17/03/2022

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Tripa de gallina como carnada para el bagre

Por: Juan Manuel Aragón
Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

Los fines de semana apago las luces, cierro la casa, dejo un cartelito en la puerta: “Aquí no vive nadie” y me mando a mudar mi isla del Dulce. No me va a creer si le digo que la descubrimos de casualidad, con mi señora, una vez que fuimos de visita a unos amigos, en Villa Robles y salimos a pasear, nos enamoramos del lugar al instante.

Los viernes a la tarde cargo en el Jeep la conservadora con las bebidas y la carne, la caña de pescar, la carpa, el carbón, el termo, el mate y las ojotas. Y partimos rumbo al paraíso. Qué me hablan de Las Termas, Villa La Punta, Ojo de Agua. La llamamos Escondida y, si fuera por nosotros se quedaría para siempre de esa manera, oculta a los ojos del resto del mundo.

Al principio nadie nos molestaba, no se veía un alma por los alrededores. Yo hubiera andado desnudo todo el día, sobre todo en otoño, cuando el tiempo está hermoso, pero mi mujer no lo permite, me dice que me van a ver. Un día hallamos a unos pescadores que habían hecho un fuego a la orilla del agua, les dijimos que era propiedad privada y que llamaríamos a la policía. Se mandaron a mudar.

A veces, cuando volvemos después de dos o tres semanas que no hemos ido, la isla ha cambiado un poco. Los compañeros de la oficina dicen que es porque en realidad se trata de sino un banco de arena. Cada vez que me dicen eso les pregunto: “¿Vos has estado?”. “No”. “Entonces no hables”. Listo, discusión terminada.

¿En qué cambió, pregunta? Bueno, las costas no son iguales, se viene desmoronando de a poco del lado que viene el agua. Además, muchas veces nos damos con rastros recientes de gente, quizás vecinos que andan curioseando, pescadores o linyeras, quién le dice. El otro día se paró a descansar una tropa de remeros que andaban en piragua. Con mi mujer nos escondimos y los mirábamos de lejos, mientras tratábamos de adivinar cuál era el jefe. No nos vieron, por suerte.

En ocasiones nos imaginamos que somos náufragos, el río es el océano Pacífico y la carpa es una choza de ramas, a mi mujer se le hundió el buque y yo soy un monito que estaba desde antes en la isla. Hay noches en que dormimos al sereno, mirando las estrellas, inventando nuevas constelaciones, mirando pasar los satélites o esperando que aparezca la luna.

Tirado en la cama, boca arriba, mirando el techo, me dice que me duerma, que la deje descansar, es tarde y mañana trabajamos. Le pido que me deje un ratito más, por favor, si a nadie molesto. “¿En qué piensas?”, pregunta. “Como siempre en el último tiempo, fantaseo con la isla del Dulce”, le respondo. Se despierta del todo, me mira: “¿Sigues con eso?”, se asombra. Al rato me duermo.

Sueño que pesco bagres. Uso tripa de gallina de carnada.

 





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