11/03/2022

Culturas

HISTORIAS

Las noches en el campo eran distintas

(Especial para El Diario 24)

En casa de mis abuelos, cuando estaba llegando este tiempo se cenaba más temprano porque en el invierno oscurece antes. Al no haber electricidad debíamos encender los faroles “Radiosol”, que en otras partes creo que les llaman “Petromax”. Eran a querosene y no muy difíciles de hacer que funcionen, pero había que saber, y tratarlos con mucho cuidado, porque el foco de luz era una mecha de cenizas.

Muchas veces en invierno, eran las 9 y media de la noche, ya habíamos cenado jugado a la Loba y el sueño nos vencía. En esas noches heladas sentía bajo las colchas y entre sueños, el reloj del corredor marcando diez campanadas. Al otro día, a las cinco estábamos en pie, haciendo fuego para desayunar, salir a ordeñar las vacas, atar el sulky para ir al pueblo o ensillar el caballo para campear una majada de cabras que andaba perdida.

No es que los campesinos de entonces se levantarán temprano de puro gusto, sino porque no tenían más remedio. A las 12 en punto estaba toda la familia almorzando en la mesa,con más hambre que hijo de maestra suplente. Para alguien que se había levantado a las cinco y había desayunado unos mates pelados, era largo el tirón.

En este tiempo, medio húmedo y lluvioso ya nadie sacaba los catres al campo para dormir. Pero no eran pocos los hombres, sobre todo, que jamás habían pasado la noche entre cuatro paredes, así que tenían su catre en la galería y ahí dormían. Si hacía frío, agregaban colchas, no como las de la ciudad, livianitas, inconsistentes,gráciles. Eran mantas tejidas, pesadas, costaba calentarlas en el frío de la noche, pero al ratito de dormir nomás, ya se empezaba a sudar.

Dormíamos cansados físicamente, de un solo tirón, sin dar ni pedir descanso a la noche. En ocasiones nos levantábamos antes de la madrugada a hacer aguas, sólo para observar maravillados que hacía un rato había comenzado a helar y estaba todo el pasto hecho escarcha bajo la luz poderosa de una luna llena, que allá en el pago era nuestra amiga, pero cuando vinimos a la ciudad, se hacía la de no conocernos.

Cuando recuerdo aquellas noches me parece que las de la ciudad son otras, no sé, allá eran más calladas, cantaba el coco en las ramas del paraíso, dueño absoluto de las estrellas y la oscuridad, los grillos aturdían acompasados, algún que otro murciélago lanzaba su solitario silbido, los padres roncaban en su habitación y uno, despierto, pensaba en otros mundos.

Por Juan Manuel Aragón





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