18/03/2022

Culturas

HISTORIAS DEL CAMPO

El olvido habitaba entre los recuerdos del pago

Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

Después muchas vidas, una tarde que andaba cerca, volví al pago que había sido de la infancia, al viejo rincón que había sabido ser de los abuelos. La casa se había convertido en una triste y oscura tapera con rastros de animales e inscripciones obscenas, garabateadas con carbón, que seguramente pintó algún linyera que anduvo por ahí y dejó rastros de un fuego en el corredor, quizás la única parte con techo seguro que quedaba.

El abuelo de mi abuelo o quizás su padre o su abuelo, había llegado a aquel lugar del norte de Santiago, en ese entonces una pampa de pastos con islas de bosque ralo. Levantó corrales, cavó una represa, construyó la casa, compró hacienda, se hizo de un pequeño capital y cuando le dijeron que no era bueno que el hombre viviera solo, vino a la ciudad, se agenció mujer y dicen que es de esa abuela, de quien sacamos esa pequeña hendidura que tenemos todos en medio del mentón.

Con aquella primigenia abuela vinieron sus hermanos que levantaron casas en el vecindario, ni tan cerca como para que se junten las gallinas, ni tan lejos como para no ir de a pie nomás. Cada uno tuvo su casa, su cerco, sus vacas, sus mulas, su aguada, su carro, sus mujeres, sus hijos. Con el tiempo nos fuimos mezclando y volviendo a separar, de tal suerte que más de un siglo después, estábamos seguros de que éramos parientes, aunque no sabíamos bien cómo ni por qué ni desde cuándo ni cuántas veces.

Cuando fuimos muchos, a algunos se nos dio por olfatear el aire cuando traía viento y quisimos irnos para saber qué perfume tenían los otros pagos que estaban más allá del saladillo. Descubrimos caminos nuevos, nos maravillaron los edificios altos, disfrutamos la luz eléctrica, anduvimos en tren y trabajamos en mil oficios para seguir nuestra vida, mientras a la noche volvíamos en sueños a ser los que antes éramos, allá lejos en el olvido incierto del país de la infancia.

Usted se va y al tiempito nomás todo empieza a cambiar, la Josefa tuvo un hijo, dicen que era de Luisito, el hijo de los Gutiérrez chicos que les decíamos, los dueños del almacén, aunque él lo negaba y ella no decía nada. Los Gutiérrez del sur cercaron un potrero y se armó una batahola entre familias, porque quiénes se creían esos para trancar el camino que llevaba al Bajo de la Perdiz, luego se murió doña Enriqueta, memoria del lugar y entonces hubo permiso para casarse todos con todas, porque no hubo nadie para recordar quiénes eran primos cercanos y quiénes podían tener hijos almamulas.

De cuando en cuando me topaba con alguno que había venido de allá y me contaba las novedades, pero más pasaba el tiempo y menos iba conociendo. Al abrir el camino, los de Vialidad llevaron las últimas novedades y el mundo se les empezó a descuajeringar un poco a los que habían quedado, con tantos inventos, el tocadiscos a batería, las galletas de agua, las bicicletas, los juguetes de plástico para los chicos y algunas otras porquerías para castear ensillados.

Por eso demoré la vuelta y esa tarde que le cuento, después de apearme del tren, empecé a recorrer el lugar. Me costó hallar la casa de los viejos porque ahora era una calle con dirección postal y todo. Cuando me fui nada de eso existía. El pueblo hasta tenían un almacén de ramos generales “Viuda de René Gutiérrez & hijos”, decía un orgulloso cartel al frente. Alguien me había contado que ese Gutiérrez, primo tercero por parte de padre y sobrino por parte de madre, había muerto joven nomás, así que no lo había conocido a él, menos a su viuda o a su prole.

Había dejado para el último la visita a la vieja casona. Después de unos días, cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo al paisaje, empecé a reconocer los rostros de viejos parientes, gente de antes y tan lindo me agasajaban que hasta pensé en quedarme. Y ahí estaba parado, en lo que había sido el viejo comedor, mesa con mantel de hule que había puesto mi abuela, un perchero hueco para guardar papeles importantes y el imponente escritorio. Había un olor penetrante a humedad, escombros y quizás un animal muerto. En un rincón brillaban unos vidrios, me agaché, era la foto de mi abuelo, amarillenta, raída, con los bordes comidos por las ratas.

Esa tarde tomé el tren para huir despavorido de aquel lugar que era capaz de un olvido tan atroz para quienes habían sido sus creadores, sus impulsores y los primeros entusiastas. Cuando los amigos, en la ciudad, me preguntan qué significa ese cuadro casi sin rostro en un lugar principal de casa, les respondo: “Es un recuerdo del olvido”. Y es lo que es.





Recomienda esta nota: