21/03/2019

Opinión

Por Ramiro Núñez

Nueva Trinidad

El autor es cocinero profesional y estudiante de la Licenciatura en Comunicacion Social. Tiene una página web en la que comparte articulos acádemicos y textos variados.
Ampliar (1 fotos)

Nueva Trinidad, desde la visión de un visitante que descubre el interior profundo de Tucumán

Sucedió en febrero de 2016 y 2017. Luego de más de un año me encuentro aqui con ganas de escribir sobre un lugar que difícilmente pueda borrar de mi cabeza. Un lugar carente de recursos turísticos, pero que me arraiga hacia él un raro sentimiento nostálgico. Recuerdo su paisaje como una interminable fila de cañas de azúcar que a lo lejos desaparecían a orillas de altos cerros de punta nevada que se dejaban entrever en el horizonte. Situado a poco más de 100 kilómetros de San Miguel capital de la Provincia de Tucumán, se encuentra este pequeño pueblo llamado Nueva Trinidad. Donde abundan las calles de tierra, los animales campestres y las cañas de azúcar. Donde escasea el asfalto y el ruido, algo que abunda en el lugar de donde provengo.

Como suele suceder en los pueblos clásicos, Nueva Trinidad cuenta con una plaza principal, siendo esta la única. Frente a ella, el colegio, una colorida iglesia y una despensa que hacía las veces de bar. Su población es de apenas unos 200 habitantes. Todos se conocen, todos se saludan. Allí, pienso yo, no hay secretos. ¿Será por eso que me sentía tan observado al merodear por sus calles?

Hoy, y mientras escribo estas líneas, estoy intentando descifrar el porqué de mi arraigo hacia este lugar. Y pienso, si yo no nací ni me crie allí, recién fui por primera vez con veinte años. Los familiares a los que visite eran lejanos, creía yo que nunca antes los había visto. Recién estando allí me recordaron que, muchos años atrás me habían ido a visitar a mi casa en Buenos Aires. Claro que mis memorias de aquella visita eran muy vagas. Aunque removiendo el cajón de los recuerdos intentando lograr algún destello de aquella visita, logre recordar una conversación con mi primo de Nueva Trinidad. En ella, el yo-niño, con una ignorancia digna de la edad y de vivir en ciudad, le pregunto si donde él vivía tenían televisión, a lo que él respondió “si”, quede sorprendido. Inmediatamente le pregunte si tenían computadora, a lo que él respondió “no” me sorprendió nuevamente ¿Cómo se podían divertir sin computadora? Ese primo al que de niño prácticamente había interrogado, lo volví a reencontrar allí. Él fue quien nos recogió en la plaza principal de Aguilares para llevarnos a Nueva Trinidad. La distancia de 21 km no parecía mucha, pero para recorrer esos kilómetros y llegar a destino se tardaba unos 40 minutos, siempre y cuando no haya llovido y el camino de ripio este seco y lo más liso y sin pozos posibles. Si llegaba a haber tormenta directamente no podías pasar ¿Qué hacen los vecinos del pueblo cuando las fuertes tormentas azotan y entorpecen el camino? Vaya uno a saber.

En mi primera visita tuve el agrado de conocer/reencontrarme con mis cuatros familiares que allí viven, la segunda vez que fui la familia contaba con una nueva integrante. Mi prima, apenas unos años mayor que yo, tuvo una hermosa niña. La segunda visita ya era distinta, los ánimos en la casa habían cambiado, todo giraba en torno a la niña. Solo no estaba en brazos de alguno de nosotros cuando dormía.

Pasatiempos pocos, salía a caminar, iba al rio, dormía la siesta todos los días y comía mucho. Inolvidables las empanadas de gallina que allí comí. No había señal de teléfono y mucho menos internet. Me resigne a usar mi celular. A mi pareja de aquel entonces la tuve que despedir antes de ingresar al pueblo y le avise que durante mi estadía allí no podríamos hablar. Hasta luego redes sociales, por unos días.

En Nueva Trinidad la gente se hace menos problemas. El contexto mundial allí no importa. No se habla ni del dólar, ni del ISIS y ni de si Trump es el presidente de los Estados Unidos. Se habla poco, el silencio es el principal ruido. De noche es todo verdaderamente oscuro, la luna y las estrellas iluminan todo. Nunca había visto tantas estrellas como en ese lugar, las sentía acá cerca. Acostumbrado a la vorágine de la ciudad, creo hoy, que esa tranquilidad fue la que me cautivo.

 Fuente: ramironuniez.wordpress.com


Recomienda esta nota: