22/11/2018

Tucumán

Por Juan Manuel Aragón

Caballo sin patas, orejas ni cola

Oda a la bicicleta del hombre común y corriente.
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Es tiempo de desempolvar y parchar las viejas bicicletas.

No tiene patas ni orejas ni cola. La bicicleta es un caballo sin órganos superfluos ni extremidades sobrantes. Los que no somos ciclistas de carrera, profesionales o amateurs, la usamos para ir de aquí para allá. Tenemos la bici esencial, la que trae, a saber, un cuadro, dos ruedas, un manubrio, pedales, cadena. El freno es opcional, lo mismo que la luz trasera. El foco delantero es de un hedonismo sirupítico sin ley.

Es un medio de movilidad sin folklore, no tenemos graves asuntos para contar, tampoco anécdotas curiosas. No tiene una historia, como los cordones de los zapatos, que son útiles para lo que sirven, es decir para atárselos y nada más. De vez en cuando a uno se le ocurre un viaje largo, digamos visitar a la Virgen del Valle en Catamarca o a San Mailín en Santiago. Una madrugada nos ponemos en camino y vamos. No nos disfrazamos con pantaloncitos cortos ni lentes oscuros ni camisetas de colores chillones, sólo la boina de todos los días y a la ruta se dijo, Si hay viento a favor, mucho mejor, si no, pelearla todo el camino.

No quebramos ningún récord, tampoco queremos entrar en ningún libro. El impulso interior que nos lleva a Catamarca es espiritual, parecido al que nos induce a ir a la casa de un amigo a tomar unos mates, ir a la plaza a ver qué pasa o visitar a la Número Dos, antes de que se nos vaya del todo.

La vida nunca nos apuró, siempre estuvimos en el mismo lugar. Alguna vez soñamos con marchar a lejanos lugares a conocer otros cielos, otros soles, otras lunas y estrellas de otros colores. Pero qué íbamos a ir con la chaveta floja, rengueando de una pata, como quien dice. Nos conformamos con quedar tranquilos en el pago de siempre, viendo crecer el paraíso de la puerta de casa y ayudando a los hijos a hacerse hombres y mujeres de bien. Qué otra felicidad vamos a esperar los que tenemos el espíritu cortito, oiga. Ninguna.

Hemos sido y seguimos siendo los que todas las mañanas van de la casa al trabajo y después del mediodía del trabajo a la casa. Salvo los domingos y fiestas de guardar, que nos ponemos nuestra mejor pilcha para ir a misa con la patrona y los chicos, a agradecer porque además de ellos, todo lo tenemos: una ciudad mágica que es nuestra por derecho propio, un barrio maravilloso de veredas amplias y lapachos rosados que tiñen de lila el cielo los fines de agosto, amigos de fierro que vienen de toda la vida y la sensación de libertad cuando salimos a pedalear las calles en busca del mango que nos hace morfar.

La vida es simple, nacer, desarrollarse, conseguir una buena compañera, criar los hijos y uno de estos días, mandarse a mudar para siempre al lugar para el que no hay parche ni solución. Ni inflador.

Que otros canten las maravillas de los paisajes que visitan con sus hermosas bicicletas rodado veintinueve, 80 cambios, asiento con un hueco para los huevos, diseño ergonómico y tan livianas como una pluma, allá ellos si viajan a hermosos países a conocer las maravillas de las playas del mar, la montaña o el bosque tropical con monos aulladores trepándose a los cocoteros. Nosotros preferimos las doble caño, las balonas que les dicen, las de carteros, repartidores de antes o tomadores de siempre, esas que no hay problemas en atarlas con una cadena a cualquier árbol porque total quién va a robarla, si además está herrumbrada por todas partes.

Una sola cosa le pedimos a los dioses, si existen, es que la vida no nos halle sin inflador y, por las dudas, gomín de repuesto. Después, que se haga agua la achilata. ©Juan Manuel Aragón

 

 


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