30/11/2020

Opinión

Donde empiezan y terminan los derechos y deberes de las minorías

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Donde empiezan y terminan los derechos y deberes de las minorías

Oiga, estoy muy de acuerdo: ninguna minoría debe ser molestada, incomodada o fastidiada por sus ideas, sus actitudes, su vestimenta ni por nada; quienes constituyen una ínfima porción de la población no deben ser perturbados, las mayorías tienen muchos derechos pero entre ellos no figura el de tener a menos a una porción de la población, excluirla de algunas actividades, obligarla a hacer lo que no desea, burlarse de ella o criticarla cuando desarrolle una actividad lícita y permitida por las leyes, obviamente.

Hay países en el mundo en que conviven más o menos amistosamente gente de minorías étnicas o religiosas disímiles, y lo han venido haciendo así desde hace mucho, sin roces entre sus miembros y cada uno tolerando las prácticas y las costumbres y las creencias de los otros, como corresponde.

También hay comunidades enriquecidas y abonadas con quienes no son parte de la mayoría, ya por tener distinta gastronomía, cultura, artes, ciencias, usos y costumbres. Está bien, así viene ocurriendo desde siempre, ningún grupo de gente pasa por un lugar sin dejar sus señas particulares aunque sea en una ínfima porción de otros países que visitó o cuando se afincó para siempre.

Pero no se entiende la manía actual de los integrantes de minorías pequeñas, de pretender la imposición de sus ideas a la mayoría. Y menos todavía se comprende la compulsión de algunos miembros influyentes de las mayorías, de respetar, acatar, reverenciar, postrarse o doblegarse ante los más mínimos caprichos de aquellos que debieran tener muy en consideración la tolerancia con que se los deja seguir en sus actividades y creencias sin ser molestados o perturbados por ello.

La pregunta sería cuándo se dio vuelta la tortilla para que quienes son muchísimos más, en una proporción de 1000 a 1, deban hacer siempre lo deseado por ese 1, como si se tratara de la sacrosanta palabra de Dios. A quien, dicho sea de paso, también interpretan a su gusto y paladar sin derecho del resto, siquiera meter un bocadillo para decir que no tienen razón.

El régimen republicano de gobierno exige para ser gobierno a cualquiera, triunfar en elecciones libres con una mayoría apreciable. Los diputados del pueblo tienen un sistema de representación proporcional, asegurando las bancas a mayorías y minorías. Las mayorías tienen la responsabilidad de gobernar mientras las minorías acompañan, señalando defectos, errores o malas intenciones en las iniciativas de los otros o directamente se oponen a todo. Bueno sería que una vez llegadas al poder, las mayorías se dieran vuelta a preguntar a los perdedores, qué desean hacer, porque su voluntad será ley. Es obvio, no ha sucedido y no va a pasar.

Pero, hete aquí que, de un tiempo a esta parte, sale una minoría cualquiera —que para peor no se presentó a ninguna elección— pide cualquier cosa y se la conceden al instante. Pongalé, los amantes de los perros pequineses piden “no ser invisibilizados”, pues siempre se los tuvo a menos, la gente los ignoraba, los parientes no querían nombrar al primo que se acostaba con su perrita pequinesa y hasta hubo alguno que, en una borrachera familiar de fin de año, quiso agarrarlo a los golpes.

Al día siguiente sale la ley para que haya un cupo en todos los trabajos para los amantes de los perros pequineses, deben tener un defensor oficial gratuito, leyes especiales para ser tratados de manera superior en todas partes, queda prohibido hablar mal de ellos, nadie se debe reir si los halla besándose en la boca delante de quienes quieran. Uf. Toda una carga para el resto de los mortales.

Al tiempo tampoco quieren ser llamados “amantes de perros pequineses” sino “zoofílicos cánidos” y piden otra ley que prohíba su nombre anterior, so pena de castigar con cárcel, multa, exclusión social o directamente la reeducación para quienes osen llamarlos de aquella manera.

¿No le parece un poco medio mucho?

Bueno, eso. Antes de que aparezca mi tío Moncho con su perrita pequinesa, corto aquí y lo dejo pensando.

Juan Manuel Aragón                   

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