26/07/2018

Opinión

Por Juan Manuel Aragón

El aljibe y la economía

"Las soluciones de países que estaban peor que nosotros, pasaron —casi todas— por idear planes sencillos, pero bien aplicados" sugiere y agrega "aunque se queden sin laburo los economistas".
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La propuesta de poner añjibes para solucionar el problema de falta de agua no cayó bien a los ingenieros.

En ese tiempo cometía actos de periodismo en un diario. Estaba encargado de una nota que salía los domingos bajo el título “Informe especial”. Vino un amigo a contarme que había gente que pensaba en que para solucionar el drama de la falta de agua en la provincia, bien podrían construirse aljibes comunitarios, como los que había visto no sé dónde. “Averigua y puedes tener una nota”, me dijo. Agregó: “Te traigo dos changos, que son ingenieros hidráulicos recién recibidos, para que te digan si es posible hacer algo así”.

A veces recuerdo esa anécdota cuando oigo a los economistas hablando por la tele, de tasas de interés, bolsas de comercio, encajes bancarios, picos de demanda estacional, asuntos de los que no entiendo nada. Pienso que, en una de esas, la solución sea tan simple como construir uno o varios aljibes y esperar que con los míseros 300 milímetros anuales de lluvia, se llenen y sirvan para dar agua a varias familias.

La cuestión es que cité a los ingenieros al diario. Los senté en el sillón de los entrevistados y les hice la consulta. Se miraron incómodos. Respondieron más o menos: “No hemos estudiado seis años para proponer como solución un aljibe”. No sé qué más dijeron, no lo registré. Lo que proponían, era tan difícil de construir como cambiar el curso del Dulce para que pase por el costado de la casa de cada santiagueño, con un sistema tan caro que para pagarlo había que vender la Argentina y todavía íbamos a quedar debiendo el vuelto y la yapa.

Quizás los dramas argentinos no sean tan graves como los plantean los economistas con esa jerga enrevesada que usan. Tal vez una solución sencilla sea más fácil de imaginar que esas complicadas ecuaciones que muestran en sus gráficos. Un decir: si en la Argentina hay arena, ripio, cemento, agua, técnicos capaces, camiones, palas cargadoras, ¿qué tanto tenemos que pedir un préstamo en el exterior, con intereses usurarios, para construir una presa hidroeléctrica? Oiga amigo, si en casa hay pan rallado, ajo, perejil, huevos, sal, carne, aceite, una cocina con gas y un sartén, ¿por qué tengo que pedirle plata al vecino para hacer milanesas?

La economía se ha vuelto una ciencia complicada. El movimiento de una cuenta bancaria de un inversor en Nueva York hace bajar el índice del Mercado de Valores de la Argentina y por las dudas, a ese inversor hay que tenerlo feliz y contento, aunque no sepa nada de nuestras necesidades. O peor, no sepamos qué debemos hacer para que no se enoje y saque la guita que puso en el país de un sopetón. Las soluciones de países que estaban peor que nosotros, pasaron —casi todas— por idear planes sencillos, pero bien aplicados. Como cavar un pozo, hacer un aljibe en el que juntemos el agua de la docena de casas del pueblo. Aunque se queden sin laburo los economistas.

Digo, pero seguramente estoy equivocado. ©Juan Manuel Aragón


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