03/06/2020

Culturas

Un aro de bicicleta y un fierrito para empujarlo eran suficientes

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Un aro de bicicleta y un fierrito para empujarlo eran suficientes

Mi tata me regaló un aro de rueda de bicicleta y un fierrito doblado en la punta para empujarlo. Se lo había visto a algunos amigos y me parecía un aparato lujoso. Y un buen día, ahí estaba, yendo de un lado para el otro, llevándolo para todas partes como si hubiera tenido un pony. Después heredé su bicicleta de carrera, pero mucho tiempo anduve pasando los pies por debajo del caño, porque no llegaba a los pedales. El hecho de que fuera inmensa, rodado 28, y tuviera algo de herrumbre no mermaba mi alegría por tener una que usaban los grandes.

A la siesta en el campo jugábamos con soldaditos. Una felicidad vea. A veces estaba tan lindo, que nos daba pena dejar de andar en esos caballos fabulosos, por aquellas montañas, haciendo grandes hazañas: pero los grandes se levantaban y debíamos levantar campamento.

Para qué le voy a contar lo que eran a las escondidas en la casa de los abuelos, llena de recovecos, cañas huecas, paraísos. De grande, cuando mis primos chicos jugaban, siempre me prendía. Era un deber enseñarles los trucos de aquella diversión, a saber: a) nunca esconderse lejos de la piedra y b) no perder de vista al que la contaba para calcular bien la disparada salvadora.

Las noches de invierno jugábamos a la loba con mi mamá y mi abuela. La vieja nunca se iba descartando como el resto, esperaba tener los juegos armados para recién bajarlos y ganarnos. A veces le hacíamos burla porque si ganaba otro, acumulaba de golpe, un montón de puntos en contra. No lo hacíamos ni por un caramelo, sino para no irnos a dormir a las 9 de la noche.

En las fiestas, los chicos teníamos una mesa aparte y comíamos antes, ¡qué maravilla!, para seguir jugando. Nos habríamos molestado si nos hubieran entreverado con los grandes, obligados a oir sus conversaciones, estar callados, tener compostura.

Pero luego la vida cambió.

El teléfono era negro y mis abuelos teníanel 15945, enTucumán, antes de que le agregaran los otros números. Estaba en una repisa y debajo de él había una guía. Los chicos deseábamos, sueño inalcanzable, un karting a motor, un equipo completo de nuestro equipo de fútbol, una ametralladora de plástico con lucecitas. Pero, ¿un teléfono?, ¿para qué, diga?

Lo mejor eran los cumpleaños: un montón de chicos jugando a la pilladita, sudados y felices. Las madres servían la torta al principio porque después, en medio de los juegos, nadie iba a posar para la foto. ¿Un payaso en un cumpleaños, dice?, ¿un mago?, ¿un castillo inflable? ¿Por qué íbamos a estar quietos, justamente en una fiesta?

El mundo era de los grandes, los chicos éramos un apéndice para reírse un rato con sus gracias. Y luego tu madre decía: “Rajen de aquí, ¿no ven que estoy ocupado conversando con la tía Mabel?”.

A veces pienso en el aro aquel. Y me digo qué bueno sería regalarle uno a mi chango. Y que lo aprecie, se canse de correr por detrás, imaginándose que es camionero, maquinista del tren.

Piloto de avión

Astronauta camino a la Luna.

Pero la vida no es solamente la vida. Es también lo que hicimos con los chicos, abandonándolos en manos de la televisión, los celulares, las niñeras, el jardín de infantes, para ir detrás del aire acondicionado, el auto último modelo, los pantalones a la moda, el celular de Corea.

Cuando llega la vejez, un día te acuerdas de aquello y redactas una crónica. Luego le pones punto final al escrito.

Y debajo de todo lo firmas.

Juan Manuel Aragón                   

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