El extraordinario suceso del día que me casé

Por El Diario 24 — 22 de abril de 2020 en Argentina
El extraordinario suceso del día que me casé

No fue tan así. Si quiere, le cuento desde el principio, así entiende, porque a veces se cuentan las cosas y parece que fueron de una forma, pero uno las entiende mejor cuando se las explican bien. Agarre la libretita y vaya anotando. Con Rebeca anduvimos de novios varios años. Entonces trabajaba en la finca de mi padre, con mis hermanos. Pero mi madre no la quería. Se contaba que había en su familia, digo, en la de Rebeca, una vieja historia de incesto entre medio-hermanos y desde entonces sus parientes quedaron marcados en el pago con esas habladurías de viejas que pasan las historias de generación en generación. Expliqué que ni mi novia ni sus padres habían tenido algo que ver con ese feo asunto. Sin el apoyo de mi madre, tampoco quiso darnos la bendición mi padre. No tengo que decirle quién era la que mandaba en casa, porque se debe haber dado cuenta. Usted escriba y le sigo contando.

Tuve que salir de casa para trabajar en el campo de un tío de mi novia. Me desempeñé bien, al poco tiempo estaba de administrador. Se llamaba Jeroboam, no tenía hijos y me adoptó como si fuera uno. Trabajé duro durante un tiempo, junté moneda sobre moneda para casarme, hacer una fiesta digna y mostrarle al pueblo que estaba orgulloso de la mujer que había elegido. Invité a la boda a mis padres y a mis hermanos y a todos los de mi casa. Fue mucha gente, sobre todo porque querían saber cómo nos llevábamos, la gente tenía esa curiosa morbosidad de los que van a un lugar porque creen que algo va a suceder, en este caso quizás se ilusionaran con una pelea entre parientes o algo parecido. No muchos sabían que, antes de casarme, al fin mi madre aceptó a mi novia como una hija, mi padre aflojó también y mis hermanos la miraron con se mira a una hermana.

No me aparto de lo que le quiero narrar. En lo mejor de la boda se nos terminó el vino. Imagínese la aflicción. Estábamos desbordados, tenía unos cien invitados y había venido más del doble. No había dónde conseguir más bebida. Si la fiesta se terminaba por falta de vino, lo más suave que me dirían es que era un amarrete. Entonces en medio de los invitados, el hijo de José se puso de pie. Parecía molesto, algo le decía a María su madre, pero ella lo instaba a que se levante. Pasó por entre todos los invitados, con rostro serio. Me dije: “Viene a protestar y no sé qué decirle, no tengo manera de excusarme”. Pero hizo algo extraño, salió y fue adonde estaban guardadas las provisiones. Hizo que llenaran de agua unas tinajas y luego mandó que las enviaran al encargado del banquete. Luego el encargado me dijo sorprendido: “Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Vos, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”. La verdad, qué quiere que le diga, no entendía nada. No sé qué sucedió en el medio, algo hizo aquel hombre porque de repente volvía a haber vino y era del bueno. ¿Usted dice que fue un milagro?, quizás. Ahora que lo pienso, puede ser, pero nunca me había detenido a cavilar sobre ese asunto. Después contaron cosas feas del hombre que se levantó en la fiesta, el hijo de María y José, no sé si lo ubicaba. Dicen que hace poco murió crucificado en el Gólgota, ¿era él?, ¿usted cree? Ahora que lo dice, capaz que sí. ¿Cómo me ha dicho que se llamaba?,¿Jesús?, qué nombre extraño. Bueno, esa es la historia. ¿Qué dónde me casé, pregunta?, aquí en Caná, por supuesto. Aquí he vivido toda mi vida y creo que aquí también me voy a morir. ©Juan Manuel Aragón                    Leer más notas de Juan Manuel AragónTags

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