08/03/2022

Culturas

HISTORIAS DEL CAMPO

Los changos se declaraban a seis en una sola noche

Por: Juan Manuel Aragón
(Especial para El Diario 24)

Varones y mujeres detestábamos a las “tratistas”, que eran las chicas que en un baile le decían que sí a uno que se les declaraba, y al siguiente también. Una vez conversé con una y le pregunté por qué lo hacía. Respondió que quería dar una lección a los changos, porque ellos también se les declaraban a todas ¿Cómo era eso?

En los bailes los changos no perdían el tiempo, no buscaban amigas, no les importaba herir sentimientos con tal de conseguir una chica para ponerse de novios. De frente les decían a las chicas: “¿Para qué quieres que sea tu amigo?, siempre te voy a estar llegando”. Todo dicho.

Entonces, salían a bailar con Juanita, le declaraban su amor a Juanita, al rato bailaban con Amanda, se le declaraban a Amada y así con todas. De tanto declararse a unas a otras, se sabían de memoria un versito, aprendido de los amigos más grandes, de los hermanos y mechado con palabras o frases que sacaban de algunas canciones, como “si no te decides ahora siempre te esperaré”.

Apenas las habían visto se habían enamorado, porque les parecían buenas y trabajadoras. Ellos también ofrecían bondad y quizás algunas penurias, pero todo se solucionaría porque pondrían amor en la relación. Bueno, no era exactamente así, aunque en el fondo declaraban sentir lo mismo. A todas, obviamente.

Por ahí, entre tanto tiro al bulto, con una acertaban. Ya se sabe, en los bailes con programa se ponía un lado del disco, luego venía una música fea, todos se iban a sentar y había tiempo de tomar algo o relojear de nuevo el ambiente. Y cuando arrancaban las buenas piezas, de nuevo había que sacar a bailar. La buena noticia es que, en una noche, uno bailaba por lo menos con media docena de chicas, la mala es que todas le decían que no.

Como estaba mal visto que una chica no aceptara bailar con un muchacho, para librarse de los pesados, buscaban a un primo que las sacaba a bailar antes que nadie. O justo a esa hora se escondían detrás de otra amiga o iban al baño. Un chango por ahí se declaraba a una chica y al rato, bailaba con la amiga, con quien habían estado juntas. Entonces la segunda volvía y le decía a la otra, casi a las carcajadas: “El tuyo también se me ha declarado”.

Uno lo explica y parece un mundo fácil, lineal, sin demasiadas complicaciones. El asunto es que en ese tiempo éramos felices sin saberlo. El mundo estaba a punto de llegar al ocaso de la inocencia. Veíamos venir la crudeza de estos años, sabíamos que llegaría, pero nos aferrábamos a esas viejas costumbres que nos brindaban seguridad, certezas y, sobre todo, esperanza en el tiempo por venir.

Después, como todos saben, pasó lo que pasó, el Cielo se vino barranca abajo, dejamos de ser lo que éramos y nos convertimos en todo aquello que despreciábamos. Algunos lo recordamos, otros se perdieron en la maraña de la modernidad y tal vez hayan renunciado a los recuerdos. Yo los traigo aquí, hoy y se los entrego, amigo, para que sepa que no siempre fuimos esto que ve.

 

Por Juan Manuel Aragón





Recomienda esta nota: