13/03/2022

Culturas

HISTORIAS DEL CAMPO

El grito del campo como una necesidad vital

Por: Juan Manuel Aragón
Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

En el campo no es como en la ciudad, que poca gente grita. Allá hay que hacerlo, porque si se trabaja arreando vacas no se les puede susurrar para que entienden. Quizás había que hacerlo antes de la llegada de los teléfonos celulares, ahora quizás les manden un mensaje a un chip que les ponen en la oreja y las otras quizás entienden.

Las vacas se arreaban también con un silbido particular: los animales lo oían y sabían que debían rumbear para el lado del agua. En la casa de mi abuelo se les silbaba de una forma y, después me enteré de que en otros lados era muy parecido. Pero eso era allá lejos, en un lugar que conservo en la memoria para que no existe más, así que no le voy a dar más referencias.

También se llamaba o se ushaba a los perros, a los gritos. Usted lanzaba unos alaridos: “¡Lobit!, ¡Lobit!, ¡Lobit!, ¡Kais!, ¡Kais!, ¡Kais!”. Y era porque estaba llamando al Lobito y al Kaiser, dos buenos perros que supo tener mi abuelo. Si había chanchos ajenos en la chacra, les decía, también bien fuerte, para que oyeran no solamente los perros sino también los vecinos: “¡Ush!, ¡ush!, ¡ush!”. Que venían a ser el: “¡Ataque Sultán!, ¡ataque!”, de los pichichos de ciudad.

En el corral, cuando había enlazada para marcar la hacienda, descornarla o castrar, también se debía gritar. Casi siempre era un clima de fiesta: “¡Te has pelao, mierda!”, le decían a uno cuando erraba la tirada del lazo. Si enlazaba una vaquillona y la sujetaba bien, capaz que le aullaban: “¡Esa no pare más!”. Y uno se sentía orgulloso, porque los grandes, los jueces en ese tipo de justas informales, eran los que daban el veredicto.

Las cuadreras, cuando largaban los parejeros, era otra ocasión en que los campesinos vociferaban sus preferencias. “¡Metele, querido!”, “castigue ese zaino”, “¡meta miurda!”, “¡no puede ser más lerdo el nuestrito!”, nomás se oía cuando venían corriendo. Y era un solo griterío el que se armaba cuando ganaban los otros y nosotros quedábamos en silencio, abochornados y tristes.

Mi abuelo tenía su grito de guerra para llamar a la gente que estaba lejos, pongalé a 200 metros de la casa. Sostenía que a esa distancia no se oía lo que decía el otro sino solamente el grito, como un sonido ahogado. Entonces, a los alaridos clamaba: “¡Matíííaaasss!, ¡dice mi tata que traigás el burro pardo y… y… y… que vengááásss!”.

Y al rato Matías venía. No fallaba






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