13/03/2019

Tucumán

Por Juan Manuel Aragón

Gagarín

Un relato del tiempo en el que las personas miraban al cielo y conversaban sobre astros y soviéticos.
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Un relato de una época en la que todavía se miraba a las estrellas.

Mirábamos el estrellado cielo de Sol de Mayo, mi abuela contaba que los satélites norteamericanos iban de norte a sur, los rusos eran el resto. No sé si era cierto, no me importa, mirá si en ese tiempo le ibas a preguntar a una persona mayor cómo sabía lo que sabía o cuáles eran sus fuentes de información: de un castañazo te despejaban la duda. Los satélites pasaban antes de cenar y se escondían quién sabe dónde. Después supe que temprano en la noche, el sol todavía iluminaba sus paneles de electricidad, más tarde el espacio por el que vagaban era la sombra oscura de la Tierra. No nos llamaban tanto la atención los adelantos espaciales de los rusos o de los yanquis, quizás porque habíamos nacido en un tiempo en que el hombre ya estaba en el espacio exterior. De hecho, uno de los perros de mi abuelo era el Gagarín. Algún tiempo después, me reí cuando supe que en realidad así se llamaba el ruso que había sido el primer hombre en salir al espacio exterior: un cosmonauta, Yuri Gagarín, tenía nombre de perro.

Mi tata me enseñó a reconocer varias constelaciones, la más bella, la del Escorpión se ve bien arriba, como a las 10 de la noche, en invierno. El corazón es una estrella colorada y brillante en el centro de una enorme curva. La Cruz del Sur también es bonita, confirma a miles de años de luz de distancia, la existencia de un Dios que cree en la belleza como fuente de la alegría de los hombres. Antes mi abuela me había hecho ver el Puñal del Faraón y desde chicos sabíamos, con mis hermanos, que si ubicábamos a las Tres Marías, las Siete Cabrillas andaban cerca, pero eran estrellas fáciles.

Muy de vez en cuando miro para arriba últimamente, en la ciudad es más difícil, por las luces de los focos de la calle, el polvillo del ambiente, vete a saber. Están ahí, pero no quiero verlas, mirá si de atrás aparecen mis abuelos en la nochecita de Sol de Mayo, sentados en el patio, hablando de los satélites norteamericanos mientras el Gagarín, el Lobito, el Kaiser, ladran a lo lejos. Y yo aquí, recordando, mientras una agüita me nubla la vista. Que lo tiró.

 

 

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