03/04/2022

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La historia de la Finada y lo que le hizo el mal de Chagas

Por: Juan Manuel Aragón
Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

La última vez que había visto a Lalo Coronel, todavía estaba viva su señora, la Dina, que me conocía de muy niño. Anduve como dos o tres días por el pago, siempre haciendo base en su casa. Con un caballo y un apero que me prestaron, recorrí todo lo que pude, visité amigos, respiré el aire del pago, diáfano y perfumado. Como siempre la casa estaba limpia, se diría reluciente, si no fuera porque el piso era de tierra, pero barrido hasta el confín del guardapatio. Una maravilla.

Tenían unos cuantos chanchos, un chiquero con cabras y ovejas, una huerta pequeña pero bien surtida, un loro, llamado Lorenzo, y un gran guayacán ofertando una sombra que refrescaba las tardes de verano. Recuerdo que la Dina se quejaba por unos dolores del pecho —tenía mal de Chagas— que seguramente en unos días se le pasarían.

Después supe que había ido a ver a los hijos que vivían en Buenos Aires, y visitó a un curandero que no cobraba ni un peso y sanaba rápidamente. Son pillos que, efectivamente, no cobran nada por oir los males de los digamos, “pacientes”, les avisan que se curarán con la única condición de que compren un agua embotellada a la señora que está en la puerta. Cuando los llevan presos a estos delincuentes, siempre dicen lo mismo, que no se dedican al ilegal ejercicio de la medicina. “Lo único que hice fue pedirles que tomen agua y esos no es delito”, dicen. Y no engañan a nadie con su mentira, salvo a la policía y a la Justicia.

La cuestión es que creían que había vuelto curada al pago, pero las viejas sabían que no era verdad, porque el Chagas no perdona. Se enfermó, se puso mal, y una mañana que habían salido a caminar al cerco con Lalo, se desmayó y cuando él llegó con ella en brazos a la casa, ya estaba fría. Es cruel el mal de Chagas, pero lo peor es que se cura con algo menos de pobreza y una pizca de educación. No mucha, la suficiente como para saber que las gallinas no deben empollar cerca de la casa. Pero no le explicaré por qué y seguiré relato adelante.

Uno dos meses después del desenlace, volví a la casa del amigo. Después del pésame, que son esas palabras que salen del corazón, pero siempre surgen iguales, salimos a caminar cerca de su casa, desandando los senderos de las cabras propias y las vacas ajenas, porque no Lalo no tenía ni una.

Entonces me contó que la Dina, “la Finada”, como la nombraba desde que murió, quizás para no poner nuevamente el nombre en su boca, por respeto, tenía especial cariño por Lorenzo. De hecho, cuando estuvo en Buenos Aires y lo habló por teléfono, con uno de esos aparatos inmensos como ladrillos que le habían dejado los hijos de regalo, no le preguntó por nadie del pago, solamente le pidió que cuidara muy bien del loro.

Pero el bicho se dio cuenta de que ella no iba a estar nunca más y se enfermó, estaba caído, no comía mucho, había dejado de ser ese animalito inquieto que, de pronto y sin saber cómo se bajaba del aro y caminaba entre la gente, mientras pasaba de mano en mano el mate.

Unos días antes de que yo llegara, Lalo se acercó llevándole papa y con sus últimas fuerzas Lorenzo repitió: “Pica, pica tu caballito moro, pa que no te cornie el toro”. Y al rato se murió.

Con lágrimas en los ojos me dijo que ese verso se lo había enseñado la Finada. Cuando murió era como estar oyéndola a ella en el patio, la escoba en la mano, el pañuelo en la cabeza y su batón floreado.

—He sentido que, en ese momento, recién se iba del todo y me agarró una pena que no me deja respirar— me avisó. Lo consolé como pude, mientras pensaba que tal vez en casa extrañen el tableteo de la computadora y entonces sientan mi ausencia de verdad.

De vez en cuando regreso a lo de Lalo. Está más viejo, la pena se le ha hecho callo en las tripas, pero no buscó nueva compañera. Toma el yerbero con los mismos gestos de ella y repite la ceremonia del mate con la tranquilidad de ella. Y en esos momentos me quiere correr una agüita por los ojos.

Qué sabrá ser, ¿no?



La última vez que había visto a Lalo Coronel, todavía estaba viva su señora, la Dina, que me conocía de muy niño. Anduve como dos o tres días por el pago, siempre haciendo base en su casa. Con un caballo y un apero que me prestaron, recorrí todo lo que pude, visité amigos, respiré el aire del pago, diáfano y perfumado. Como siempre la casa estaba limpia, se diría reluciente, si no fuera porque el piso era de tierra, pero barrido hasta el confín del guardapatio. Una maravilla.
Tenían unos cuantos chanchos, un chiquero con cabras y ovejas, una huerta pequeña pero bien surtida, un loro, llamado Lorenzo, y un gran guayacán ofertando una sombra que refrescaba las tardes de verano. Recuerdo que la Dina se quejaba por unos dolores del pecho —tenía mal de Chagas— que seguramente en unos días se le pasarían.
Después supe que había ido a ver a los hijos que vivían en Buenos Aires, y visitó a un curandero que no cobraba ni un peso y sanaba rápidamente. Son pillos que, efectivamente, no cobran nada por oir los males de los digamos, “pacientes”, les avisan que se curarán con la única condición de que compren un agua embotellada a la señora que está en la puerta. Cuando los llevan presos a estos delincuentes, siempre dicen lo mismo, que no se dedican al ilegal ejercicio de la medicina.  “Lo único que hice fue pedirles que tomen agua y esos no es delito”, dicen. Y no engañan a nadie con su mentira, salvo a la policía y a la Justicia.
La cuestión es que creían que había vuelto curada al pago, pero las viejas sabían que no era verdad, porque el Chagas no perdona. Se enfermó, se puso mal, y una mañana que habían salido a caminar al cerco con Lalo, se desmayó y cuando él llegó con ella en brazos a la casa, ya estaba fría. Es cruel el mal de Chagas, pero lo peor es que se cura con algo menos de pobreza y una pizca de educación. No mucha, la suficiente como para saber que las gallinas no deben empollar cerca de la casa. Pero no le explicaré por qué y seguiré relato adelante.
Uno dos meses después del desenlace, volví a la casa del amigo. Después del pésame, que son esas palabras que salen del corazón, pero siempre surgen iguales, salimos a caminar cerca de su casa, desandando los senderos de las cabras propias y las vacas ajenas, porque no Lalo no tenía ni una. 
Entonces me contó que la Dina, “la Finada”, como la nombraba desde que murió, quizás para no poner nuevamente el nombre en su boca, por respeto, tenía especial cariño por Lorenzo. De hecho, cuando estuvo en Buenos Aires y lo habló por teléfono, con uno de esos aparatos inmensos como ladrillos que le habían dejado los hijos de regalo, no le preguntó por nadie del pago, solamente le pidió que cuidara muy bien del loro.
Pero el bicho se dio cuenta de que ella no iba a estar nunca más y se enfermó, estaba caído, no comía mucho, había dejado de ser ese animalito inquieto que, de pronto y sin saber cómo se bajaba del aro y caminaba entre la gente, mientras pasaba de mano en mano el mate. 
Unos días antes de que yo llegara, Lalo se acercó llevándole papa y con sus últimas fuerzas Lorenzo repitió: “Pica, pica tu caballito moro, pa que no te cornie el toro”. Y al rato se murió.
Con lágrimas en los ojos me dijo que ese verso se lo había enseñado la Finada. Cuando murió era como estar oyéndola a ella en el patio, la escoba en la mano, el pañuelo en la cabeza y su batón floreado.
—He sentido que, en ese momento, recién se iba del todo y me agarró una pena que no me deja respirar— me avisó. Lo consolé como pude, mientras pensaba que tal vez en casa extrañen el tableteo de la computadora y entonces sientan mi ausencia de verdad. 
De vez en cuando regreso a lo de Lalo. Está más viejo, la pena se le ha hecho callo en las tripas, pero no buscó nueva compañera. Toma el yerbero con los mismos gestos de ella y repite la ceremonia del mate con la tranquilidad de ella. Y en esos momentos me quiere correr una agüita por los ojos.
Qué sabrá ser, ¿no?




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