10/03/2022

Culturas

HISTORIAS

Las ansias viajeras y la ciudad lejana y sola

(Especial para El Diario 24)

La ciudad se nos ocurría lejana y sola, como la Córdoba de Federico García Lorca. Era un mundo entrevisto entre sueños, alimentado por los cuentos de los padres, fogoneado por las ansias viajeras que nos animaban entonces. Nos atraía con el vértigo gozoso de quien se lanza al vacío sabiendo que iba a hallar algo mucho mejor que lo que había en el pago, aunque no supiera muy bien qué.

Para empezar, había trabajo para todos y de todas clases. Allá también nuestros padres tenían conchabos, pero no era lo mismo hacerlo por dos pesos que por la fortuna que, decían, pagaban en la ciudad. Los que volvían, siempre venían mejores, bien peinados, con ropa chillona, traían aparatos de música y contaban las maravillas que habían visto, oído y palpado.

Hasta las mujeres venían más lindas, con el pelo amarillo, igualito a las artistas que veíamos en las revistas. Estaban más desenvueltas, movían las manos para todos lados cuando hablaban y contaban las maravillas que era todo. Las otras mujeres, mi madre entre ellas, parecía que las miraban arrobadas, pero cuando se iban, decían: “No le creo ni la mitad a esta, che”.

Los que volvían de vez en cuando avisaban que había muchos edificios, avenidas anchas, autos por todas partes, varios negocios en una sola cuadra, cemento, luces de colores en los boliches. No sabíamos que quería decir ninguna de esas palabras, pero nos imaginábamos un mundo hermoso, tan cerca como para ir en ómnibus, tan lejos como para no tener plata para el pasaje.

Algún día estaremos allá y todo será mejor, pensábamos mientras ordeñábamos las cabras, abríamos la puerta para que tomen agua las vacas, atábamos el sulky para ir al pueblo, hondeábamos urpilas que las madres cocinarían al mediodía, íbamos al monte a sacar miel, jugábamos a la pelota en la canchita, íbamos en burro a la escuela. Ah, aquello sí que sería la buena vida, creíamos.

Un buen día, cuando nos hicimos grandes y tuvimos edad, uno por uno nos fuimos marchando del pago querido, dejamos atrás la casa, los corrales, el monte la escuela, el caballo nochero, el camino que llevaba al tunal, la casa de los abuelos, la zorra, el sulky, los arneses, la mula con que mi padre araba el cerco para sembrar maíz y zapallo, la galería, las gallinas, los pavos, las cabras, las ovejas, los perros. Todo se hizo humo en el recuerdo de un tiempo feliz, de una infancia alegre y una infancia sin preocupaciones.

En verdad, la ciudad era otra cosa. Pero esta nota se va haciendo extensa y dejo esa parte de la historia para más adelante.

Por Juan Manuel Aragón





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