04/03/2022

Culturas

HISTORIAS

Los olvidos del pago cuando llegaron los nuevos tiempos

Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

Un trivial aleteo negro agitó el aire de aquel impreciso año alrededor de 1970, cuando la televisión llegó al pago. No es que las cosas cambiaron de repente, todo seguía igual, sólo que en el portaequipaje de los sulkys que iban o venían de la villa, los paisanos acarreaban una batería para ser cargada.

Los caminos seguían siendo los mismos, las casas no habían cambiado, los cercos, los corrales, los potreros seguían estando en su lugar, mucha gente seguía yendo en invierno a la cosecha de caña en Tucumán, en enero a la uva en La Rioja, nosotros éramos los que siempre habíamos sido.

Pero el ambiente, como dije, tuvo un viento, una brisa casi imperceptible, que anticipaba lo que vendría después. Nada extraordinario, ahora, de vez en cuando, los amigos me preguntaban si también veía El Zorro, en la ciudad o qué me parecía la chica del noticiario.

Pero después seguíamos hablando de lo que importaba, si este año el gusano también nos dejaría sin cosecha de maíz, el partido de fútbol de la próxima semana, cuánto costaba en la ciudad un hacha “Mano”, número 4, los gallos, asuntos por el estilo.

El negro movimiento de la modernidad flotaba cerca, como una nube tóxica volviendo ácida la luz del día mientras nos aferrábamos a esas costumbres del tiempo de los abuelos, solo para intentar una imposible tarea, seguir siendo nosotros mismos sin dejarnos arrastrar por esa ominosa oscuridad que se avecinaba.

Ese año, el jefe de la comuna y dueño del almacén más grande del pueblo, dijo que no estaría durante enero porque se iría a “vacacionar” a la costa. El verbo lo entendimos a medias, pero no sabíamos exactamente qué era la costa, si la única que conocíamos era la del río Salado. “¿Habrá llevado caña para sacar bagres?”, preguntó uno y todos nos reímos. Sin decirnos nada, todos sabíamos que ignorábamos dónde quedaba ese bendito lugar.

Al poco tiempo en la villa instalaron el bar “La Estrella”, con mesas de billar y un gran televisor para ver los partidos de fútbol, un tiempo después la comuna anunció que multaría a los vecinos que criaran animales en sus casas, no solamente vacas y caballos, sino también gallinas y chanchos. Y un día nos dimos con que habían sacado todos los palenques y no había donde atar los caballos cuando íbamos al pueblo.

El mundo estaba del todamente descuajeringado.

Luego los amigos empezamos a marcharnos, cada uno por su lado, unos se fueron de albañiles a las obras en la ciudad y se quedaron, otros se emplearon de mozos, de agentes de policía, de despachantes de nafta. Yo me vine a trabajar en un diario.

De cuando en cuando vuelvo al pago, ya no ubico a los jóvenes, voy a ver un partido de fútbol y me parece chocante que, estando allá, sean todos extraños, tumbaron unas casas, levantaron otras, la escuela se modernizó, hay autos por todos lados, la gente habla distinto, nadie conoce lo que es un chileno, un torzal, cómo se hace un medio bozal, qué es una simi guatana, los chicos hablan como si fueran nacidos y criados en la capital.

Y yo pienso, malhaya qué tristeza cuando el pago se olvida de uno.

 





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