03/10/2018

Opinión

Por Juan Manuel Aragón

El clima y el amor

¿Cuántas veces hemos quedado atrapados en una charla de verdulería o ascensor sobre el clima? Aquí una alternativa para escaparles.
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Calor ¿No? ¿Será que irá a llover?

Comparar es cotejar, confrontar, carear, contraponer, equiparar. Para comparar hay que ponerse de acuerdo, primero, sobre qué bases se lo hará o, como decían las maestras de antes, no se debe sumar peras con manzanas. Se compara un auto con otro, un equipo de fútbol con otro, los sombreros entre sí, las hormigas, la música. Todo lo que camina, suena, bate alas, corre, ama, ríe, crece, rueda, nada, camina sobre la Tierra o se observa en el cielo, mientras se mida con alguna vara, es comparable.

Durante casi todas las épocas del año, la gente habla del tiempo. Es un asunto de conversación común, sobre todo cuando alguien siente la necesidad de decir algo, cree que debe hacerlo y no se le ocurre nada más. En el ascensor con desconocidos, lanzas un “qué calorcito, ¿eh?” y seguro que todos te dirán que así no se puede vivir, que el clima ha cambiado, que en realidad la que no se aguanta es la humedad y otras frases hechas por el estilo. Hay gente que colecciona lugares comunes y los va lanzando por la vida como si fueran verdades reveladas. Además, tenemos como pueblo cierta melancolía determinista, que hace que si alguien dice “qué lindo día, hace hoy, ¿no les parece?”, el resto se sienta tentado de lamentar: “Sí, hoy será lindo día pero, qué calor que vamos a sufrir en el verano” o “en el verano te quiero ver”. Sucede también durante los meses de frío. El calor es como el recuerdo de una culpa, una presencia activa aun cuando está ausente. En medio de un tórrido enero, suele haber mañanas relativamente frescas, a la noche sopló un vientito sur y dejó el air un poco más frío y justo cuando quieres expresar ese sentirse bien porque está haciendo un clima más o menos agradable, vendrá el palurdo del ascensor a desanimarte: “Hoy vamos a arder”. Algunos es como si temieran que alguien se les adelante en el comentario y antes de comenzar cualquier conversación, lanzan al aire su apostilla: “Entre esto o el infierno, no sé con cuál quedarme”. Agobiarse del calor es parte del folklore, en el norte de la Argentina, tal vez más que la zamba, la chacarera, al menos. Estaba por escribir “se quejan como si siempre hubieran vivido en Finlandia”, pero me he dado cuenta de que es otro lugar común, que intenta recriminar a los otros su eterna queja.

Entre las frases hechas del calor hay una que ofende la inteligencia. Si uno dice:

—Ayer han hecho 41 grados, según el Servicio Meteorológico. No va a faltar el que replique:

—Siempre mienten esos, los 41 grados son en el aeropuerto, aquí hacen por lo menos cuatro o cinco más.

Amigo, es una repartición nacional respetable, una de las pocas con el prestigio intocado además. Nunca se supo de nadie que manipulara los números para que diera más frío o más calor. Además, ¿qué interés hay en hacerlo mentir?, ¿para qué? A esto siempre responden:

—No sé, pero que mienten, siempre mienten.

O

—Al gobierno le conviene hacernos creer que está fresquito.

Muchas veces ni vale la pena tratar de refutar este argumento porque va contra uno de los determinismos conspirativos más misteriosos y equívocos de los argentinos. ¿El gobierno tiene cómo hacer que suba o baje la temperatura? En el fondo del alma saben que si no es cierto, merece serlo, porque este gobierno, el anterior, el anterior del anterior y así hasta llegar a 1810, todos los que han mandado querían perjudicarnos, de una u otra forma. Lo otro. ¡Pues claro que toman la temperatura en el aeropuerto!, ¿acaso crees que te van a andar siguiendo a vos para ver qué calor hacer cuando estás en la vereda del sol y cuánto más o menos si te pasas a la vereda de la sombra?, ¿podría el Servicio Meteorológico instalar sus aparatos en cada barrio, en cada casa, para informar a cada uno de los habitantes la temperatura exacta cuando están en la casa, cuando salen a la vereda, en la parada de la esquina, en el pasillo del ómnibus, en el asiento del lado de la ventanilla, en el del pasillo? Imposible.

El Servicio Meteorológico hace sus mediciones donde las necesita, en el aeropuerto de cada ciudad, precisa saberla para avisar el estado del tiempo a los pilotos que están por salir o llegando: temperatura, humedad, dirección y velocidad del viento, la visión en la pista, en fin. Y es posible comparar estos datos de ciudad a ciudad, porque en cada una se miden con los mismos parámetros. Los termómetros son iguales, están a una determinada altura del suelo, a distancia de la última sombra y del pavimento, dentro de un cajón especial que en todos lados es similar, en fin. Entonces se puede cotejar la temperatura de Santiago del Estero con la de Tucumán, Jujuy o Tierra del Fuego. Es imposible saber la temperatura de tu casa, si no dices si la has medido bajo la parra del patio, en el techo de chapas de zinc, en su habitación o en la cocina. Y no se puede comparar con la que hizo en la casa de tu vecino porque los de al lado no tienen parra, entre otros detalles.

Digo, esta conversación no cabe en un ascensor, es una explicación demasiado larga para que entre en los pocos segundos que dura el viaje del sexto a planta baja. Pero, quién sabe, mientras bajas con la morocha hermosa del octavo “A”, en una de esas te dice:

—Qué calor infernal, ¿no?

Aprovechas para responder:

—Se hablan muchas tonterías sobre el clima.

—¿Ah, sí?

—Pero es largo de explicar, si quieres, vamos al bar de la esquina y te cuento. Y, no, no me agradezcas, que para eso estamos. ©Juan Manuel Aragón

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