20/12/2020

Opinión

De cómo el Puma Serravalle tomó una comisaría con una ametralladora de madera

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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De cómo el Puma Serravalle tomó una comisaría con una ametralladora de madera

El 25 de diciembre de 1959, a la madrugada, varios hombres comandados por Félix Serravalle llegaron a la comisaría de Frías, en Santiago del Estero, en un camión previamente robado en Recursos Hídricos, se apearon prestos al grito de “¡Ríndanse”, ¡la revolución ha triunfado!”, tomaron prisioneros a los pocos policías de guardia y al jefe, que se presentó asustado y en calzoncillos, pues vivía en el lugar, los metieron en un calabozo, tomaron sus armas y municiones y se mandaron a mudar. En el botín de los asaltantes fue un chancho asado, motivo de discordia entre dos vecinos, que había quedado custodiado por los agentes de la ley.

Para amedrentar a los policías, llevaron una ametralladora de madera, fabricada por el padre de Serravalle, carpintero. Pintada de negro con betún parecía real, contó varios años después, mientras tomaba un café en el Trust Pastelero de Santiago del Estero, tradicional confitería que se llevó para siempre el viento del olvido. Era hombre de más de 60 años, caminaba con la espalda bien derecha, con porte marcial, botines, pantalón y camisa verdes. Cualquiera, al observarlo con atención, lo habría confundido con un militar retirado y, en verdad, en un español bien utilizado, lo era.

De Frías se marcharon en el mismo camión y tomaron rumbo a Tucumán, pasaron por Taco Ralo, abandonaron el vehículo en Cochuna y subieron al cerro a esperar los acontecimientos: les habían prometido un levantamiento de militares adictos al, por entonces prófugo Juan Domingo Perón, pero nadie más movió un dedo en toda la Argentina. Varios regimientos estaban juramentados para sublevarse, pero nadie movió un dedo.

Serravalle, era santiagueño de La Banda, entonces se ganó el apodo de el “Puma”, tenía algo más de 30 años de edad, y su movimiento fue conocido con el nombre los Uturuncos. El país entero se conmovió por la noticia, el diario La Nación le dedicó la primera página y otros periódicos de la región y del mundo, compartieron el asombro y la sorpresa. Se trataba de, al menos, crear las condiciones necesarias para un inevitable regreso al país de Perón o, tornar la situación tan insostenible que la gente pidiera su repatriación, algo que finalmente sucedió.

Lo cierto es que mezclado en los variopintos grupos que pugnaban por un regreso del líder depuesto, andaba Enrique Manuel Mena, el “Gallego”, quien al parecer jugaba a dos puntas: al tiempo que actuaba como principal fogonero de estos peronistas, también pasaba información a organismos estatales. Hombre inquieto y con conexiones en varios estamentos de la sociedad, hay quienes lo señalan como el principal causante del fracaso de muchas intentonas desperdigadas a lo largo de esos años.

Los Uturuncos marcaron también un antes y un después en la historia argentina, fueron quizás el último de los movimientos conocidos como de la “Resistencia peronista” o el primero de lo que luego sería la guerrilla rural, ubicado en una frontera difusa, como suelen serlo los acontecimientos del pasado cuando se trata de clasificarlos.

Serravalle preparó con disciplina militar, a muchachos que no pasaban los 20 años, de hecho uno de ellos tenía solamente 17 ese fin de año del 59. Lo hizo en una finca de La Banda, un tabique y apelando al recuerdo de la instrucción recibida durante el servicio militar obligatorio. También ejecutaron actos de sabotaje, como descarrilar el tren de carga del Ferrocarril Mitre, cerca de La Banda o intervenir las transmisiones de la radio LV11, poniendo como cortina musical La Blusa Azul: “Cuando te veo con la blusa azul // mis ojos sin querer van hacia ti // por Dios no te pongas más, ten piedad de mi // por Dios no te pongas más, la blusa azul”. Luego lanzaban una proclama política de tinte peronista, obviamente.

Fueron días de zozobra para las familias de los jóvenes involucrados en el asalto. Los muchachos andaban por los cerros tucumanos, mientras por LV11, sus madres los instaban a entregarse, algo que hicieron a los pocos días, cuando se les acabaron los víveres. La tapa del diario “La Gaceta”, con fotografía a tres columnas de uno de los “peligrosos” guerrilleros, el de 17 años, provocó ternura en sus lectores más que estupor. Todavía no se afeitaba el temido combatiente.

Serravalle siguió prófugo en Tucumán, un tiempo más, guardado en casa de las “tías”, bravas mujeres peronistas que lo cobijaron en sus casas —pasaba de una a otra para no levantar sospechas— ayudándolo a escapar de la policía. Y se involucró en las luchas sindicales de los cañeros que, por aquel entonces contaba con bravos dirigentes reacios a entregarse por un plato de lentejas, como ocurrió después. Y sigue ocurriendo.

La policía lo apresó el primer día de aplicación del plan Conintes—Conmoción Interna del Estado—destinado"a vencer la acción del terrorismo desatada para abrir la puerta a la anarquía y el golpe de Estado”, según la descripción de Arturo Frondizi, a la sazón presidente argentino. Durante largos años lo pasearon por varias cárceles del país, pero su espíritu no se doblegó. Las fechas patrias, si no estaba castigado,organizaba con sus compañeros de prisión una formación, daban un discurso y lo terminaban con un contundente “¡Viva Perón!”.

Nadie duda de la valentía del Puma Serravalle y la nobleza de sus ideales, si son compartidos o no, es otra cuestión. El problema es que se sospecha que fueron usados por algunos interesados para ponerlos en evidencia y luego cuando fracasasen diluir su lucha con la prisión o la muerte. Hubo pocos levantamientos preparatorios del regreso de Perón en el “Avión Negro”, uno de ellos, el de los Uturuncos fue rápidamente desactivado.

Fue el comienzo de un tiempo sangriento en la Argentina, con implicancias políticas, sociales, económicas, cuyas olas llegan, para bien o para mal, eso está por verse, hasta la vereda del 2021. Como el primer paso comenzando el camino, ojalá esta crónica sirva para volver a pensar aquellos tiempos sin el lente de doctrinas de peregrinos y vetustos manuales, despojados del odio sincero que tiñó de rojo las calles del país, así aprendemos al menos, que el camino de la violencia ciega no sirve para la construcción de la Argentina.

Juan Manuel Aragón                   

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