23/03/2022

Culturas

HISTORIAS DEL CAMPO

Los argentinos seremos pobres, pero no ridículos

Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

Hubo un tiempo, allá lejos y hace mucho, en el campo, en que el mate no era motivo de orgullo, sino más bien todo lo contrario, de vergüenza y ocultamiento. Mis abuelos, nacidos a principios de siglo, no enseñaron a tomar mate a mis padres. De hecho, mi padre empezó a hacerlo de viejo y mi madre, aunque lo intentó varias veces, nunca le halló el gusto.

En aquel mundo que no existe más, muchos padres pretendían que sus hijos fueran mejores que ellos. Les parecía que las clases altas, a las que aspiraban llegar, no tomaban mate, al menos no lo hacían en las películas que veían. Ellos sí lo hacían, pero, pues creían que sus hijos estuvieran ahí, por las dudas no les enseñaban esta costumbre.

En esas cintas se desayunaba o merendaba con chocolate. Cuando los abuelos venían a la ciudad, veían que en los bares ofrecían café con leche. Quizás se privaban de cosas elementales, pero no les daban mate cocido a los hijos, sino algo más nutritivo y no esa “agua verde”, como le decían a la infusión con yerba.

Una de dos, o los ricos y exitosos habían llegado donde estaban, justamente porque no tomaban mate o habían abandonado esa costumbre de pobres al hacerse de dinero. De cualquier manera, si sus hijos llegaban a formar parte de aquel mundo serían objeto de burla si tenían esa costumbre, mejor que no lo hicieran.

Además, para mis abuelos y para muchos, la rueda de mate que se forma alrededor de un cebador, era símbolo de vagancia. “Cómo quieren salir de pobres si se pasan el día chupando esa bombilla”, decían de manera muy despectiva. Ignoraban quizás que era una forma de desayunar o merendar todos juntos, pasándose información útil sobre lo que harían o habían hecho ese día.

Después, en algún momento de la historia de la sociedad argentina, lo que estaba mal visto en una amplia franja de la clase media, pasó a ser una virtud. Y a nadie le dio vergüenza avisar que desayunaba con mate cocido o que a una hora del día se ponía a tirar de la bombilla. El mate terminó imponiéndose en toda la sociedad y ahora recorre de punta a punta todas las clases sociales. El rico empresario toma unos mates en su despacho, igual que el más pobre de sus empleados, en la última oficina de la firma.

Está bien, mi señora toma mate, yo tomo mate, mi vecino toma mate y los vecinos de mi vecino también, y así de Ushuaia a la Quiaca. ¿Se puede decir que la mayoría de los argentinos gusta de tomar mate? Se puede decir que la mayoría de los argentinos gusta de tomar mate.

Sí, pero no somos ridículos como los uruguayos, que sienten orgullo de esta costumbre, tampoco la pavada, amigos. Es como estar orgulloso de comer bombas de papa o por ponerse camisa. Tampoco salimos a la calle, con el termo bajo el sobaco, a mostrar a los demás cómo hacemos roncar el porongo cuando terminamos un mate.

Oiga, debemos una fortuna de deuda externa, somos gritones, si no nos hicieran zafar las excepciones, como Diego Maradona o Lionel Messi, perderíamos como en la guerra, nos creemos los capos mundiales del asado y en un concurso cualquiera, de diez participantes, salimos décimos. Todo lo que quiera, pero ridiculeces no. Y usted perdone, si es correntino y hace lo mismo, pero nosotros, los argentinos viejos, los que tenemos sentido de la corrección, no vamos a andar eructando mate en plena vía pública.

No.





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