09/09/2018

Argentina

Partícipes necesarios de la desigualdad

Para que la igualdad no sea un mero principio abstracto, primero debe existir en la gente el sentimiento de solidaridad. Escribe: “Cosette”.
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Partícipes necesarios de la desigualdad.

Para algunos la igualdad es un principio abstracto. Eso piensan aquellos que respaldan el despojo de las protecciones y ayudas sociales a trabajadores, a jubilados, a discapacitados, a menores, en salud, educación, etc. Todos a quienes los defensores del cruel neoliberalismo consideran menos argentinos que los demás. 

​Para que la igualdad no sea un mero principio abstracto, primero debe existir en la gente el sentimiento de solidaridad. Priorizar lo justo en el verdadero sentido democrático, no tiene que ver, entre otros, con el arraigado concepto de meritocracia, sino más bien con la profunda convicción de ponerse en el lugar del otro, de aquel que menos tiene.

​América Latina y el Caribe es el lugar en el mundo donde existe la mayor brecha en desigualdades sociales. Esta brecha se profundiza día a día entre el 1% más rico y los demás sectores, con la asunción de políticas que precarizan y esclavizan al pueblo.

​A mi criterio, si no asumimos a la igualdad como valor fundamental en la idea del desarrollo, hagamos lo que hagamos estaremos perdidos como sociedad. El desarrollo se frustra con el alto grado de brechas productivas y sociales que se retroalimentaban en una dinámica que agudiza la heterogeneidad de la sociedad.

​La CEPAL al respecto nos dice que las brechas socioeconómicas no operan solo en lo productivo generando desigualdad económica, sino que atraviesan la cultura, las capacidades, y vulneran la propia autonomía de las personas afectando el ejercicio de los derechos ciudadanos.

​En esta persistente realidad de la posverdad que consumimos a día, consideramos que el pobre no se merece la cobertura de seguridad social, que el hoy desocupado -mañana pobre- abusa de los derechos y que todo barrio periférico e igualmente pobre es una zona sin derechos justificando sus consecuencias. Dejemos ya de ser “políticamente correctos” y nos animemos a decir las cosas por su nombre: la sociedad, y en particular nuestra patética clase media, no quiere a los “negros”, los “putos”, las “putas” y los “pobres”.

​Estamos acostumbrados a escuchar como manso rebaño que al termómetro de la economía lo marca el “mercado”, sin que nadie que está en el llano en el día a día sabe a ciencia cierta qué significa lo que es el “mercado”. Eso es simple si lo vemos desde este “nuevo orden del mundo”, donde las grandes corporaciones manejan las economías y los intereses de los países, donde las soberanías son dejadas de lado en pos del capitalismo salvaje, donde todos, todos, todos los países emergentes como el nuestro se empobrecen día a día por las “señales del mercado”, por la “confianza del mercado”. No resulta casual que cada país de los llamados emergentes que son dueños de riquezas naturales, son intervenidos política o militarmente por el imperio económico, y cuando no, bloqueados económicamente ante el mundo. Casualidad?, ninguna, es el “mercado”, el mercado de la esclavitud, de la precarización laboral, de la renta financiera. Nos cuesta creer, nos cuesta pensar pero es así. Con cuántos espejitos nos convencen de lo necesario que resulta el saqueo de nuestras riquezas y valores.

​Cuánto de responsabilidad tiene en esto la tradición conservadora, machista, la de los lazos “naturales” de la religión, de la casta, de la sangre; en fin, nuestra tradición de derecha conservadora y elitista. Por designios propios y por los armados estratégicos de los grupos de control, nos acostumbramos a renunciar continuamente a las tentaciones de la nostalgia de que todos puedan estar bien si buscamos la solidaridad, o mejor dicho, la igualdad como valor superior.

​Se escucha decir habitualmente que no existe tal desigualdad, que todos tienen las mismas oportunidades en base al mérito. Sólo a modo de ejemplo, hasta cuándo debemos soportar los arcaísmos de los prejuicios que excluyen a las mujeres de ciertas actividades y posiciones de poder?. Imagimenos que en este ejemplo hablamos de capacidades iguales pero de distinto género. Ahora pensemos lo exponencial que se vuelve el ejemplo cuando lo trasladamos a la brecha manipulada por los que más tienen hacia los demás grupos vulnerables.  

​Lo cierto es que el círculo de la igualdad, de la solidaridad está siempre abierto, depende de nosotros pensarnos como sociedad, como personas democráticas. Si creemos que las leyes del capitalismo y su economía voraz de “mercado” nos debe dirigir la vida sin mirar lo que le pase al otro, renunciamos a la lucha contra las prácticas desigualitarias más banales y sus efectos.

Si es así, elegimos como sociedad las desigualdades sociales.

“Cosette”



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