26/03/2020

Opinión

El tiro del final ya ha partido

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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El tiro del final ya ha partido

Entre la sospecha y la certeza: estamos viviendo la era post apocalíptica, un tiempo que no existe, el que adviene después de la muerte del hombre sobre la Tierra. Para graficarlo, es justo el momento en que el proyectil ha salido del revólver y vuela hacia alguien, sin que nada haga posible esquivar la muerte porque va directo al corazón.

Hasta fines de la década del 50 existían casi todos los bosques de la Tierra, algunos menguados, otros intactos, todos hollados por el pie de nativos o aventureros, pero ahí estaban. Se había extinguido un puñado de animales por la acción del hombre, como la paloma pasajera, el dodo, el león del Cabo, sobre todo por equivocaciones que la humanidad esperaba no repetir, nada más que eso. Una tontería, se habían salteado las indicaciones de peligro en dos o tres curvas del camino, pero no había nada que temer, sólo poner algo más de atención. Incluso animales que eran considerados, en la Argentina al menos, “plaga nacional”, como la vizcacha, una chinchilla o un ratón inmenso para los que no la conocen, hoy se considera que está en una situación de riesgo bajo, con una clasificación de preocupación menor. Es perjudicial para la agricultura y en algunas regiones ha sido diezmada, pero de sobreabundar en todos los campos pasó a estar al menos en observación.

Hoy casi no existen grandes bosques naturales que provean oxígeno al mundo. Los pocos que quedan son amenazados con una guerra por la deforestación que casi siempre llega hasta el final y tiene en los árboles a sus constantes perdedores. Pero el mundo raramente les consume la madera, sino que les quita el espacio vital, porque siempre es escasa la tierra que se necesita para producir alimentos. Cada vez hay menos sitios para sembrar y criar los animales que la humanidad necesita en sus crecientes insatisfacciones. Los sembradíos renuevan todos los días su necesidad de agroquímicos y agua dulce para ser rentables. Los animales son engordados con aceleradores del crecimiento para producir más carne en menos tiempo, no importa cómo, la lucha sin cuartel por producir más no reconoce costos, es a como dé lugar, sin cuartel, en un vale todo voraz capaz de llevar por delante cualquier obstáculo para satisfacer a las necesitadas masas.

Los países centrales, dueños del dinero y las armas, envían instituciones por fuera o por dentro de los gobiernos, mentirosamente humanitarias como Greenpeace o la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, supuestamente a que frenen el ansia destructiva del ambiente en las naciones periféricas. Se hacen los de no saber que mientras no paren la codicia de su propia gente, seguirá habiendo en esta parte del mundo quienes estén dispuestos a tirar abajo una enorme cantidad de naturaleza virgen para satisfacer sus caprichos: desde blanda carne de ternero alimentado con esteroides y anabólicos, hasta montañas de clohidrato de cocaína, pasando por litio, petróleo y sus derivados e infinidad de productos entre los que figuran los que la Tierra entrega una vez y agota para siempre. Si no quieren que no haya oferta, primero deberían suprimir la demanda pero, apelando a la libertad de sus ciudadanos no están dispuestos a hacerlo en sus países.

Una y otra vez, no se sabe si de intento o porque se hacen los inocentes, los grandes países piden que aquí se termine con el abuso de la deforestación, al tiempo que su gente clama con desesperación por los productos del desbosque.

De tanto en tanto suelen aparecer informes de que se halló un planeta parecido a la Tierra a pocos millones de años luz de distancia. Es lo mismo que confiar en que, un día de estos, los hombres treparán en sus cohetes y se lanzarán al espacio a conquistar nuevos lugares para vivir. Vana esperanza. A la imposible velocidad de la luz, si ese planeta quedara sólo a un millón de años y se hallara una nave capaz de viajar a esa prodigiosa velocidad, tardaría, valga la repetición, ¡un millón de años en llegar! Pero, suponiendo que exista esa lejanísima posibilidad de viajar, no dude de que todos los pasajes estarán reservados para los que hoy hacen pedazos lo poco que queda en estado natural. Estas noticias se parecen más un deseo de alentar hasta último minuto una solución mágica que no va a llegar, que una esperanza cierta.

La humanidad no encontró una manera de que los recursos naturales sean rentables. Sería tarea casi imposible lograr que los grandes capitales, dueños de las tierras más fértiles del mundo, dejen de producir como lo están haciendo, vuelvan sus terrenos al estado natural y a la vez ganen más dinero en menos tiempo. Es una fórmula muy difícil de hallar.

Por otra parte el capital es una entidad sin alma, su propia esencia es carecer de una moral mínimamente caritativa, por lo que instarlo a que gane menos dinero es ir contra su misma intrínseca condición, contra su más íntima sustancia, contra su jugo primordial. A quienes digan que el capital es lo que mueve el mundo, se le podría responder que una cosa no quita la otra y que la etimología enseña que así como el remedio es el veneno que cura, el veneno es el remedio que mata.

Es tarde para convencer a los dueños de los campos sembrados en todo el mundo que vuelvan atrás y dejen que el bosque natural haga su trabajo de oxigenar el aire y enviar ozono a la alta atmósfera para, al menos morigerar los efectos de la merma de rayos ultravioleta. Lo que sufrimos no es consecuencia de lo que se hace hoy para acabar con el aire respirable sino de lo que se hizo hace cincuenta años o quizás más. La Revolución Industrial y la máquina de vapor, los experimentos nucleares, la agricultura intensiva, el uso y abuso del petróleo y de los motores a explosión, entre otros grandes inventos, hoy están pasando factura. La definitiva.

Para acallar su conciencia, quizás haya cientos de miles de personas que plantan un árbol en la puerta de su casa. Actitud noble que, a esta altura de la kermés ya no dará resultados. Primero porque nada hay mejor que el bosque natural sobre cuyo desmonte se construyeron las casas de la buena gente y segundo porque el Apocalipsis viene marchando desde principios del siglo XVII y a esta altura ya es una máquina imparable.

No se trata de lo que podríamos hacer para frenar este final que se anuncia como ineluctable pues con la lógica del mundo actual ya no es viable pedir a la gente que renuncie a privilegios que no está dispuesta a ceder, el automóvil, la disminución del uso del aire acondicionado, volver a las huertas familiares, desistir de los teléfonos móviles, no comprar más comida de la que está dispuesta a consumir, enterrar la basura en el fondo de la casa y pequeños sacrificios que la buena gente de todo el mundo podría ponerse de acuerdo en hacer, nada garantiza un final feliz. Es tarde. La falta de la capa de ozono que hoy padece el mundo se comenzó a deteriorar hace varias décadas cuando el dióxido de carbono y otros gases subieron a la alta atmósfera. Esa capa, de algunos kilómetros de ancho, se formó lentamente sobre la Tierra, desde que un primordial liquen asomó a la vida sobre una piedra húmeda, milenios antes de la aparición del primer dinosaurio.

No se les podría pedir una actitud similar a empresas que no entienden otra lógica que la del dinero, la ganancia, el lucro, la usura, la ventaja de miles de trillones de centavos de la gente pobre… gastados en contra de los pobres. Es lo mismo que abogar por un avance hacia una sociedad sin dinero ni afán de lucro, solución que —como se ha visto en el pasado y en algunas rémoras que subsisten en el presente— es más cruel que el brutal e inhumano capitalismo. El comunismo no se explica sin la crueldad ínsita en su ideología para lograr sus supuestos fines de llevar a la sociedad al paraíso del proletariado.

El balazo ya ha partido. El final de todo —sombra negra de la humanidad— se cuela en el horizonte. Antes de oir el estampido, llegará la muerte.

A la vuelta de la esquina aguarda el Apocalipsis, listo para llegar.

Si Dios quiere, claro.

©Juan Manuel Aragón         

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