28/01/2020

Opinión

Que triunfe el amor, aunque sea entre los Windsor

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24, the best of Tucson)
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Que triunfe el amor, aunque sea entre los Windsor

Cuando los parientes del príncipe Enrique, Harry para los ingleses, se enteraron de que salía con la morocha Meghan, tuvieron reacciones similares. El abuelo le dijo algo así como “bueno, bueno, amigo, una actriz está bien, pero para un tiempito nomás”, dándole a entender que la tomara para la joda, como decimos nosotros. El hermano le aconsejó que la dejara según los diarios ingleses, aunque algunos aseguran que le insistió tanto que el otro dijo: “Bueno, entonces me caso”, sólo por llevarle la contra. El padre no le dijo nada, primero porque es un pavote y segundo porque después de haber dejado a la Diana, que era una muñeca, para juntarse con la Camilla, con esa cara de atorranta que tiene, más le valía quedarse callado. La monarquía inglesa tuvo que aceptar que uno de su familia, blanco y coloradito, se casara con esta chica, que lleva en la sangre glóbulos negros, blancos e indígenas, además de los rojos, obviamente. Y es preciosa agregaríamos, si no fuera porque no está permitido desear la mujer del prójimo.

En las buenas familias, se da un tiempo al nuevo integrante para que se adapte a la nueva vida y mucho más cuando el que llega tiene una crianza distinta o es de otro lado. Imagine que su sobrino se casa con una chica japonesa y la trae a vivir aquí: la chica debe conocer la ciudad, adaptarse a las nuevas comidas, a los horarios distintos, a otra vestimenta, a la forma de relacionarse que tiene su nueva familia. Los parientes le darán un tiempo prudencial hasta que la esposa no les parezca sapo de otro pozo y se convierta en una González, Pérez o Martínez de la guía en vez de ese apellido japonés que nadie sabe cómo pronunciar. Mientras, podría haber algunos tropezones. Imagine que, como no sabe el idioma, le enseñan que “puta” es la palabra que señala a las mujeres de mala vida, que cobran dinero por holgarse con hombres. Después viene el hermano del marido y le dice: “Che, no seas puto, préstame la caña que quiero ir a pescar”. Es posible que la japonesa se espante y empiece a aborrecer al cuñado. Y que lo siga aborreciendo aún después de que le expliquen que aquí son expresiones comunes, casi una caricia.

Traslade todo eso a la monarquía inglesa, la más paqueta de todas. Todo el protocolo del mundo está resumido en una sola familia, los Windsor, palabra mayor, como quien dice, parientes de casi todos los reyes que son y han sido en este mundo. Los varones son príncipes azules desde que nacen y las chicas princesas de ensueño, aunque todas sean parecidas a Ana, tía de Harry. Viene a ser hermana de Carlos, su papá, pero no tan linda, no sé si me entiende.

Bueno, los parientes del chango empezaron a embromarlo, que la chica no hacía las reverencias inclinándose de manera conveniente, que no sabía usar los cubiertos correctamente, que por qué dejaba que la gente la mirara a los ojos, que declaraba esto a los diarios, que declaraba esto otro, que patatín y que patatán y que patatero. Y la hartaron, no solamente a ella sino también al chango.Y, como todos saben, decidieron abandonar la monarquía, en estos momentos están dando el portazo de su vida y el chango se anima a ser González Pérez o Martínez de la guía. O lo que es lo mismo, Smith, Johnson o Jones. Bien hecho.

¿Usted sabe qué quiere decir monarquía? Técnicamente significa “gobierno de uno”. Ahí, la que manda es la Reynalda, solita y sola. El chango y la esposa saben que no van a cambiar una institución, que era vieja cuando rompió con la Iglesia Católica, porque había un rey creía que para acostarse con una mujer primero había que casarse con ella, vé po vos. Es una flía llena de tiquismiquis, que el dedito para aquí, el dedito para allá, pase primero condesa, faltaba más, primero usted, señor marqués, que hoy no sonaron las trompetas a horario por eso me levanté tarde, que permítame usted un casto beso en la mejilia, esposa mía. La chica tiene todo para que no le guste a los parientes del muchacho, además de saltearse muchas reglas de la monarquía es norteamericana, divorciada, con un padre impresentable, morocha, mayor que él actriz,ñatita, hermosa, y para peor, come chicle, ¿se da cuenta?Desde cierto punto de vista, se podría dar la razóna los Windsor, era un poco medio mucho para esa gente tan estirada. Imagínese lo que se deben burlar de ellos en el fiveo´clock tea, del Marylebone Cricket Club, con risitas contenidas, tapándose la boca, ji, ji, ji.

Dicen que el cara de pelotudo del viejo de él, les quiere cortar los víveres. A Enrique y la Meghan poco les importa, porque han firmado un contrato con Disneylandia la mayor fábrica de príncipes y princesas del mundo, mirá si les van a importar las libras esterlinas roñosas del futuro reynaldo. También los amenazan con dejarlos sin los custodios, qué más quieren andar libres por el mundo sin nadie que los controle y vaya a contar lo que hacen y lo que dejan de hacer. Si les sacan la casa, ¿sabes qué?, chasquean los dedos y tienen una mil veces mejor que esos desabridos palacios ingleses, llenos de perritos de la reina, chimeneas lánguidas, techos más altos que no sé qué, fríos como beso de suedra y cuadros de esos fieros, los reyes que ya han muerto.

Todos aquí queremos que triunfe el amor. Que sigan metiéndole para adelante, que le den un voleo bien pegado en la partecita en que la espalda cambia su casto nombre, a esa monarquíarancia, vetusta, maloliente, arcaica, hedionda y de yapa, pirata.

Y que sean felices y coman perdices.

©Juan Manuel Aragón

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