13/04/2022

Culturas

HISTORIAS DEL CAMPO

Por qué el mate cocido del campo tenía otro sabor

Por: Juan Manuel Aragón
Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

Nunca pude desayunar otra cosa que no fuera un pedazo de pan con mate cocido. No en saquitos, porque en el pago no había. Era levantarse, ir en la oscuridad a la cocina del fuego a atizarlo y volver a lavarse la cara, los dientes. Una vez que había algo de brasas, poner una cuarta con agua y esperar a que hierva.

Sabido es que una cuarta que está al fuego tiene dos partes que no están calientes, en el bordecito de abajo y en el de arriba. De ahí se la tomaba para volcar el agua en un jarro y luego agregarle la yerba. Pero si tenía miedo a quemarse, debía levantarla con un trapo o tomarse el trabajo de hacerle una manija de alambre.

Con la jarra ya con un puñado de yerba, debía revolver un poco y esperar un ratito para que el agua estuviera bien infusionada. Luego de echarle un poco de agua fría, no sé para qué, pero mi abuela lo hacía siempre así, colarlo en la taza en que se iba a tomarlo. Siempre he sido dulcero, pero el mate cocido me gustaba —y me sigue gustando— con dos cucharaditas de azúcar o una grande.

En el pago, en ese tiempo no había panadería. Las madres y los padres hacían pan dos o tres veces a la semana en el horno de barro. Se dejaba en una bolsa, a mano, para que uno saque a la mañana cuando desayunaba tempranito. Es obvio que ese “tempranito” eran las cinco de la mañana, porque si uno se levantaba a las seis, cualquiera de los dos estaría en pie para hacerle el desayuno.

Muchas veces he vuelto a hacerme el mate cocido en la ciudad, obviamente usé la cocina a gas. Repetí todo el procedimiento, incluso usando utensilios parecidos a aquellos. No sé por qué, no salió ni parecido. A veces culpo al agua, también se me hace que debe ser la velocidad a que se calienta con la cocina a gas. Quizás sea que le falta el olorcito a tizón quemándose que tenía el de allá lejos y hace tiempo. No sé, la cuestión es que no he podido repetirlo.

Pero cada vez que vuelvo al pago a visitar a los amigos que se quedaron en medio de esos felices bosques, recupero aquel sabor perdido. Me preguntan si quiero tomar café, té, café con leche. Y no saben por qué se me alumbra la cara con una sonrisa cuando les digo: “Para mí mate cocido”. En jarrito enlozado, por supuesto.





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