07/06/2018

Culturas

Se estrenó la película tucumana aclamada en Cannes

Agustín Toscano construyó un relato donde la violencia y la ternura están presentes.
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Se estrenó el Motoarrebatador.

 El motoarrebatador” traslada la fuerza de su título a la pantalla en una historia en la cual, expresamente, su director y guionista Agustín Toscano no condena a sus personajes desde un planteo ético prejuzgador ni lanza consignas morales. Por el contrario, se centra en el relato de relaciones humanas de seres despojados de afecto, necesitados, profundamente heridos y llenos de contradicciones, retratados en un trabajo técnico impecable de cámaras y sonido.

Basado en particular en las actuaciones de Sergio Prina (para retratar su Miguel, Toscano recurre a planos cortos que le dan una intimidad especial con el público) y de Liliana Juárez (Elena), el filme recurre a los clásicos griegos en cuanto a personajes que no pueden eludir su destino pese a sus deseos. Están encerrados dentro de sí mismos más allá de una cárcel eventual, y necesitan profundamente salir de esa angustia a partir de tomar contacto y reconocerse como persona en la aceptación del otro.

El nombre de la película refiere a la violencia que la atraviesa, tanto en lo físico como en la forma de hablar (gran desafío traducir el tucumanismo de los diálogos al mercado extranjero). Su modo de vincularse es a través de la tensión, que Miguel sólo logra romper cuando está con su hijo León, en las escenas más enternecedoras de esta producción (no quiere transferirle el mundo en el que vive sino otro mejor) o en ciertos momentos con Elena; en definitiva, con dos generaciones distintas a la suya. Con todos los otros, la escena siempre está a punto de estallar. En ese ir y venir entre la ternura y el golpe transcurre el relato.

El argumento parte de un robo a Elena a la salida de un cajero bancario, y a partir de allí, la búsqueda de cambio de Miguel, con la sensación de haber tocado fondo, de que no hay salida posible si no se llega hasta el final. Pero la redención no es lo que uno quiere sino lo que el otro le concede.

Enmarcada en un paro policial, con imágenes de archivo que remiten a ese momento en Tucumán (pero no acotada a ese hecho), subyace la sensación de anomia, de la inutilidad de las leyes, de la ausencia de control. Así, la autolimitación individual es la única opción, que choca con la presión del entorno donde cada uno se mueve. Es la lucha entre pobres, donde las otras clases no están presentes en pantalla, lo que connota la imposibilidad de ascenso social. Vivirán y morirán en ese estrato, emigrados de poblaciones rurales que no tienen trabajo y desistieron de buscarlo (no se ve ningún intento en la propuesta), atravesados por la marginación. Elena lo ejemplifica en la reconstrucción de su memoria: se rebela sobre su destino y ni siquiera acepta su nombre.

Toscano utiliza con eficiencia recursos dramáticos para relajar distintas escenas con pinceladas de humor dentro de un drama desgarrador, donde en el fondo no hay ningún personaje amable o gracioso. Miguel y Elena están solos y apenas se tienen entre ellos. Quizás sea el primer paso a dar para construir un futuro. (lagaceta.com)


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