23/10/2018

Tucumán

Por Juan Manuel Aragón

Macho di tutti gli machi

Reflexiones sobre las relaciones de poder en el ámbito laboral, y lo que se viene.
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Juan Manuel de Rosas escribió las Instrucciones a los mayordomos de estancias.

“Capataz” viene del latín “caput”, cabeza. Es la persona que dirige y vigila a los trabajadores por recomendación del patrón, que es, justamente, el que encabeza una empresa. También se encarga de la labranza y administración de las haciendas del campo. El uso de la palabra, al menos en la Argentina, es relativamente moderno. En tiempos de Juan Manuel de Rosas, se les decía mayordomos. Como que el Restaurador escribió unas “Instrucciones a los mayordomos de estancias”. Capanga, en portugués del Brasil es “valentão ao serviço de alguém para defender a sua pessoa ou os seus interesses; guarda-costas”, o sea “matón al servicio de alguien para defender su persona o sus intereses; guardaespaldas”. Procede del término quimbundo, “kappanga”, que es una especie de bolsa hecha de cuero de buey o de búfalo. Se usa para guardar pequeñas provisiones. Es un objeto típico de la cultura afro-brasileña, utilizado por varios orixás. Lo que son las asociaciones de ideas del idioma, en sentido figurado, capanga es cómplice. El quimbundo o kimbundu es el idioma que se habla en Angola, sobre todo en las provincias de Luanda, Bengo y Malanje. En Bolivia y el Río de la Plata tiene un sentido despectivo para referirse al matón, bravucón o matasiete que actúa por encargo de un patrón, pero quiere parecer capataz. Entre la noble tarea del antiguo mayordomo, luego capataz, y el capanga, hay una distancia grosera. De todas maneras, al ir perdiendo prestigio estas palabras, se comenzó a usar otro término, al parecer más suave, “encargado”. Es quien pone en marcha las órdenes de la cabeza de la empresa, el dueño, el propietario, el patrón, báh.

Se llame como se llame, quienes tienen explotaciones más o menos grandes, necesitan de gente de confianza que los ayude en su manejo pues, de otra manera, deberían ocuparse también de pequeñeces. Piense en el dueño de una concesionaria de automóviles que precisa vendedores pero también de un encargado que les baje las órdenes acerca de los precios, los modos de pago o las características que deben resaltar de los vehículos a venderse. Y así en la mayor parte de las actividades comerciales o industriales.

Cuando los dueños son gente buena, suelen tener jefes comprensivos, amables, dispuestos a solucionar los dramas de sus subordinados y, a la vez, complacer los deseos de los patrones. Tipos que si el dueño les dice: “A partir de mañana cada empleado tiene que hacer 500 tornillos diarios en vez de los 300 que están haciendo ahora”, se rascan la cabeza, piensan un rato y responden: “Lo voy a conversar con ellos” y van, lo conversan, convencen a los otros y luego vuelve con la respuesta que casi siempre es positiva. Esos son los que valen, no los que, ante el pedido de los tornillos, responden: “Yo diría que en vez de 500 hagan 600, porque esos son una manga de vagos”. Eso es capanguez.

Algunos se mimetizan de tal forma con los intereses del patrón, son tan chupamedias, tan mal nacidos, para decirlo suavecito, que son capaces de pisar la cabeza que se les ponga adelante con tal de conservar su puesto.

Buen encargado es el que sabe cuáles son las capacidades de cada uno de los empleados, el que los tiene bien calados y les exige según sus habilidades, es el que no se enoja si algo no sale como se lo pidieron, el que sabe más que todos porque estuvo en ese lugar haciendo lo mismo y por eso conoce las dificultades del trabajo, es el que trata a las mujeres con delicadeza y no se inmiscuye en sus relaciones sexuales ni de ningún tipo ni entra en chismes ni se fija en lo que hacen las otras empresas.

Por supuesto que hay dueños o patrones que prefieren al brutal capanga, ese boxeador que se asusta si le sale un ratón, pero igual se tira de matón con los empleados, porque sabe que no le harán nada por miedo a perder el sueldo. Son los menos, gracias a Zeus.

Lo malo es que en casi todas las organizaciones, los capangas suelen tener las horas contadas, como el resto del personal. A un mal patrón es casi seguro que no le importará dejar en la calle a cualquiera de sus empleados… incluido el pobre capanga. Algunos, al menos en esta provincia y en esta ciudad, quedaron fuera de la organización que los cobijó y les dio el título de macho di tutti gli machi. Les quitaron el látigo y los mandaron a la calle. Chau.

¿Saben qué? La capanguería se entiende. Hay un tipo que necesita trabajar, como cualquier hijo de vecino, consigue un empleo y le dicen “vos vas a ser verdugo de esos inservibles”. Entre eso y la calle, él acepta, como tal vez lo haría usted o yo.

Pero da mucha rabia que, cuando lo ponen de patitas en la calle, se dedica a hablar mal de los antiguos patrones. Le critican las mismas órdenes con las que antes castigaba a sus subordinados, queriéndolos convencer de que estaban bien. Bueno, ahora dicen que todo está mal en el comercio de aquellos dueños malditos. Se tiran de pobres víctimas, quizás para salvarse de la cagada que les tienen prometida los que fueron sus subordinados.

Casi todos zafan.

Menos uno.

Promesa.

©Juan Manuel Aragón

 

 


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