15/10/2014

Culturas

Se celebra el "Día del Bastón Blanco"

Las barreras físicas son muchas, la falta de empatía es el peor enemigo. “Piensen en los que no accedemos a los servicios básicos porque no podemos ver”, dijo una no vidente.

A veces, Félix, Cecilia, Adela, Marquesa, Margarita y Cacho, seis de los más de 50 miembros de la Escuela Taller para Adultos Luis Braille, llegan a oír un rápido pedido de disculpas. Otras, ni siquiera eso. Por eso decidieron salir a la calle: sueñan con un Tucumán solidario e inclusivo, respetuoso del bastón blanco y de lo que este significa.

 

Si pueden, van de a dos. Especialmente porque algunos recién están aprendiendo a manejarlo. Pero todos saben que su bastón, blanco y plegable, es la más importante fuente de independencia; la brújula que les permite caminar por las accidentadas calles del mundo. Y caminando a su lado, los que sí pueden ver constatan cuán desaprensivas pueden ser la ciudad y su gente: motos y bicicletas estacionadas en las angostas veredas; sillas de bares que ocupan hasta el último resquicio; madres que empujan cochecitos sin mirar lo que sucede a su alrededor, o simples peatones tan metidos “en su mundo” que se los llevan por delante.

Llamado a la conciencia

Desde hace 82 años todos los 15 de octubre el bastón se convierte en protagonista: en diferentes partes del mundo se llevan a cabo campañas de visibilización y toma de conciencia sobre las dificultades que enfrentan a diario los ciegos.

En Tucumán también: uno de los proyectos que impulsa la escuela (funciona en Moreno 261, de lunes a viernes de 14 a 18) es lograr que se dé cumplimento a la ordenanza municipal 4.262 que, como informó Marquesa, es de 2010 y establece que todo local dedicado a actividades gastronómicas debe tener al menos tres ejemplares del menú en código Braille.

El grupo que encabeza Félix, que enseña ese lenguaje en la escuela, decidió relevar dónde pueden contar con ese servicio. Por eso esta nota se hizo en un bar: se suponía que era uno de los que cumplen la ordenanza. Pero no había cartillas disponibles. “Estaban -dijo avergonzada la cajera-, pero no puedo encontrar ninguna”. También habían desaparecido las de la sucursal.

“No buscamos hacer denuncias. Buscamos que la gente piense en los que no podemos acceder a servicios básicos, porque no podemos ver”, destacó Cacho.

“Y no sólo en los bares; en los hoteles, en las paradas de los colectivos, en los semáforos...”, enumera Adela. “Y en las oficinas -añade- Margarita: uno llega dificultosamente al mostrador y el empleado se limita a entregar un papel y decir cortante ‘estos son los requisitos’. Pero estoy sola, y no puedo leerlos”. ¿”Por qué no tienen formularios en Braille?”, se lamenta. Otro problema que enfrentan es que las marcas en relieve de los billetes están tan gastadas que muchas veces no pueden reconocerlos. “Cuando nos dan un vuelto tenemos que confiar en que no nos están estafando”, grafica Adela.

La oferta de la escuela


La mayoría de los alumnos de los talleres no son ciegos de nacimiento: tuvieron que aprender a vivir sin sus ojos. Y ese aprendizaje, que arranca con al empujón para superar la depresión (“uno se brutaliza al principio”, describe gráficamente Adela), sigue con las dos clases específicas de supervivencia: el código y el uso del bastón. Pero además, se brinda la oportunidad de desarrollarse y ser creativos aprovechando sus otros sentidos: hay talleres de mimbrería, de cocina, de tejido, de música de gimnasia... y, gracias a que consiguieron PC con teclado en Braille y reconocimiento de voz, están cada día más filosos en informática.

El objetivo de la escuela apunta en dos direcciones: generar lazos y estimular la independencia. “Y en eso, Adela es un puntal”, cuenta Félix. “Yo sé lo que es estar mal, pero mal. Hasta me molestaba el ruido del bastón al desplegarse. No quería saber nada con él. Lloraba y lloraba. Pero mi familia me sostuvo, y los talleres me cambiaron la vida. Decidí que ahora quiero ayudar a los nuevos, que recién llegan”, dice y su cabeza gira hacia su derecha. Allí, donde sus ojos la encontrarían si pudieran, está Cecilia, que quedó ciega hace siete meses por una neuritis óptica. Es la más nueva en esto, pero gracias a su familia, a Adela y al resto del grupo, está recuperando la sonrisa y lucha por su autonomía. Aprendió a reemplazar el lápiz por el punzón, y las letras, por los puntitos. En la escuela se puso de novia. Y apenas escucha “vamos”, con un gesto ágil arma su bastón y se lanza al futuro.

Un homenaje agradecido


Mi compañero, el bastón blanco de Silvano “Cacho” Sánchez, ciego, alumno de la Escuela Taller Luis Braille.

“Él es silencioso; hasta muy frío en ocasiones. Parece pequeño, pero para mí es muy grande. Para muchos no tiene significado, pero para mí significa el andar de mis días, el sendero y la luz que me guía en cada paso; el que me va diciendo, sin hablar, por dónde tengo que caminar. Él es quien les dice por mí a los demás de mi discapacidad visual. Él es mi bastón blanco, el que recibe todo mi cariño porque desde que está conmigo me siento seguro y contento, a pesar de que la luz de mis ojos se está apagando. (...)

Hoy, en tu día, quiero agradecerte por estar en mi vida que la oscuridad intenta frenar. Pero tú la llevas adelante cuando te despliegas. Por eso, mi fiel amigo, el amigo del ciego, hoy te digo lo mucho que te quiero.

 




Recomienda esta nota: