08/10/2018

Argentina

Por Juan Manuel Aragón

El pueblo sin moraleja

¿Qué lugar ocupa el pueblo en la organización de la Nación? ¿Merece tantos halagos de poetas y políticos en campaña?
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Mientras el mundo habla de las elecciones en Brasil, en Argentina empiezan a prepararse los candidatos para el 2019.

Se afirma que el pueblo, como entidad abstracta y soberana, tiene facultades para elegir gobernantes cada dos, cuatro o seis años, según el caso. Es decir, hace algo que es muy difícil, darse las personas que lo han de gobernar durante un tiempo más o menos prolongado, un asunto que se resuelve en un voto, pero que en el fondo es muy complejo. Los diputados hablan en su nombre, es decir que no son sino delegados de quienes les confiaron el ejercicio de su potestad. El Poder Judicial es el seguro de que, entre los dos grandes poderes o en la interferencia intersubjetiva, el ciudadano común, que es una parte ínfima del todo, no quedará inerme. El Ejecutivo es intérprete de sus deseos con respecto a lo público, que es lo más valioso que tiene como conjunto de personas que vive en un determinado lugar. Es una entidad todopoderosa, en cuyo nombre se mueven los engranajes del Estado, obtienen poder los gobernantes y actúa, en definitiva, la Nación organizada, en una concepción peronista, que bien sirve a los fines de este escrito. En los discursos de los políticos, el pueblo ocupa un lugar fundamental, casi siempre se alaba su capacidad de sufrimiento, su adaptación a las circunstancias más complejas que plantean las leyes o los decretos reglamentarios, su sencillez, su bonhomía y, sobre todo, la enorme sabiduría que habita, sobre todo en las almas más humildes, en los desharrapados que llegan al centro a veces, desde el fondo de los barrios. Es un sujeto maravilloso, que todo lo puede. Ha sido cantado por bardos cultos y populares, en todas las métricas, en todos los ritmos, ya sea de manera explícita, como Pablo Neruda: “Está mi corazón en esta lucha. // Mi pueblo vencerá. Todos los pueblos // vencerán, uno a uno”. O implícitamente, en labios de otro trovador genial: “Las penas son de nosotros // las vaquitas son ajenas”, como lo nombra sin decirlo Atahualpa Yupanqui. Es alabado por Manuel Machado en geniales y muy conocidos versos: “Hasta que el pueblo las canta, // las coplas, coplas no son, // y cuando las canta el pueblo, // ya nadie sabe el autor”. O queda como un recuerdo en el espíritu de la ciudadanía, como el discurso en plaza de Mayo, que finalmente se convertiría en despedida y legado de Juan Perón: “Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino". Un idioma antiguo que dice lo mismo de siempre. Digámoslo de una vez entonces, el pueblo lo sabe todo, el pueblo puede todo, el pueblo es lo mejor que hay en una nación, sea esta cualquiera sobre la faz de la tierra, tenga o no un sistema que le asegure elegir a sus autoridades. Bueno.

Dicho esto, deberíamos preguntarnos por qué en cuestiones sencillas, como fijar la hora que tendrá un país cualquiera, los gobernantes, que tanto alaban el maravilloso pueblo, deciden que habrá una oficial en verano y otra en invierno. Si el pueblo todo lo sabe y todo lo puede, ¿no se le puede pedir que entre un rato antes a trabajar cuando hay más luz solar y que se despierte un rato más tarde cuando hay menos? Tanto que lo alabas, pedile algo buenamente y seguro que te hará caso, sobre todo si es en su propio bien. Aquí en la Argentina, solemos almorzar —“hacemos las doce”, según la expresión campesina— a la una de la tarde. ¿Por qué recordamos el mediodía una hora después? Porque la una de la tarde es, en realidad, el mediodía, algún gobierno nos corrió del huso horario 4, que era el que correspondía porque abarcaba casi todo el territorio nacional, al 3 y en algunas épocas lo llevaron al huso 2, una medida tan irracional que era plena noche cuando debía ser de día y viceversa. Los gobernantes en todo confían en su pueblo, menos en su capacidad de ahorrar electricidad levantándose un rato antes en verano y una hora después en invierno. El pueblo hace lo más, pero no puede lo menos, según esta curiosa concepción. En algunos asuntos lo tratan como un niño, para peor, tonto. Es lo mismo que sucede con los lomos de burro que instalan en las calles. Por una parte ponen un cartel que dice que no se debe circular a más de 30 kilómetros por hora. Por las dudas, instalan la lomada, porque creen que no vamos a tomar nota de la advertencia. No son pocos los que, ante esa muestra de recelo, ante tanta desconfianza, aceleran sus vehículos lo más que pueden, antes del obstáculo y frenan justo encima, brutal manera de pagar la susceptibilidad de quienes instalaron la montaña maldita en medio de la calle. Por eso también los argentinos hacemos el mediodía a la una de la tarde, no con rabia ni con ansias de venganza por tanto ninguneo, sino quizás con resignación, con la filosofía del que sabe que lo alaban por interés y no por convencimiento.

Debería terminar este escrito con alguna reconvención editorial que hable del valor de confiar en nuestras posibilidades y oficios, pero mejor la dejo sin moraleja. Que quede como una forma de ayudar al pensamiento de cada uno acerca del ejercicio del poder y las paradojas de la vida que, en cierta forma, son un contrasentido. O no. Usted vea.

©Juan Manuel Aragón


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