05/04/2022

Culturas

EN LA OSCURIDAD

Algo me observa desde el fondo de la noche, en el patio

Por: Juan Manuel Aragón
Algo me observa desde el fondo de la noche, en el patio

Cuando el tiempo empieza a hacer la noche más temprano, suelo tener un poco de aprensión si debo ir al patio, ya sea a levantar la ropa, a entrar la pala que dejé afuera o a poner el plástico negro con el que protejo los naranjos de la helada. Siento que algo me está mirando desde adentro del galponcito o desde el rincón oscuro que deja la sombra del irregular techo del vecino.

Cuando mi mujer me pide que cierre la persiana y la ventana, antes de dormir, no quiero ni mirar afuera, se me hace que, desde el patio, oculto y sombrío me observa paciente, esperando quién sabe qué, para darse a conocer.

Vivo en esta casa desde siempre, aquí jugué de chico, en la sala, al lado de la cocina, velaron primero a mis abuelos, luego a mis padres y supongo que algún día lo harán conmigo. A nadie he contado este vago temor que me sube por las venas cada vez que recuerdo que luego será de noche y ahí, en el patio, una tenue brisa de miedo andará dando vueltas hasta la madrugada siguiente.

En ocasiones, la luna formula miles de preguntas sobre las tinieblas que se proyectan sobre la tapia de atrás y cuando debo ir, por cualquier razón a ese lugar, se me estruja el corazón con un recelo que sería infantil, si no fuera porque ya no soy niño y hace mucho que perdí el temor a la oscuridad.

En las fiestas de fin de año, cuando vienen los parientes a comer hasta pasada la medianoche, el patio está iluminado con todas las luces posibles. Hay jolgorio, hay alegría, la pasamos bien, tenemos todo para estar felices. Pero cuando llega el momento de las reposeras y estamos sentados a la luz de las estrellas de las 2 o 3 de la mañana, siento un hormigueo, de nuevo, trepando por la piel, haciendo inquietas esas horas de diversión.

Hace un rato, mi mujer me ha pedido que vaya a descolgar la ropa que tendió al mediodía. Pero no me decido. Algo me dice que, si acudo, esa ausencia de una mirada perdida e ilógica, se hará presente. Si vuelvo a sentarme en la computadora, borraré este escrito. Si no, mi mujer lo enviará a mi corresponsal para que lo publique sobre mi cadáver. Es decir, si se publica, quizás lo lea desde el mundo oscuro del fondo del patio de casa.





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