04/07/2020

Culturas

reflexión

Las fotos de antes tenían su encanto, las de ahora son mejores

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Las fotos de antes tenían su encanto, las de ahora son mejores

La fotografía se empezó a hacer popular a principios del siglo pasado. Antes había existido el daguerrotipo, que obligaba al prócer a estar sentado un largo rato hasta que terminaba el procedimiento. Pero primero, la única manera de pasar a la posteridad con la propia cara era recurriendo a un pintor que, si era bueno, lo sacaba parecido y si no, no.

Los escultores, cuando les encargan un trabajo de alguien de quien no se conservan ni fotografías ni cuadro, apelan a la imaginación. Les hacen frente inteligente, ojos vivaces, nariz altiva, mentón decidido. O directamente inventan. Juan Carlos Iramain, autor de la estatua de Diego de Villarroel, de la Asunción y Mate de Luna, en Tucumán, cuando le preguntaron de dónde había sacado ideas para hacerlo, respondió que lo había sacado parecido a un almacenero gallego amigo.

Durante muchísimos años hubo casas de fotografía en los pueblos y ciudades del mundo. Uno iba, le sacaban una foto, al día siguiente se la entregaban, llegaba a la casa, le ponía un marco y la colgaba de la pared. No eran baratas, los pobres no accedían a esos lujos. Después se fueron abaratando, salió el rollo de 35 milímetros, advino el color en las imágenes. Además las máquinas se empezaron a fabricar en serie, salieron de plástico y al final en todas las casas había una y a veces hasta dos.

Al principio una foto era la única imagen que iba a quedar para siempre jamás. Entonces uno se vestía para la ocasión, se peinaba, se tiraba encima las mejores pilchas, se ponía serio y posaba. El fotógrafo lo acomodaba: “Levante la barbilla… así está bien… no, no tanto… el brazo izquierdo no lo deje colgando, pongaló sobre el respaldo de la silla… ¡eso es!... derechito, por favor, no se incline… ahora trate de no pestañear…”, y ¡clic! Y por las dudas, tomaba otra.

Por eso los abuelos parecían asustados, debían estar largos segundos sin cerrar los ojos, inmóviles, sabiendo que en cualquier momento serían enceguecidos por el flash. En la foto familiar el asunto duraba más. El fotógrafo componía el cuadro para que no saliera desbalanceado. Los chicos de antes eran más obedientes, pero los de todas las épocas han sido movedizos, imagine el laburo.

Ahí están las fotos de los abuelos peinados y planchados, mirando la cámara para toda la eternidad, serios como suegro en pedido de mano. Había tíos en la familia que la única ocasión en que se peinaban era para la foto. Se vestían bien solo los domingos para ir a misa, porque la tía los obligaba. Trabajaban en la cortada de ladrillos, de almaceneros o soderos, se ponían traje de vez en cuando. Nadie los recordaba en la foto que se sacaban con traje. Parecían otros, no eran ellos.

Por eso cuando la fotografía se popularizó, empezamos a preferir la informalidad, y entre todas las fotos de un pariente que después finó, nos queda aquella en que se muestra de entrecasa, como lo recordamos y no la que está de traje. Muchos llevan en la mente su estampa de cuando estaba viejo y chacado y se olvidan de cuando era joven y bien parecido. Es el hombre o la mujer que terminaron queriendo y como lo recordarán: a ella en la cocina, de batón preparando la sopa, a él, en su sillón preferido, despeinado y feliz.

Quedan tías viejas que prefieren los cuadros antiguos, posados, endomingados y de corbata. Se hacen las ofendidas y reniegaan porque creen que a los parientes les gustan las imágenes del viejo cuando parecía un borracho o la madre cuando andaba hecha una ciruja. Quién las va a convencer de que lo espontáneo tiene el encanto de lo familiar, lo sencillo, lo natural.Andá a convencerlas: te salen con que Gardel tiene la pinta de Carlos Gardel porque no hay fotos suyas despeinado.

Con sus ojos alegres, despeinado y feliz, mi tata me observa desde una foto que tengo en el escritorio desde el que escribo estas líneas y me da la razón.

Se da vuelta y sigue saboreando un vinito.

Tinto.

Juan Manuel Aragón                   

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