10/12/2020

Opinión

La impuntualidad como característica típica de los santiagueños

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La impuntualidad como característica típica de los santiagueños

Entre las muchas cualidades del santiagueño nadie podría señalar, precisamente, la de la puntualidad. En esa provincia han hecho del llegar tarde a todas partes, la marca y señal de toda su gente. Llegar a tiempo es una rareza: a quien le hayan dado cita en el médico a las 7 de la tarde y se presente a esa hora, sépase, lo tendrán de plantón por lo menos hasta las 9 y media, por lo menos.

¿A qué hora abren los comercios? Seguirán cerrados a las 8 de la mañana y estarán abiertos a las 9. En esos 60 minutos irán levantando las persianas uno a uno, pero a las 9 todavía alguno seguirá con las puertas con tranca.

¿Hay alguna explicación para este fenómeno? Absolutamente no. Es una costumbre de casi todos los habitantes de las orillas de los ríos Dulce y Salado. O sí la hay. Es como si se pensara: si todos son impuntuales, nadie es impuntual. A quien le dijeron venga a las 10 y está a las 10, quedará como un estúpido y, si persiste en ser puntual, una sociedad entera se encargará de recordarle que las 10 son las 11, las 11 y media, las12 o nunca. Al cabo de los años o se convierte o se muere, no le queda otra.

Por lo mismo, nadie da excusas por llegar tarde. Si alguien se presenta a las 9 y estaba citado a las 8, no le reclamarán nada, la costumbre está naturalizada, todos lo hacen, no hay por qué ser distinto. Pero si alguien osara quejarse por la tardanza, solamente le responderán: “Creía que era a esta hora”, y no será mentira pues, si lo citaron a las 8, estaba sobreentendida la hora, en este caso, al menos después de las 9.

Una regla no escrita, sostiene: la puntualidad corre en contra de quien tiene interés en que se concrete algo. ¿Cómo dice? Si le pido a un amigo: “Nos vemos en tal parte a las 8” y es para pedirle plata, estaré a las 8 menos 5, firme como rulo de estatua y lo esperaré, a morir, hasta cuatro o cinco horas después.

Pero algunos ni esta norma cumplen. Suponga, uno me dijo que me vería en un bar a tal hora, para pedirme algo. Llego justito, lo espero cinco minutos y me voy. Capaz que el otro luego le reclame porque fue usted el que no estuvo. Si le dice: “Fui puntual, tengo de testigo al mozo, al cajero del bar, a la chica que limpia y a un amigo que estaba en la otra mesa”, todavía el maula le reclamará: “¿Y por qué no me has esperado?”. Y usted responderá: “¡Claaaro…! Vos me estabas por pedir plata prestada y yo todavía tengo que aguaitar hasta que se te canten las ganas de levantarte de la siesta… pero, fijate vos, ¿no?”.

Y será causa suficiente para que le retiren el saludo, quizás para siempre jamás. El santiagueño no es impuntual por alguna razón en especial, no señor: desconoce la puntualidad, no sabe qué es, ignora el concepto, no lo tiene registrado. Más o menos como si alguien preguntara en Nueva York, a qué hora pasa el achilatero. No le entenderán pues no hay achilata ahí, o al menos no conocen algo con ese nombre. Lo mismo el de Santiago, el concepto de puntualidad se le escapa como una definición en alemán antiguo, no le entra en la cabeza.

No hay excusas para la impuntualidad santiagueña, pues nadie se ve jamás en la obligación de justificar su tardanza. Entre otras cosas todos aparecen luego de la hora pautada en el anuncio porque el resto también se hará presente al menos una hora tarde. Y después también y después de después y después y después. Y cuando el asunto, la conferencia, la sesión, lo que fuere, está terminando, siempre llegará el último, el jopo despeinado, sudando, afligido pues lo dejaron afuera de la repartija.

Es más, algunas veces, cuando los padres quieren mostrarse viajados, comentan a los hijos en la mesa del mediodía, la rarísima costumbre de otros lugares de la tierra, donde la gente cumple su palabra y está en un lugar exactamente a la hora prometida. Algunos chicos no creen, el padre es un exagerado dicen, cómo va a ser eso. Piensan: “¿A quién se le ocurre hacer coincidir la hora que dijo que estaría en un lugar con el instante que llegó?, es imposible”.

La chacarera “Chacay Manta”, de los hermanos Ábalos, en una parte dice: “Hay una que es la más linda // de las modas de mi pago, // quien la quiera conocer // que viva un tiempo en Santiago”.

Le digo, no es la siesta, es la moda de llegar tarde.

Posta.

Juan Manuel Aragón                   

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