20/09/2020

Opinión

¿La mala ortografía puede conducir a la guerra?, espere y verá

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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¿La mala ortografía puede conducir a la guerra?, espere y verá

Según el Diccionario del Español de México, la ortografía es un conjunto de reglas que establecen cuál es la forma correcta de representar los sonidos o fonemas de una lengua por medio de letras. Algunos las tienen presentes y otros las ignoran por completo pues para ellos lo importante es hacerse entender. Suerte con eso.

Si alguien tiene un almacén, pide “100 k d arina” al proveedor, y le envían 100 kilos de harina, listo, discusión zanjada, no hay más para hablar. Tienen razón los anti ortografía, cierren los profesorados de lengua, quememos los libros y hagamos de cada biblioteca un gimnasio, como hacen en Europa con los templos católicos, y listo.

De triunfar esta postura, en las escuelas debieran enseñar, a lo largo del aprendizaje de jardín de infantes, la primaria y la secundaria, el significado de las 200 palabras más usuales del español, pues con ellas los alumnos se toparán todos los días. Escritas de cualquier forma, si total se entiende: es lo mismo “cama”, “kama” “kma”, si todo lo hace el contexto. Da igual “mañana” “mñn” o “maniana”, se comprende perfectamente lo dicho.

Algunos telefonitos de mano vienen con un corrector automático de palabras, pero sus usuarios lo desactivan del aparato para ser más libres en sus conversaciones. Si es posible saltar una regla, una norma, una ley, la gente prefiere hacerlo. Es más cómodo no detenerse ante el cartel de “Pare”, aunque sea peligroso hacerlo. Con pensamiento de ruleta rusa, dicen “una de cada mil personas muere por no acatar las señales del tránsito ¿y justo me va a tocar a mí?”.

Acatar la ortografía se parece cada vez más a una lengua franca en proceso de extinción. Quien escribe correctamente, lo hace para hacerse entender por todas las tribus lingüísticas, aunque a sus integrantes se declaren analfabetos de todo lo que no se escriba exclusivamente con “k”.

Así los ingenieros tienen normas entendidas sólo por ellos, lo mismo los talabarteros, los municipales, los vecinos, los amantes. Pero, ¡oiga!, no son normas establecidas, con sus capítulos, acápites e incisos, sino una maraña confusa de neologismos que a veces requieren de una traducción para no prestarse a confusiones.

Si comunicarse en este tiempo, es tener habilidad para apretar las invisibles teclas de un teléfono móvil, quiere decir que hay tantos idiomas dando vueltas en el aire de las comunicaciones inalámbricas como gente tiene un aparato y se da maña para redactar sus ideas.

El problema es cuando, ante una palabra mal puesta o faltada de letras, se arman las confusiones. Decía Atahualpa: “detrás de los equivocos se vienen los perjudicos”. ¿Será así? Por supuesto, sucede todos los días. Y hay peleas, divorcios, gente alejada de los hermanos, los socios, los camaradas, sólo porque uno no puso una letra o agregó la que no correspondía.

En los últimos años han dejado de existir muchos idiomas en todo el mundo. Pero el panorama babélico previsto en la Biblia ha regresado con más fuerza a imponerse, detrás de un aparato que, supuestamente debía unir a la gente.

No entender a los demás es el primer paso para la guerra.

Peor es entenderlos mal.

Juan Manuel Aragón                   

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