26/06/2020

Opinión

La modificación que sufrió el imperial nombre de Diana

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La modificación que sufrió el imperial nombre de Diana

A los nombres propios también los modifica el tiempo. Con el paso del latín a los idiomas romance, cada lengua los adaptó a su particular manera de pronunciar las palabras. Algunos reconocen raíces indoeuropeas, que es lo mismo que decir que el hombre los ha conocido durante varios milenios, le han sido familiares, los ha usado, los oyó, los llevó, los llamó, los atesoró, los gritó, convivió con ellos en los templos, en los campos, en las casas, en el gineceo.

Ahí está Diana, que llega del latín, como una contracción de “Diviana”. Su raíz hay que buscarla en el indoeuropeo ´deieu´, que significa “claridad, cielo” y por extensión “divina o de naturaleza celestial”.

Entre los romanos, Diana era la diosa lunar y tenía este nombre por su luz en el cielo y por ser hija de Júpiter, como lo sabe cualquiera que aprobó raspando la escuela secundaria. En el santoral católico se destaca la beata Diana de Andalo, fundadora de un monasterio en el siglo XIII. Más aquí en el tiempo llegó Diana Frances Spencer, que se casó con el príncipe Carlos de Inglaterra y luego murió en un accidente automovilístico en Francia, con lo que adquirió una notoriedad quizás desmedida y que no le gustaba.

Era una mujer bella, aunque algo desabrida para el gusto de varios. De todas maneras, es evidente que a muchas madres les gustó y eligieron llamar igual a sus hijas. Se escribe igual en inglés y español, pero los espíquers de la tele, que creen que los nombres propios no se traducen, la nombraban como “Daiana”.

Talvez hubo mujeres que pensaron que a sus hijas en la escuela las nombrarían en el idioma de William Shakespeare. Imagine lo que habrá sido para una niña, a quien en la casa siempre le dijeron “Daiana”, llegar a la escuela y que al tomar asistencia le digan simplemente “Diana”, como suena.

Fue entonces que el nombre sufrió una drástica modificación. Ahora hay cientos de “Daianas” dando vueltas por todo el mundo hispánico, quizás sin saber su origen, qué significa, cuál es su etimología o su sentido último.

Con ánimos de polemizar, diremos aquí que muchos padres se niegan a darles una religión a sus hijos, con el argumento de que cuando sean mayores serán capaces de discernir y elegir la que más les guste. Pero le propinan sin problema, un nombre que remite a una ideología bien definida, como en el caso de los nombres ingleses, que denotan la clara intención de mostrarse ideológicamente como vasallos del imperio que domina el mundo. O en el caso de nombres supuestamente indígenas, con el propósito quizás velado de que cuando lleguen a adultos se dediquen a la antropofagia o a adorar dioses que reclaman sacrificios humanos, como los que vivían en estos pagos.

Listo. Lo dije.

Ahora, si quieren discutir, vengan de a uno o en patota. Si quieren pelear les doy un seco de ventaja.

Juan Manuel Aragón                   

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