03/04/2022

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El despojamiento sin causa de los escritores actuales

Por: Juan Manuel Aragón
Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

El despojamiento pareciera ser la marca de la literatura actual. Los escritores quieren salirse de las celdas que les impusieron los géneros y escribir cuentos sin final, versos que son frases cortadas para que vayan verticalmente, novelas que discurren en mundos oníricos en los que se cuentan asuntos que los amigos del autor seguramente entenderán.

Lo peor no es la ruptura, en los últimos tiempos, cada generación viene con sus propios martillos de demolición bajo el brazo para tirar abajo lo que escribieron, no sus padres ni sus abuelos, sino sus amigos mayores. Y construir sobre las ruinas, algo mejor. Supuestamente. Y se vienen hundiendo en un mundo cuyas cifras, si alguien los apura para que las expliquen, no las entienden ni ellos. Ni falta que hace.

Porque si las generaciones anteriores tuvieron su rebeldía, al menos sabían contra qué peleaban. El mundo de injusticia y opresión de sus padres era el blanco preferido. Pero después hallaron cientos de otras razones para enojarse: la matanza de animales para comerlos, el uso del petróleo para construir carreteras, el abuso en que se convertía siempre el matrimonio, la fuerza bruta de los hombres aplicada contra las mujeres.

Desde que una gran mayoría, al menos en las palabras, acata ese mandato, es como que quedaron como auténticos y verdaderos rebeldes sin causa. Lo malo es que ni siquiera usan el pelo largo, tampoco se les ocurre ponerse un fusil al hombro y largarse al monte a solucionar los dramas de la sociedad a los tiros.

Escriben sin tildes o con faltas de ortografía a designio o frases inentendibles desde cualquier punto de vista o repiten palabras hasta el hartazgo. O una o varias de esas tonterías mezcladas con otra. Tienen un coro de adulones, supuestamente especialistas con sus mismas ideas, sus cuentos y poemas circulan por los bordes de los psiquiátricos y tienen clarito, para quien quiera verlo, una iluminación marihuanera que se huele como trapo quemado, a 20 kilómetros de distancia.

Unos pocos, cuando se les pasó el tiempo de llamarse jóvenes, digamos antes de los 25 años, se pasaron al bando de los que quieren decir algo y encuentran un lugar para gritarlo. Otros son viejos ridículos, con más de 30 inviernos sobre las espaldas, protestando por no se sabe qué ni con qué objeto. Y te miran con el rostro fijo, el blanco del ojo rojo y la sonrisa del que está en otro lado. Y se tira de qué.





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