02/02/2020

Opinión

historia

Ojo a la Municipalidad si se quiere meter con el Mercado del Norte

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24, de Tucson capital)
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Ojo a la Municipalidad si se quiere meter con el Mercado del Norte

Tres experiencias tengo grabadas en el corazón, en referencia al viejo Mercado del Norte, en el que ahora  el “avance” urbanístico puede llevar a las autoridades a hacer no sé qué cosa. Perdonen los lectores si abuso de la primera persona del singular para ponerme sentimental y llorón, pero es que también hay algo en los viejos edificios que trae recuerdos de un tiempo que huyó, quizás urgido por los nuevos tiempos de plástico y  amores líquidos que se avecinaban.

Cuando  era chico, uno de los paseos que organizaba mi abuelo en Tucumán, era ir al mercado a comprar mercadería para llevar al campo. Uno de los puestos era de un tal Pepín. Calculo que mi abuelo debe haber sido buen comprador, porque apenas llegaba, le ofrecían quesos, dulces y conservas para probar. Siempre me preguntaba cuál era el dulce que me gustaba más, ¿el de batata o el de membrillo? El de batata, por supuesto. Entonces, para quince días de campo compraba medio de batata y un quilo de membrillo. Se entiende, era diabético y los dulces eran su debilidad. Un nieto era la excusa perfecta para llevarlo al campo sin que mi abuela lo retase mucho. De paso cañazo, comíamos una porción de pizza en un puesto cercano, algo que, eso sí, mi abuela le había prohibido expresamente antes de salir: “No vayas a andar comiendo porquerías por ahí”. Él me guiñaba un ojo, me pedía que no avise y me decía que estábamos desobedeciendo nada, porque no era porquería sino solamente una porción de pizza para cada uno, con una Cocacola para mí. Pepín y otros puesteros más, durante el invierno iban a cazar perdices a los cercos de Sol de Mayo, departamento Jiménez, en Santiago, y de ahí la amistad.

Muchos años después de que el padre de mi madre falleciera, me casé con una chica, también del departamento Jiménez de Santiago. La madre hace los chorizos colorados más perfectos que he probado nunca. Una  vez le pregunté quién le había dado  la receta. Me contó que en el mercado del Norte, una vez que fueron con mi suegro, hablaron a un puestero que para que les diga cómo los hacía. El otro no quería, aducía que luego le harían la competencia. Cuando le dijeron que eso no era posible, porque ellos eran del Aibalito, el tipo les entregó su secreto. Cada vez que Madela, mi suegra, me cuenta la anécdota, quiero creer que sería un amigo de mi abuelo que, encantado de la vida, pasaba su secreto a alguien del  pago en que había sido feliz con una  escopeta al  hombro.

La madrugada del 24 de noviembre del 2005, falleció mi padre. Estaba en Santiago, donde vivo con mi familia y al sonar el teléfono tan temprano, supe que había sucedido la temida y esperada  noticia. Vinimos con mi mujer y mi pequeña hija que, justo ese día cumplía dos años. Detalles al margen, luego de pasar por la casa de mi madre, fuimos a la cochería en que velaban los restos y cerca del mercado, en una florería, compré un clavel para ponerle en las manos. Al pasar por ahí, todos los recuerdos se derrumbaron sobre mis pensamientos, durante unos segundos volví a ser niño, de la mano de mi abuelo, maravillándome porque pasaba del otro lado del mostrador y conversaba con Pepín y sus dependientes, como amigo de años. Lo vi joven al viejo, montando en su caballo, el Bayo Viejo, pasando del cerco del alfa al potrero que le decíamos de servicio y a mi abuela, esperando en la casa, quizás cosiendo en su vieja Singer. Recordé que mi padre y mi abuelo en un tiempo habían sido buenos amigos, más que suegro y yerno. Diga que lloviznaba, lo que me dio una excusa para pasarme la mano por los ojos y quitar esa molesta humedad de los  ojos.

Lo que sigue son palabras que miles han dicho millones de veces, pero hay asuntos que no cambian jamás. Hay en el Tucumán viejo, en las ciudades con casas antiguas, zaguanes largos, dormitorios con  alto techos y patios floridos, algo de nosotros mismos que no queremos que se vaya. Sabemos que los años han pasado, que lo nuevo sigue a lo viejo y que todo no es para siempre y sin embargo, nos resistimos. El corazón nos quiere explotar, cada vez que resuena el martillo tirando abajo una vieja casa o, en este caso, el Mercado del Norte. Si es que llega el día, que tengan cuidado quienes trabajen en la demolición, el espíritu de tantos y tantos que pasaron por ahí los estará vigilando para que lo que venga sea necesariamente mejor que lo que exilian a las huertas del olvido. Si no es así, cuando  seamos inquilinos de la finca del ñato, se lo cobraremos tirándoles de las patas cuando estén durmiendo.

Promesa.

©Juan Manuel Aragón

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