09/02/2020

Opinión

Otra Tierra es posible, pero no sé si llegamos

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24, saludos a los Leones de la Banda del Río Salí)
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Otra Tierra es posible, pero no sé si llegamos

Estos periodistas te quieren vender cada buzón. Dice un diario que la NASA anunció que se ha descubierto un planeta parecido a la Tierra a una distancia intermedia de su estrella, lo que permitiría la presencia de agua líquida. Le pusieron de nombre “TOI 700 d”. La parte graciosa es que ese nuevo planeta  —dicen— está relativamente cerca de la Tierra  “a solo 100 años luz”. Parece que te están diciendo que para llegar hay que calzarse el traje, la escafandra, trepar a  un cohete y en un ratito nomás estás llegando.

El único problema es que cuando se calculó la velocidad de la luz también se dejó establecido que cualquier objeto que viaje a esa velocidad se convierte en luz. San Google recuerda además, que  la velocidad de la luz en el vacío es una constante universal que viaja a 290.792.458 metros por segundo.

Pongalé que fabrica un cohete que lo lanza al  espacio a esa extraordinaria velocidad, que un hombre o varios resisten la aceleración y que no se desintegra al pasar por la atmósfera. Quedan tres problemas. El primero es apuntar bien al planeta, medio milímetro para cada costado y estás en Ganímedes o más lejos todavía. El segundo es que el cohete no se estrelle, dentro de cien años contra esa otra Tierra. Y el tercero, a quiénes mandamos y cómo los elegimos.

Otra suposición, se lo apunta bien, con exactitud, como para saber dónde exactamente va a caer. Se le pone a la nave un sistema de frenos para que aterrice  con suavidad. Queda el tercero de los  dramas. Hay que mandar unos tipos que posiblemente no lleguen ellos sino sus hijos, sus nietos o sus bisnietos. Suponga  que mandamos cincuenta personas, veinticinco hombres y veinticinco mujeres jóvenes, no se olvide de que deben reproducirse para garantizar que alguien llegue a TOI. ¿Cómo se los escoge?, ¿al  azar o buscando los mejores especímenes humanos, los  más aptos para sobrevivir tanto tiempo en la soledad  del espacio exterior?

Deberían viajar médicos, ingenieros, psicólogos, pilotos de cohetes, cocineros, agrónomos. Cada uno tendría  que ser experto en algo. A la manera de  los  radicales del 83, hay que comer, curarse, estudiar durante cien años y preparar a las siguientes generaciones para que estén iguales o mejor preparadas que la que embarcó.

Otra cosita más.  Dada la actual situación del mundo, con el efecto invernadero, el carbono, la extinción masiva de bosques  y animales, es probable que esa nave sea algo así como la moderna Arca de Noé.  La última de las últimas de las esperanzas de supervivencia de un restito mínimo de la raza humana.  ¿Usted cree que los millonarios del mundo no pagarían lo que fuera por estar en la lista de embarque, y que finalmente lo conseguirían?  Sería posible enviar un cohete con gente joven, bien preparada, que se haga a la idea de que no va a llegar a ninguna parte sino que, con suerte, llegarán sus hijos o nietos. Pero si en vez de eso viajan un montón de viejos carcamanes que lo único que saben es acumular dinero, pelear y joder la vida del prójimo, lo más posible es que cuando esté pasando por la luna, la nave se haga pupa porque a los ñatos se les ha dado por discutir el interés compuesto de la comida que le toca a cada uno o quién se queda con el asiento de la ventanilla.

Pero, salvados todos estos entuertos, quedaría para el final el más complejo de todos: que la NASA tenga razón.  Porque puede equivocarse. En ese nuevo planeta quizás falta el agua y todo ha sido un espejismo o que sea muy caliente o muy frío o con gases irrespirables en el aire o que el agua sea agua, pero un veneno para la salud.

Para entonces, es posible que en la Tierra siga existiendo vida y los piojos dominen lo que antes dominábamos nosotros o las cucarachas. Y el planeta que habitamos sea un páramo hirviente, sin vida, con restos de radiación atómica por todas partes. Y un pequeño, minúsculo musguito, agarrado a la base de la estatua de la Lola Mora, esperanzando la plaza Independencia.

©Juan Manuel Aragón

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