26/02/2020

Opinión

Horas sin nada que hacer, sentado en el banco de una plaza

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Horas sin nada que hacer, sentado en el banco de una plaza

De un día para otro, tu jefe, con cara compungida te dice que te has quedado sin empleo. El mundo se te viene encima. Los pequeños sueños que tenías se derrumban. Piensas en el estudio de tus hijos, el respeto de tu mujer, la cara de los vecinos, el susto de tus acreedores, en tus ínfimos ahorros. Y en las nulas posibilidades de que -a tu edad- te vuelvan a tomar en otro lado.

Sabes que mañana tendrás todo el día para vos. Que el domingo que viene caerá en miércoles. Que lo que aprendiste en la vida, apenas sirve como información para otro trabajo. En pocos días sabrás también que esa experiencia de tantos años juntando antigüedad no es tenida en cuenta en ninguna parte.  En otras empresas la oficina de “Cuentas corrientes”, “Revisión de cálculos” o “Ventas por correo” no tienen razón de ser.

Cuando busques trabajo nadie te dirá que no. Con una sonrisa triste te pedirán que vuelvas en unos días, en un mes, dentro de un tiempo, porque “por ahora no hay nada, pero más adelante, si abrimos la sucursal, quién sabe”. Al principio, ante cada uno de los que te digan “date una vuelta la semana que viene que puede haber algo”, te entusiasmarás como si ya estuvieras fuera del agua. Después comprenderás que es una frase hecha para no desanimarte, para indicarte que tienes que seguir buscando, porque a muchos no les gusta decir que no.

En algunas empresas, creyendo que conservas tu trabajo, te recibirán altos ejecutivos. Notarás un gesto de fastidio cuando se enteren de que en realidad les estás pidiendo un lugarcito para seguir siendo vos mismo. Hasta esos que, cuando estabas bien te hicieron saber que les hubiera gustado tenerte en su empresa, se arrepentirán de habértelo dicho.

A la noche soñarás con los buenos momentos, cuando eras un empleado modelo y los jefes te tenían en cuenta porque lo que vos sabías era fundamental para que la oficina anduviera sobre ruedas. Te despertarás contento, jubiloso, pero la felicidad te durará unos instantes, hasta que te des cuenta de que todo sigue igual.

Gente de la que no esperabas nada, te dará una solución precaria, un producto para vender casa por casa, cobranzas difíciles, una encuesta para una firma que quiere instalar un lavadero de ropa, la venta de libros de medicina. Casi todas tareas para las que nunca te preparaste. Encararás tu nueva tarea con ilusiones y mucha fuerza. Y a los tres días, sabrás que has fracasado, porque ese producto no es ninguna novedad, no hay plata para pagarlo, nadie quiere responder la encuesta o es difícil hallar estudiantes de medicina que necesiten justo ese texto. Al tiempo devolverás los productos, cobrarás el ínfimo porcentaje que te dieron, darás las muchas gracias. Y seguirás pateando la calle, a ver qué hay. Por lo menos ahora tienes experiencia en venta callejera, te dirás.

Descubrirás un nuevo mundo en las confiterías. Vos creías que estaban llenas de gente alegre, despreocupada, pero muchos son como vos, tipos que se quedaron sin trabajo y se cansaron de buscar. Por eso pasan la mañana con un solo café al frente, hablando tonterías con otros iguales a ellos. Leerás el diario del bar del derecho, del revés, de arriba para abajo y de abajo para arriba, repasarás mil veces los clasificados, en la parte de “Empleos ofrecidos”. El noventa por ciento no son para vos, el resto sí te podrían haber empleado si tuvieras diez o quince años menos.

Durante este tiempo sabrás lo que es pasar las horas sin nada que hacer, sentado en el banco de una plaza lejana, un maletín entre las manos, cansado de caminar ofreciendo la bolsita mágica, una crema íntima para el caballero o improbables rifas millonarias a pagar en cuotas.

Al principio querrás saber lo que pasa en tu vieja oficina, hasta te imaginarás que una tarde de estas, cansados de renegar porque no le hallan la vuelta a la empresa sin tu trabajo, los jefes te llamarán de nuevo. Pronto algún viejo compañero te desengañará, ya sea porque tomaron a alguien que te reemplaza ya porque cerraron tu sección porque no tenía razón de ser.

Lo que te dieron de indemnización lo irás gastando. Si calculabas que con eso vivirías un año, pronto te percatarás de tu error: al paso que vas la terminarás en la mitad del tiempo. Venderás el auto, dejarás de pagar la cuota del club, el cable de la televisión, no comprarás esa revista que te reservaba el canillita todos los meses, mandarás tus zapatos al zapatero una vez al mes a que le hagan media suela y taco y rogarás que no se te caigan los anteojos, porque pagar un simple cristal puede ser tu ruina.

Te harás más callado de lo que eras. Tu mujer se afligirá cada vez que te presente una nueva cuenta, porque ahora, en vez de ver como la afrontas como hacías antes, le dirás que la pongas encima del aparador, donde van a parar las deudas que algún día pagarás, pero no sabes cuándo.

Cuando tenías trabajo te imaginabas en mil labores distintas, si algún día te quedabas sin él. Ahora sabes que eran quimeras sin sentido pues se precisa capital y experiencia. Si comenzabas hace diez años con ese proyecto que siempre tuviste, quizás te hubiera ido bien, pero ya es tarde.

Al tiempo, sientes que algún que otro amigo se cambia de vereda cada vez que va a cruzarse con vos, otro se hace negar en tus narices y alguno mira para otro lado cuando lo estabas saludando. Cuando piensas en posibles venganzas, te das cuenta de que alguna vez, cuando estabas bien, fuiste injusto con los que andaban en la mala.

Morderás el amargo polvo de la derrota. Creerás que pegarse un tiro es de valientes, no la cobardía que pensabas. Ni para eso te dará el cuero. Sabrás que siempre fuiste un pobre infeliz que no aprovechó las oportunidades cuando las tuvo, que sos un vencido, un fracasado. Alguien que se ha rendido, para peor, sin pelear.

De tarde te hundirás en el sopor de la televisión, mirando vidas ajenas, sintiendo otros mundos, viajando por galaxias lejanas, riéndote de sus tontos chistes. Cuando apagues el aparato te darás con que has vuelto a perder el tiempo lastimosamente, un  pecado  mortal, en tu situación.

En tu familia estará todo tan descalabrado, que pensarás que la única solución es que te mueras. Algún día uno de tus hijos te lo va a gritar en la cara. Cuando tu mujer dé vuelta la cara para no mirarte cuando uno de los críos te dice algo fuerte, sabrás que has perdido todo. Que ya no te queda ni el respeto de los tuyos. Temes arrojarte desde la azotea un edificio. Miedo a que sea una muerte dolorosa. O quedar vivo y baldado, que sería peor.

Y un día, cuando estés acostumbrado a tu vida de porquería, cuando no sientas ni el dolor de lo que perdiste y no vas a ser nunca más, cuando tus acreedores ni siquiera se molesten en hablarte porque saben que van a dar en penca, sonará el teléfono que siempre te negaste a cortar.

Y volverás a respirar.

©Juan Manuel Aragón

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