19/06/2020

Culturas

La experiencia de un primer amor, vale el arrepentimiento

Cuento de Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La experiencia de un primer amor, vale el arrepentimiento

Lo que uno hizo, lo trajo derecho hasta aquí. Si extrajera un solo elemento de la vida que llevé, estaría en otra parte, haciendo quién sabe qué, en un mundo distinto. Hay atajos que tal vez no debí transitar. Me hubiera gustado seguir el camino principal, con verdades como espinas que dificultan la marcha.

Le cuento.

Era carnaval, la invité a un baile y como me tenía algo de miedo, invitó a una amiga para que fuera con nosotros. Convidé a un conocido para emparejar el asunto, y fuimos. Había espuma, alegría, bombitas volando. Y ella estaba preciosa, radiante. A la mitad del baile nos mandamos a mudar para ver cómo florecían, urgentes, las estrellas.

Era chango. Luego la vida me enseñó habilidades, sutiles guiños que se deben interpretar correctamente, sobre todo en la relación con las mujeres.

Estoy seguro de que nunca contó lo nuestro a nadie, tampoco al marido, sobre todo porque fue un asunto fugaz, un parpadeo en nuestras vidas. Intentaba la picardía. La noche corría con prisa y en ese rincón que recuerdo con nostalgia, se puso firme y me dijo que no. Hice lo que cualquiera en mi situación, forzar un rodeo para que el deseo consiguiera lo que la razón le negaba. No. Apelé al sutil arte de intentar nuevos caminos para mis ávidas manos. No. En medio de aquella amable lucha cuerpo a cuerpo, intenté con palabras dulces, dar a conocer que mi amor sería eterno e incondicional. Siguió siendo no.

No le guardé ningún rencor, en definitiva y para lo que era el mundo entonces, tenía toda la razón para rechazar aquel —ahora lo sé— torpe y barato intento. He olvidado los detalles, pero durante un tiempo reviví mentalmente los detalles, hasta los más ínfimos, para saber cuáles habían sido mis errores y no cometerlos más.

Al despedimos, le prometí que en la semana la hablaría para salir el próximo sábado, pero no lo hice. Tampoco al siguiente ni al otro ni nunca más. Pero nunca me preguntó por qué, eso que tenía cómo hallarme.

Después perfeccioné mis métodos y otras ocasiones, con otras mujeres he avanzado esquivando con éxito las balas. Me arrepiento en el alma.

La he cruzado en la vida tres o cuatro veces, casi siempre iba con su marido y me saludó muy bien. Dado lo que fue mi vida no perdió nada. A veces cuando me cuentan casos parecidos que acaban en gol, digamos, no me alegro. No es envidia. Es rabia contenida por los miles de otros yo que andan por ahí, buscando ese momento mágico con una mujer, que de antemano condenaron al olvido.

Si llegara a leer esto, sabrá que cambié dos o tres detalles por economía del relato y para que nadie la recuerde. Quizás lo lea esta noche, tranquila, en la computadora, lentes calzados, batón viejo, pantuflas, el silencio haciéndole compañía.

Y una sonrisa gloriosa en los labios.

Juan Manuel Aragón                   

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