03/03/2022

Culturas

CABALLOS

Tortugón le decía y fue el último que tuve

(Especial para El Diario 24)

Entre los caballos que tuve en la casa que había sido de mi abuelo, recuerdo al último de todos, el Tortugón, un tordillo que tenía un lejano parentesco con algún criollo de raza. Le decíamos así porque era lento para disparar. Me gustaba, porque tenía un hermoso andar y un trotecito marchado suave.

Era medio tropezón, dos o tres veces me dejó tendido en el suelo, porque de un estar, rodaba, el muy mancarrón. Si bien me molestaban sus tropiezos, en aquel tiempo pensaba que, con el tiempo podría hacer como los gauchos de antaño que, cuando el flete rodaba, caían parados. Me faltó estado físico y tiempo: calculaba que, montando todos los días, quizás en cuatro o cinco años tendría esa habilidad.

Mucho antes había tenido de sillonero al Potrillo, un bayo de paso, muy brioso, con el que viajé varias veces, en periplos que duraban de la mañana a la tarde o visité amigos que vivían lejos, para regresar al día siguiente. Me dije que después de un amblador, nunca más querría un trotón. Pero, lo que son las cosas, cuando se le terminaron los pashucos a mi abuelo, tuve de varios trotones y me acostumbré tanto que pensaba al revés: nunca más en uno de paso.

A veces observo a los modernos gauchos salteños, esos disfrazados con botas y bombachas que se reúnen para pasar frente a los turistas, y pienso qué habrían dicho si los hubieran visto los verdaderos “Infernales” de Martín Güemes al verlos pasar tan acicalados (¡ay!, ¡chuchi!), con esas prendas raras de cuero graneado, sombreros aludos, botas acordeón, bombachas batarazas y campera al tono.

Como le decía, después del Tortugón, cuando aquel tiempo se terminó de caer del todo, jamás tuve caballo ni pretendí montar en uno. Para ir adónde, me pregunto a veces cuando vuelvo al pago y me ofrecen uno: ¿para pavonearme en el pueblo chalaneándolo como hijo de recién llegado? Mejor no, muchas gracias, siga su camino, agradezco. Y me quedo tranquilo.

Me duele, eso sí, no haber visto envejecer a mi último flete. Quizás los truenos del olvido que se apoderaron de aquel lugar lo hayan dejado envejecer y morirse tranquilamente en el pago, pero, en una de esas lo vendieron para mortadela y un buen día lo comí con pan francés bien crujiente.

Malhaya, triste destino, los caballos argentinos.




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