23/11/2020

Opinión

Del triunfo futbolero a la Roma antigua y de ahí a Celedonio Flores y Carlos Gardel

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Del triunfo futbolero a la Roma antigua y de ahí a Celedonio Flores y Carlos Gardel

“Hemos triunfado”, dice el hincha de un equipo de fútbol, sale con sus amigos a hacer bochinche por el centro de la ciudad, agitando banderas con los colores de su club, aunque no haya estado ni cerca de donde se jugó el partido y después vuelve feliz a su casa, pues mañana continuará festejando cuando le enrostre el campeonato obtenido a sus compañeros de trabajo, simpatizantes de sus eternos rivales. Muy bien.

Pero, ¿cómo era entre los antiguos romanos, antes del fútbol como artífice de la alegría colectiva de estos pueblos? Le cuento. La honra mayor para un general romano victorioso, era recibir autorización del Senado para celebrarlo, es decir, para ir en procesión militar al templo del Capitolio. No era calzarse la camiseta y salir a gritar a lo tonto, no señor.

El general esperaba con su ejército a las puertas de la ciudad, porque la religión prohibía entrar armado a Roma. El senado deliberaba si había merecido el triunfo. Casi siempre se exigía que hubiera ganado una gran batalla con, por lo menos, 5.000 enemigos muertos. Algo más complicado que patear un córner a la postre exitoso, digamos.

Si le concedían el triunfo, a la cabeza iban los magistrados y los senadores, luego los carros cargados de botín y los cautivos a pie, y encadenados por las dudas. Algunas veces el desfile duraba más de un día. Al final aparecía el carro de triunfo, dorado, en forma de torre, arrastrado por cuatro caballos. Encima había un trono de marfil y sentado, el general triunfador, vestido con túnica de púrpura bordada de oro. Llevaba en los brazos brazaletes, en la cabeza una corona de laurel y la cara pintada de encarnado, el color del trozo de madera que representaba a Júpiter en el Capitolio.

Los soldados seguían el carro con una rama de laurel en la mano y cantando una canción de estribillo religioso, "Io Triomphe¨. El cortejo atravesaba la ciudad y subía al Capitolio. Allí el general ofrecía su corona de laurel a Júpiter y le daba las gracias por haberle concedido la victoria.

Mientras tanto, en la prisión subterránea del Capitolio, algunas veces se estrangulaba a los jefes vencidos que acababan de figurar en el triunfo. Como si los hinchas de River mataran a los de Boca o los de Boca a los de River, cada vez que ganan un campeonato y terminaran para siempre sus baladíes disputas.

El más importante triunfo le fue concedido a Paulo Emilio, vencedor de Perseo, el rey de Macedonia, en el 166 después de Nuestro Señor. Fueron necesarios tres días para que desfilaran todos los objetos llevados de su expedición.

El primer día pasaron 250 carros cargados de oro, estatuas y pinturas. El segundo le tocó a los carros con armas, cascos, escudos, corazas, aljabas, frenos y bridas, picas y espadas. Detrás iban 750 vasos llenos de monedas de plata, sostenidos cada uno, por cuatro hombres, otros vasos para beber, copas y frascos.

Detrás de los trompetas que tocaban el ´Io Trimphe´, el tercer día desfilaron 120 toros destinados al sacrificio, adornados con guirnaldas, los cuernos dorados, seguidos de jóvenes ricamente vestidos llevando vasos de oro y plata. Luego iban 77 vasos cargados de monedas de oro, toda la vajilla de oro de Perseo y un gran jarrón del mismo metal, enriquecido con piedras preciosas, pesaba 260 kilos. Más tarde pasó el carro vacío del perdedor, con sus armas y su diadema, detrás iban los dos hijos y la hija con sus preceptores y Perseo cubierto con negro ropaje, seguido de la muchedumbre de sus cortesanos, todos llorando. Hoy, ¿sabe qué?, se pasan a los ganadores más rápidos que ligeros, pero en ese tiempo seguían al reinaldo hasta el final.

Luego pasaron 400 coronas de oro enviadas por las ciudades griegas, para honrar el triunfo. Y al final, en el carro triunfal apareció Paulo Emilio, vestido con telas de púrpura bordadas de oro, una rama de olivo en la mano derecha, sus soldados alineados por compañías le seguían cantando, cuando llegó, subió al Capitolio y ofreció el sacrificio a Júpiter.

Perseo fue encerrado en prisión y murió de hambre, según se decía. Quiero creer que lo dejaron ir y después de muchas peripecias volvió a lo que quedaba de la Macedonia para morir de viejo, pobre, acabado, desconocido en su propia tierra, pero feliz. Pero quién es uno para torcer la historia con un deseo moderno.

Una crónica recopilada con mucho trabajo, entre libros apolillados y amarillentos, merece terminar con una partecita aunque sea, de un tango clásico. Esta vez le toca a “Mano a Mano” de Celedonio Flores y música de Carlos Gardel y José Razzano: “Mientras tanto, que tus triunfos, // pobres triunfos pasajeros, // sean una larga fila de riquezas y placer; // que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos / que te abrás en las paradas con cafishios milongueros // y que digan los muchachos: ´ Es una buena mujer´”.

Si el bacán se llamara Paulo Emilio, qué pegada para la mina, ¿no cree?

Juan Manuel Aragón                   

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