26/11/2020

Opinión

La lección que nos debería enseñar Maradona

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La lección que nos debería enseñar Maradona

No iba a escribir sobre Diego Armando Maradona. Su muerte es hoy asunto trillado. Diarios de todo el mundo recuerdan algo distinto, el día que pasó por alguna ciudad, los goles, las anécdotas, las especulaciones, los hijos, sus amores, los clubes, los amigos de la primera, la segunda, la tercera época y los demás, las canchitas, las comparaciones, los pésames y saludos del redondo mundo, los tres días de duelo, todo está siendo dicho.Queda poco por agregar.

Cesaron los odios, los rencores, las rencillas acerca de su figura como hombre público. Algunos lo sienten más que otros, como suele suceder, y unos pocos quisieran ofrecer una opinión adversa al finado, pero la guardarán para más adelante, cuando amaine el pesar popular provocado por su inesperada partida.

Este es un diario provinciano, hecho a pulmón y con el mayor profesionalismo posible. A pesar de no ofrecer desde estas páginas la foto nunca publicada, la anécdota que pocos recordaban, el hecho jamás contado, algo debemos decir.

Y es esto.

Un simple juego, como el fútbol, en sus pies mágicos, alguna vez nos hizo sentir iguales a todos los argentinos, sin banderías partidarias, alejados de peleas estúpidas causadas por ideologías inútiles y casi siempre foráneas, extrañas, apátridas. Sus goles en la Selección Nacional de Fútbol, unieron los corazones en un solo anhelo: ver cómo flameaba a la bandera celeste y blanca, aunque fuera una vez en la vida y por un deporte, en lo más alto de todos los mástiles del mundo.

Un grupo de futbolistas, unidos por la simple idea de hacer más goles que los recibidos, con un solo jugador habilidoso, eran capaces de vencer a escuadras  invencibles, salvo porque se enfrentaron con la Argentina. No es como dicen algunos para minimizar los hechos “Maradona y diez más”, sino “Maradona junto a sus compañeros”. Nadie se salva solo cuando se trata de lo que somos, una unidad de destino en lo universal.

Lo hemos visto varias veces, hablando siempre de fútbol, por supuesto, con un solo jugador habilidoso no se puede, por más que sea el mejor del mundo, si no tiene hambre de gloria, lo mismo que sus compañeros. Si Maradona no hubiera estado dispuesto a dejar el alma en la cancha, como lo hizo siempre con la camiseta argentina, hubiera mostrado dos o tres gambetas, algún caño, un gol por aquí y por allá. Y eso habría sido todo. Pero él y sus compañeros querían entrar en los libros de historia, sabían lo que eso valía en un mundo derrumbándose irremediablemente.

Alguna lección deberíamos extraer de su vida, para que no todo sea ditirambo vacuo o la repetición hasta el hartazgo de sus goles más emblemáticos. Es decir, alejemos la vista de la televisión por un rato, y pensemos en aquello, para extraer algo como conclusión de una existencia típicamente argentina.

Deberíamos aprovechar la oportunidad para empezar a librar todas las batallas entre todos, si queremos ser mejores. En equipo, por supuesto. Desterrar la desocupación debería ser tarea del gobierno y también de cada uno de nosotros. Lo mismo terminar con la inflación, el analfabetismo, la inseguridad, la falta de esperanzas para la juventud. Y la vuelta a los valores tradicionales de la Argentina, por supuesto. Pero no con soluciones mágicas, golpes de efecto o voluntarismo bobo, sino con acciones concretas, instituciones fuertes e ideas bien expresadas.

Que un estúpido de Buenos Aires no nos venga a recordar a cada instante que es el inventor de una supuesta grieta, y los tontos le hagamos caso cascoteándonos cual orates. Si usted conversa con buena voluntad, sólo tres minutos con su vecino, el raro de la cuadra, va a ver que en realidad son parecidos, no son tan diferentes, al fin y al cabo compran la verdura en el mismo lugar, se visten parecido, mandan a sus hijos a la escuela de la vuelta, les cortan la luz a la misma hora, en fin.

La gran lección de Maradona es la de haber conseguido que todos en este país, por un día aunque fuera, quisiéramos exactamente lo mismo. Qué lindo sería si tuviéramos el coraje de extender esos 90 minutos al resto del día, la semana, el mes, el año, la vida.

Tal vez sea mucho pedir que la existencia de Maradona y las alegrías que nos dio, sean una lucecita en el camino de la unión nacional.

Suena inocente esta nota, casi naif, por supuesto, pero de todas maneras deberíamos intentarlo.

La patria, al menos la que llevamos en el corazón, tampoco se mancha.

Juan Manuel Aragón                   

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