31/07/2020

Culturas

un recital

Sobre el puente Carretero flotaba una neblina de presagios

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Cuando Leonardo Favio estuvo en La Banda lo fui a ver

Cuando Leonardo Favio estuvo en La Banda lo fui a ver. Era mayo del 97 y cantó lo mismo de siempre. Sus éxitos nos acompañaban desde hacía varias décadas y media docena se grabaron en el alma. Ahí estaba “Chiquilladas”.

La maestra de música de segundo grado de la escuela Enrique Wollman, Jujuy, nos hacía cantar “Pantalón cortito, // bolsita de mis recuerdos. // Pantalón cortito // con un solo tirador”. Irrepetible maravilla esa letra, sí, ¡pero la música!

Después, como muchos nacidos en la década del 50, el 60, seguí su carrera sin ser fanático. No nos interesaban las mariconadas de pegar posters de los artistas, mandarles cartitas ni — horror de horrores— montar carpas durante días para comprar una entrada. Es más, admirados artistas venían, actuaban, se mandaban a mudar y no nos enterábamos.

Ser fanático de un músico era deleitarse cuando lo pasaban en la radio, alguna vez comprar un disco, leer una noticia suya en el diario y aprenderse de memoria alguna canción para silbarla en momentos de aburrimiento. Nadie iba a chillar a lo bobo si lo veía en la parada del colectivo.

“Quiero aprender de memoria con mi boca // tu cuerpo muchacha de abril // y recorrer tus entrañas // en busca del hijo que no ha de venir”. Esa, su última vez por estos pagos, también la cantó, sentado en una banqueta, una luz azul alumbrándolo, y el clásico pañuelo en la cabeza. Al comenzar cada canción, las parejas se abrazaban, con ganas de detener el tiempo, supuse. Si hubiese ido con alguna novia, quizás habría hecho lo mismo.

En ese tiempo tenía carné de periodista, podría haber buscado una excusa para ir al camarín, hacerle una entrevista, conocerlo personalmente y sacarme una foto, pero no era lo mío. Si hablaba con los organizadores, era posible conseguir un pase gratis. Pero llegué sobre la hora, hice una breve fila, pagué mi entrada y fui a la tribuna. Verlo de lejos era suficiente.

“Ella, ella ya me olvidó yo, yo la recuerdo ahora // como no recordarla, en cada primavera // si llega con la brisa se la lleva la arena”. Mientras escribo un ramalazo de temblores me recorre. Vino a La Banda hace 23 años, una vida y recuerdo vívidamente esa noche como el viernes pasado.

“Hoy la vi, fue casualidad // yo estaba en el bar, me miró al pasar // yo le sonreí y le quise hablar // Me pidió que no, que otra vez será // Que otra vez será, que otra vez será // Tierno amanecer, sé que nunca más”. Cuando volvía, pensaba en Joshela Scrimini, poeta y pintor de La Banda, la más extranjera de las ciudades santiagueñas. Según él la buena poesía no se hace con palabras grandilocuentes o difíciles, sino con las de todos los días, pero dispuestas de otra forma. Y la música también es capaz de dar otra dimensión a versos sencillos.

“Hoy corté una flor(y llovía y llovía), // esperando a mi amor(y llovía y llovía)”. Cuando terminó el recital me fui al Vasco. Chito Martínez, Juancarlitos Andrade y dos o tres más, miraban pasar la noche, esperando vaya uno a saber qué. No les quise decir dónde había estado. Contaban por enésima vez la historia de cuando Juancarlitos fue actor de cine en Buenos Aires. Era madrugada, me vine a casa en el 17. Sobre el sábado del puente Carretero flotaba una neblina de presagios de toda clase.

No solamente Leonardo Favio se terminaba, un largo tiempose despedía de a poco. “El viento empuja // botecito de diario, // lindo haberlo vivido // para poderlo cantar”.

Juan Manuel Aragón                   

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