16/01/2020

Opinión

Mapa de la estupidez argentina en tiempos del milicaje

Escribe Juan Manuel Aragón - Especial para El Diario 24, de Tucson town hall.
Mapa de la estupidez argentina en tiempos del milicaje | El Diario 24 Ampliar (1 fotos)

El Conquistador Español o Francisco de Aguirre, en la Costanera de Santiago del Estero. Foto de Juan Manuel Aragón.

Especial para El Diario 24, de Tucson town hall).

Fueron los gobiernos militares los que comenzaron el desaguisado de los nombres de lugares en Santiago. Un día se levantaron sin saber qué quería decir Matará, que era un departamento a orillas del río Salado, y lo cambiaron por larguísimo y burocrático Brigadier General Juan Felipe Ibarra. El nombre venía del tiempo de los indios, era eufónico, fácil de recordar, bonito, indígena e histórico. En ese momento, como es lógico, nadie se levantó para decirles, “oiga, no se metan con los topónimos”, porque corría riesgo su vida.

En la capital también hicieron sus desaguisados. Pusieron límites precisos a los barrios que los tenían, pero difusos y a muchos les cambiaron el nombre. Cachipampa, quedaba al norte de la ciudad, ahí había sido el primer rústico aeródromo de los santiagueños, en ese barrio estaban la Casa de Gobierno y el Palacio de los Tribunales. Se les prendió la lamparita a los milicos y le pusieron Juan Bautista Alberdi, patrono de los abogados que laburan, justamente en los Tribunales.

Pero, oiga amigo, Cachipampa o “Pampa de Sal”, era hermoso, casi un poema en sí mismo, además de que así lo habían nombrado los abuelos, los bisabuelos, quizás Juan Núñez de Prado cuando llegó a estas tierras. Al Ulluas lo cambiaron por Reconquista. A Cantarranas le pusieron Congreso. Al barrio Chino lo llamaron Juan XXII, vé po vos. Malpaso ahora es el barrio Aeropuerto. A la plaza Eva Perón, le cambiaron el nombre y para hacer burla, le pusieron Pedro Aramburu. El barrio 8 de Abril se llama así por el día que entregaron las casas, pero ahí no tuvieron nada que ver los milicos y es un nombre” NFNF” (ni fú ni fá).

Sí hay nombres con una historia graciosa. Sería pintoresca si no fuera porque la protagonizaron hombres grandes, gente que se suponía que estaba para asuntos importantes. Hay que retrotraerse unos años más. En una de las tantas intervenciones militares que tuvo Santiago, anteriores al último gobierno del Proceso, llegó un militar de la Marina. Preguntó si teníamos algún recordatorio del Almirante Brown, le avisaron que no. Entonces mandó a traer un busto de don Guillermo, el problema era dónde ponerlo. Eligieron un buen lugar de la Costanera, ¿por qué? Bueno, la Costanera está al lado del río Dulce, ¿y qué hay en el río?, ¡agua!, ¿y dónde hacía andar sus buques el almirante Brown?, pues en el agua. Ahí estaba.

Al cabo de unos años, se encargó una estatua del Conquistador Español, aunque ahora los santiagueños dicen que es Francisco de Aguirre, pero no viene al caso. El lugar ideal era también la Costanera, justamente donde estaba el Almirante Brown. El problema era ahora qué hacer con el busto que había mandado a instalar el Marino. A uno se le ocurrió una idea genial: lo pondrían en Tala Pozo, un viejo y querido barrio de Santiago, ubicado en el sur de la ciudad. La lógica para llevarlo ahí también era de fierro: ¿Cómo se llama el barrio?, ¡Tala Pozo! ¿Qué hay en los pozos?, ¡agua!, que es el elemento preferido del Almirante Brown.

Años después, con el Proceso, Tala Pozo también perdería su nombre y pasaría a llamarse Almirante Brown o “el Almirante”, como le dice de manera más sencilla, la gente común, el vecino de a pie.

¿En Tucumán también hay historias curiosas de los topónimos? Bueno, escríbame y a vuelta de correo podríamos hacer un mapa de la estupidez argentina, en tiempos del milicaje.

©Juan Manuel Aragón

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