21/09/2021

Culturas

relato

Sol de Mayo, el brazo muerto del Tajamar y los espantos

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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Sol de Mayo, el brazo muerto del Tajamar y los espantos

Un díadel que nadie recuerda la fecha exacta, entre 1920 y 1930, murió Juan Díaz, dueño de la estancia Sol de Mayo o Zapallar (en algunos mapas antiguos aparece también como “Sapallar”), en el departamento Jiménez, al lado de un brazo muerto del río Tajamar, cerca del Bobadal.

Una amiga de mi abuela, en su lejanísima escuela secundaria, un verano viajó a Sol de Mayo con sus padres, invitada por el matrimonio Díaz. Al regresar, contó que para sus abluciones matutinas había unos lavatorios de plata. Contó también que tenían una servidumbre negra, que se acomodaba en un galpón al lado de la casa principal.

Mi abuelo compró el campo a la viuda de Díaz, según cuentan, una señora muy gorda que instaló un piano de cola en la casa. Se decía que había enterrado sus joyas en una de las habitaciones, por lo que, al tomar posesión, halló pozos por todos lados, hechos por los vecinos, que creyeron hallar la riqueza de esa mujer. “Parecía una vizcachera”, contaba mi abuela, las noches de verano, en el patio estrellado, mientras se daba aire con una pantalla de palma.

El año que nació mi madre, el 34, mi abuelo hizo cavar un pozo surgente del que supongo, sigue saliendo agua, al lado edificó un calicanto para que primero los hijos y luego los nietos se refrescaran a la siesta tomando baños que luego poblarían los recuerdos de las vacaciones de la infancia.

El tal Juan Díaz, dicen que jugador, había contraído muchas deudas. Una tarde ensilló su mejor flete con su apero más lucido y se largó a Piedrabuena. Tranquilamente galopó contra la locomotora que venía y se hizo pedazos junto con el caballo y el ensillado. Mi abuelo solía admirarse de la rienda de aquel bravo animal que acató la orden del jinete hasta la muerte.

Me intrigan algunos cabos sueltos de esta historia verdadera. La madre de mi mujer, nacida y criada cerca de Sol de Mayo, es Díaz, aunque es un apellido muy común, quién le dice, en una de esas, guarda un parentesco con aquel viejo propietario de la estancia. Dicen que a los Díaz una vez se les escapó un negro de la servidumbre, lo capturaron y murió en el patio de la casa luego de ser torturado, ¿cómo?, ¿no estaba terminada la esclavitud para ese tiempo?

En frías noches de invierno que pasé en esa amplia casona, muy tarde, sentí crujir los muebles o se estiraban las chapas del techo en un golpe seco, cantaba el coco en un paraíso y con la brisa entrechocaban las cañas huecas, provocando un chirrido particular. Pero por más que agucé el oído, jamás sentí nada parecido a las notas de un piano ni un negro chillando de dolor ni a mi abuelo y su ronca voz llamándome, con lo que me hubiera gustado, eso que había gente que decía haber oído todo eso y mucho más.

Cuando me muera quiero volver a ese lugar, potro oscuro en la estrellada noche, para que tiemblen de miedo a los perros, se inquieten las gallinas en lo alto del paraíso y se persignen los cristianos. Quiero ser espanto de espantos del pago querido.

Juan Manuel Aragón

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