02/07/2020

Opinión

Sólo los ricos deberían ser delicados a la hora de comer

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Sólo los ricos deberían ser delicados a la hora de comer

Cuando vivíamos en Ledesma, Jujuy, mi madre preparaba palta con sal, pimienta y limón para cuando volvíamos con hambre de la escuela y no estaba el almuerzo todavía. Y de postre, con azúcar, una exquisitez única. Eso me enseñó a alimentarme. Hoy como lo que me ponen en el plato. Pienso que sólo los ricos se dan el lujo de despreciar los alimentos.

Era una comida muy común en casa y en la de los amigos, sobre todo porque la palta era tan barata como ir a cortarla de la planta. Mi madre la preparaba como las papitas noisette, cuando teníamos invitados y esas ocasiones la servía con salsa golf, mientras escribo se me va haciendo agua la boca. Pero ahora, en Tucumán, Salta y Jujuy a mucha gente al parecer ya no les gusta con azúcar. Capaz que de repente llegó la riqueza a esas provincias, descubrieron petróleo y se volvieron delicados.

En Santiago es una comida de ricos porque la de aquí no crece en las plantas de los patios, sino que baja de los camiones que la traen de otras partes, casi siempre a precios de prohibición. Por ahí alguien viaja a Tucumán y trae media docena, que atesoramos para comer el domingo, de entrada, de postre o de las dos maneras el mismo almuerzo y nos creemos John Rockefeller.

Dicen que ahora en las fiestas de 15, en los cumpleañitos y en los acontecimientos con chicos sólo sirven hamburguesas, nada más que hamburguesas. Uno pregunta, ¿para ahorrar? No, porque fue una joda a todo culo. ¿Entonces? Pasa que es lo único que les gusta a todos, responden. ¿Y el choripán? Más de la mitad no come. ¿Y las famosas supremas de pollo del tiempo de antes? Dicen que les dan impresión.

Las nuevas generaciones, al parecer han criado a sus hijos para que sean ricos. No comen tarta de zapallitos, de atún, de jamón y queso, de cebollas, de puerros ni ninguna otra. Tampoco les gusta la carne de cerdo, de pollo y menos que menos, de pavo o pato. Vomitan si les dan achuras de vaca, pero no preguntan de qué se hacen las hamburguesas. Verduras, ninguna. De los vegetales, sólo papas fritas pero de paquete, mejor si son de las caras.

Hay niños de hogares humildes que pasan varios años de su vida sin tomar una gota de agua, solamente gaseosas. Sus madres prefieren eso antes que soportar el escándalo que hacen cuando no está la botella de Cocacola (o alguna similar) en la mesa. No quieren juguitos para diluir ni naranja exprimida, tampoco leche, todo les parece un asco.

Dicen que los viejos de ahora viven más por los nuevos remedios, las cirugías, el conocimiento de la vida sana y sobre todo porque desde niños los han alimentado mejor. Las madres de antes exigían a los chicos que coman de todo. “Mirá si te invitan por ahí y andas pasando papelones”, decían. Las de ahora al parecer, desprecian la comida sana, quizás porque las nuevas culturas prohíben molestar a los niños de cualquier forma, talvez por ignorancia, no importa.

Es de esperar que los amigos jujeños y salteños recapaciten y aprovechen las paltas para comerlas de mil maneras posibles, en el desayuno, almuerzo, merienda y cena. Y no se tiren de ricachones, porque no lo son y, como van las cosas, no lo serán en mucho tiempo, al menos colectivamente.

Nosotros tampoco, pero al menos aprovechamos el mistol y todo el año comemos bolanchao.

Hacemos envíos contrarrembolso.

El patay se lo debemos, no ha quedado nada.

¿Arrope de tuna o de chañar, dice? No es tiempo.

Juan Manuel Aragón                   

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