08/08/2018

Tucumán

por Juan Manuel Aragón

Acerca del hijo de puta

Reflexiones sobre un potente insulto que parece venido a menos.
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Reflexiones sobre el insulto más viejo del mundo.

Cuando era chico, el peor insulto era “hijo de puta”. Había otros, pero ese, mentar a la madre, era provocarlo a pelear. Después casi siempre venía la frase “vamos afuera si sos macho”. Había que bancar con los puños la ofensa. Por eso, era escaso. Pocos se animaban a proferirlo.

Después la chabacanería de la televisión, los ordinarios espíquer de las radios y la costumbre lo fueron popularizando. A tal punto que cuando los muchachos del barrio se mandan alguna macana menor, uno cariñosamente se refiere a ellos como “qué hijos de puta que son”. O tiene un auto que corre a una velocidad “de la puta madre que lo parió”. O se corta con el cuchillo cuando está rebanando el pan y exclama “la puta que me parió”. Como el peso argentino, el insulto se devaluó. No está bien contar experiencias personales, pero a uno le dije por Feibu hace unos años que era un hijo de puta y ni se mosqueó. Recién se enojó cuando le escribí “hijo de puto”. Me reí muchísimo de su enojo, incluso hoy, cuando me acuerdo me brota una sonrisa de hijo de puta.

Hablando de eso, las madres de antes enseñaban que el insulto no era para ellas, en absoluto, sino para uno. “Te lo han dicho a vos, a mí no me molesta”, decían las buenas madres a los hijos. Eso la mayoría lo tenía bien clarito. Si no fuera así, las madres de los referís de fútbol habrían tenido un destino de suicidio apenas el hijo manifestara su intención de dedicarse al noble trabajo del referato.

Pero, con el tiempo, el “hijo de puta”, lanzado al aire para ofender a otro, al menos en la Argentina, dejó de servir para algo. Es lo mismo que el “boludo” (“boludó”, dicen los porteños) o el “pelotudo”, casi una caricia para los oídos. No da como para mandar los padrinos. Ni para el cachetazo. Se depreció. En ciertos casos hasta es una caricia. “Che, boludo, mirá cómo patea de bien los penales ese hijo de puta”, dice el hincha refiriéndose a un jugador de su propio equipo. Y nadie se pregunta qué tiene que ver la actividad sexual de la madre de ese número 9 con el chanfle que le dará al balón. Es tan barata la palabra, que para convidar a uno a pelear, hace poco, no le dije hijo de puta, no valía la pena, por las razones antes apuntadas. Le conté la verdad, que habíamos tenido alguna relación con la madre y que a ella le encantaban las chanchadas que le hacía. Con otras palabras, obvio. No le importó. Siguió de largo y se perdió la oportunidad de darme la cagada de mi vida.

Pero, ¿por qué era un insulto decirle a alguien que su madre había cobrado a desconocidos a cambio de relaciones sexuales? Primero porque, de ser así, no se conocía quién había sido su padre. Si ella trabajaba en un lupanar, lo más probable es que él habría sido criado entre putas y proxenetas o, en el mejor de los casos, con los abuelos. Y se suponía que quienes crecían en semejantes ambientes, viendo semejantes asuntos, no tenían cómo ser gente de bien, honorable, educada. Acusar a uno de “hijo de puta” era lo mismo que decirle que era un mal bicho, una mala persona, alguien despreciable. O bastardo, que es casi lo mismo. Como el Cid Campeador, el más grande héroe que han tenido y tendrán los españoles, algunos de los cuales se enorgullecen de llevar gotas de su sangre.

 

“Ese buen Diego Lainez

“Despues de haber ayantado

“Hablando está sobre mesa

“Con sus hijos todos cuatro

“Los tres son de su muger

“Pero el otro era bastardo

“Y aquel que bastardo era

“Era el buen Cid castellano.”

 

En otras palabras, diríamos hoy que el Cid era un reconocido y verdadero hijo de puta. Y durante muchos siglos fue el máximo héroe de los gaitas, más que San Martín para nosotros o el petiso Napoleón para los alonsanfándelapatríe. De yapa, los gallegos muestran orgullosos, en sus árboles genealógicos, que uno de sus antepasados fue el Cid Campeador. Literalmente un hijo de puta. Aunque no les guste.

Pero en los últimos tiempos ha ocurrido otro fenómeno curioso. La profesión más antigua del mundo, la prostitución, ha cobrado un prestigio insólito, de tal suerte que el trabajo de puta hoy es un honorable oficio, ejercido por señoras meretrices que, entre otras cosas, cuentan sus hazañas en la televisión con marcas y señales. Y pelos. De repente, que una mujer sea afiliada a alguno de los gremios que las cobijan, ha pasado a ser motivo de orgullo. Y guay del que se atreva a opinar lo contrario.

Sin embargo, aunque depreciado, ahí está el “hijo de puta”, erigido en medio del idioma como un monumento de otros tiempos, mostrando que la lengua a veces es mucho más lenta que las costumbres. Puede suceder que todavía hoy, que entre copas y madrugada, uno le confiese a un amigo: “Con esa mujer me porté como un hijo de puta”. Y el dicterio recobra algo de su deslucido brillo. O a último momento, cuando uno te está por embocar un seco, le dices: “Disculpá, he sido un hijo de puta”. Ya no hay para qué pegarte. Y si bien puedes pasar por un cobarde, el idioma se alza triunfante contra las convenciones de la modernidad y la corrección política. O uno mismo, ante una bellaquería, con los labios entrecerrados de rabia, lanza un “¡mal nacido!”. El español vuelve a ser la lengua de los abuelos, envuelta en el papel de regalo de la eufonía de las palabras justas en el momento exacto. Y renace la esperanza de que un día de estos, cuando pase toda esta ola rosa y hedionda de la mariconería que todo lo contagia, el idioma de antes, el de Jorge Wáshington Ábalos, el de Amalia Prebisch de Piossek, de Ricardo Rojas y Jorge Luis Borges, recobrará su antiguo esplendor, su perdido fulgor. ©Juan Manuel Aragón

 

Tomado del Facebook de Juan Manuel Aragón

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