12/2013

Culturas

Escritos e ideas: Tropa

Escribe Juan Manuel Aragón.

A Martín Saravia.
 
Pienso en los animales que podría ser si existiera la reencarnación: mosquito aplaudido una tarde de verano en el jardín, cucaracha aplastada por un ama de casa enfurecida que teme errar el chancletazo infame, sapo escarnecido por su fealdad que halla la muerte cuando intenta cruzar la ruta y queda estampillado cuan largo y ancho es en el negro pavimento, gusano de chacra temiendo siempre la decisión de fumigar del campesino que pretende salvar su cosecha.
 
Creo que podría ser perro bravo encadenado, cuidando el corralón de materiales de un barrio perdido de las afueras, hambreado y libre durante los fines de semana y a la noche, preso el resto del tiempo. O gato de solterona, llevado de aquí para allá, mostrado a las amigas haciéndose el juguetón, persiguiendo ratones imposibles. Ratón quién te dice, ya que estamos, desconfiado, temiendo el acecho de la trampa falaz y descreída de un riquísimo pedazo de queso o escondida en trigos verdosos que llevan a una muerte lenta y ahora sí, duradera.
 
En una de esas sería gorila de zoológico, siempre estirando la mano, esperando un maní o las eternas bananas que me darían los cuidadores, como si creyeran que no quiero otra cosa. O chimpancé en libertad de un país subtropical y pobre, huyendo de los cazadores furtivos, saltando de liana en liana para que no me atrapen, lejos de la furia de la pantera, otra enemiga a sumar, ojito.
 
Capaz que en la repartija, San Pedro dice, “Vos, cebra”. Ya me veo corriendo por la sabana del Serengueti, perseguida por leones, hienas y los insaciables documentalistas de Animal Planet. O león africano, acosado por la duda sobre mi capacidad de mantener a la tropa de leonas sin que venga otro más fuerte a birlarme un territorio y el hembraje ganado a fuerza de coraje. O hiena husmeadora de carroña, tenida por despreciable por toda la humanidad, con esa risa finita y cínica.
 
Pero de todos los animales, Diosito querido, jamás me quieras convertir en caballo de alquiler de pueblo turístico de la Argentina, molido a palos para amansarlo a la fuerza, montado por porteños insufribles a quienes les dijeron que para acelerar, ¿viste?, había que azotarlos, medio muerto de hambre y de sed todo el día, mal ensillado y harto de mataduras.
 
Mejor el infierno.
 


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